jurar en vano

2 abril, 2009 § 2 comentarios


Agamben, Il sacramento del linguaggio Giorgio Agamben, Il sacramento del linguaggio. Archeologia del giuramento [El sacramento del lenguaje. Arqueología del juramento], Roma-Bari, Gius. Laterza & Figli Spa, 2008, 110 pp., Sagittari Laterza, 164.

Cuando en su toma de posesión del cargo presidencial Vicente Fox agregaba una frase al juramento presidencial, inició una polémica entre los que fueron llamados formalistas y los que no le daban importancia al hecho. Vicente Fox rompía con un rito y para algunos estaba bien. Se le disculpaba por ser el primer presidente “democráticamente electo”. Pero muy pocos se daban cuenta de la trascendencia de ese acto. Casi nadie nos dimos cuenta de la profundidad y de la relevancia que tenía romper el rito marcado en la Constitución.

En 2008, Barack Obama decide repetir el rito de juramento porque el presidente de la Corte Suprema de los Estados Unidos invirtió dos frases del texto. Algunos señalaron el hecho como una anécdota que testimoniaba del enorme celo de Obama en el cumplimiento de los ritos jurídicos establecidos en la constitución estadounidense. La nota no pasó de ahí: una anécdota.

Sin embargo, en ambas casos se encuentran dos actitudes completamente distintas frente a una tradición occidental de grandísima antigüedad: el juramento. El documento más antiguo que contiene un juramento data del siglo VI a.C., y es un vaso llamado de Duenos. En el borde está escrito: “Aquél que me envía jura por los dioses (iovesat deiuos quoi me mitat)”. Agamben afirma que, lejos de lo que suele pensarse, en sus orígenes el juramento no era ni más ni menos religioso que hoy. Era un actó jurídico destinado a garantizar la verdad de una promesa o de una aserción (p. Inscripcion del vaso de Duenos26).

Vaso de DuenosEn este trabajo, Agamben realiza una arqueología filosófica del juramento, tal como la había explicado ya en la tercera parte de De Signatura Rerum. Retomando la metodología de Foucault, Agamben realiza la geneaología de esta institución. Por genealogía no debe entenderse una cronología que vaya del presente al pasado, sino el análisis de las condiciones de posibilidad de la existencia del objeto estudiado. Es decir, Agamben se pregunta por las circunstancias que permiten la existencia del juramento. Esto no tiene que ver necesariamente con su origen histórico, sino con la posibilidad, en cada momento, de que la institución se repita.

Según explica, erróneamente se ha vinculado el origen del juramento con la religión y la magia. Tradicionalmente se ha explicado la aparición del juramento sólo después que lo han hecho la religión y la magia. Agamben afirma exactamente lo contrario: es el juramento el que precede a la magia y a la religión. De lo que se trata en el juramento es de una experiencia performativa del lenguaje. Esto quiere decir que lo que se dice es lo que se vive. El juramento subraya la relación entre la realidad y la palabra. Esta relación entre realidad y palabra da origen a la religión, y más tarde al derecho. A través de la religión y el derecho puede calificarse la relación primero como relación moral y después como relación ética. En resumen: el juramento expresa la relación entre los actos y la palabra; esta relación puede ser calificada como moral o inmoral por la religión o como ética o anti ética por el derecho.

Un elemento fundamental del juramento es la confianza, fides, en latín. La fides afirma la verdad y la fiabilidad de la palabra dada. Pero no lo hace de cualquier manera: lo hace performativamente. Es decir, que la fides que lo que se dice y lo que se vive es lo mismo, palabra dada y realidad se corresponden completamente. Los dioses paganos o los dioses del monoteísmo (Dios, Yahvé o Alá), son convocados como testigos de la fiabilidad de la palabra dada  (de aquí también el origen y la importancia de la blasfemia y la centralidad de la relación entre dogma y confianza en el cristianismo, lo que implica al mismo tiempo una ventaja y una desventaja de la Iglesia).

Es en este sentido que el juramento deriva en una consagración del que jura. El juramento consagra a un ejercicio de poder a través de la palabra dada, y que se representa muy bien en la maldición. El derecho es, en un cierto sentido, una maldición. Por ello, al final del juramento constitucional llegan las palabras: “o que la República me lo reclame”. Jurar, entonces, significa maldecirse, pues romper el nexo entre la palabra y la realidad implica el rompimiento del orden establecido.

Jurar viene de uno de los actos más simples y más sencillos a la vez: hablar. Al descubrirse como un ser parlante, el hombre debe asegurarse también de la veracidad de sus dichos, de lo que puede garantizar a través de su palabra. De ahí la gravedad del rompimiento de un juramento, no sólo en el fondo, sino también en la forma (pp. 90-95).

David, Le Serment des Horaces

Jacques-Louis David, El juramento de los horacios (1784, 3.30 x 4.25, Museo del Louvre, París)

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