momentos decisivos

15 abril, 2012 § 1 comentario


Henri Cartier-Bresson/Paul Strand. Mexique. 1932-1934, Fundación Henri Cartier-Bresson, París, del 11 de enero al 22 de abril de 2012

Los momentos, los eventos, cuando pasan, lo hacen para siempre. La dificultad de definir el presente radica en que es inalcanzable. Se escapa como si fuera agua entre las manos: cuándo aún no ha sido, ya fue o, en el mejor de los casos, el presente está siendo. Algunas expresiones de la fotografía y del cine son quizás las únicas artes que pueden capturar el presente. La pintura y la literatura se dirigen necesariamente al pasado, mientras que el resto se sitúa, en general, en el reino de lo imaginario.

El fotógrafo francés Henri Cartier-Bresson (1908-2004), padre del fotorreportaje, había entendido perfectamente esta relación entre la fotografía y el presente, y afirmaba que “el momento decisivo” es aquél que queda plasmado en un cliché. Para plasmar este momento, el artista – el fotógrafo -si tiene suerte, cuenta con tan solo unos segundos. Unos minutos son una eternidad. Y más en el caso de Cartier-Bresson, quien impulsó la técnica de la photographie à la sauvette, o candid photo: fotos que se toman sin el permiso del modelo, a veces sin que sepan. Los modelos son retratados en su cotidianeidad, en su completa espontaneidad.

Paul Strand
Fuente: jongoellphotography.com

Paul Strand (1890-1976), fotógrafo estadounidense, afinó el concepto de “momento decisivo” al afirmar que éste no se limita al momento captado. Para Strand, consiste en el momento en el que el fotógrafo decide capturar la imagen que observa.

Ambos fotógrafos viajaron a México entre 1932 y 1935. Tras la invitación del entonces Secretario de Educación Pública, Carlos Chávez, Paul Strand pasa dos años en el país. Quedó fascinado por la artesanía indígena, las imágenes religiosas y los paisajes urbanos de la Ciudad de México y de Michoacán. El gobierno mexicano le confíó la realización de la pelicula Redes, docuficción sobre la explotación de los pescadores de Alvarado, Veracruz. Regresó a Nueva York en 1935, pero en 1949 debió exiliarse debido al mcarthismo. Sus días terminaron en Francia, trabajando intensamente.

Henri Cartier-Bresson
Fuente: http://www.henricartierbresson.org

Por su parte, Henri Cartier-Bresson, llegó a México en julio de 1934, formando parte de una comisión internacional para realizar la Autopista Panamericana. Debido a la falta de fondos prometidos por el gobierno mexicano, la comisión fue disuelta, pero Cartier-Bresson decidió quedarse en el país con sus propios medios. Cartier se interesó sobre todo en la gente: prostitutas, borrachos, niños y sobre todo familias indígenas.

Ambos fotógrafos se encontraron en 1935 en Nueva York, y Cartier-Bresson inició su aprendizaje cinematográfico con Strand. Seguro compartieron experiencias de sus viajes por el país. De esos viajes, la galería de la Fundación Henri Cartier-Bresson, en París, logró reunir 90 fotografías en blanco y negro provenientes de colecciones francesas, mexicanas (Fundación Televisa, quienes, por cierto, acaban de adquirir 250 fotografías del trabajo de Paul Strand en México) y españolas (colección IVAM-Valencia).

Organizadas por autor, en dos salas, podemos admirar retratos, paisajes desérticos, figuras religiosas y escenas cotidianas de un gran dramatismo, que reflejan la cruda pobreza que desde entonces azota a nuestro país o la sencillez de las familias indígenas. En una de las fotografías de Paul Strand, que desgraciadamente sólo está disponible en el catálogo, se observa a una vendedora que espera sentada en la banqueta, mirando hacia su costado izquierdo, quizás buscando a su marido, a su hijo o a algún marchante. Su ropa corresponde a la de las clases más necesitadas: huipil y falda. En su mano derecha se observa una sortija de matrimonio y de una de sus orejas cuelga un arete que seguramente tiene su par del otro lado, invisible para nosotros. Dentre de toda esa pobreza y sencillez, son precisamente esos mínimos detalles (de las que podrían ser sus únicas joyas o incluso el único patrimonio de su familia), los que revelan la dignidad y la elegancia de una mujer anónima, en un país para ese entonces lejano de todo.

Paul Strand, "Mujer de Alvarado", Veracruz, 1933.
© Aperture Foundation Inc., Paul Strand Archive

Aunque no es la misma, la fotografía titulada Woman of Alvarado, muestra una mujer joven, casi una adolescente, cuya similitud con el cuadro de Johanes Vermeer es tentadora. La mujer de Alvarado mira hacia la derecha del espectador y deja ver todo su perfil, iluminado en parte por el sol. El huipil le cubre parte de la cabeza, dando una consistencia geométrica a toda su figura, y resaltando el color blando de su blusa. El fondo es prácticamente neutro, por lo que toda la atención se centra en el destello de luz del rostro de la joven, de la misma manera que Vermeer centra la atención del espectador en el destello del arete de su modelo.

Johannes Vermeer, "Joven con arete de perla"

En otra fotografía Henri Cartier-Bresson sorprende a parte de una familia asomándose a una ventana. Una mujer joven sostiene entre sus brazos a un bebé desnudo. Se encuentra rodeada por un grupo de tres niñas y un niño, que parecen ser sus hijos. Detrás, otra mujer, no mucho más vieja que la primera, observa toda la escena. Como si fuera el retrato por excelencia del matriarcado o una especie de genealogía de la Virgen María (Santa Ana al fondo, María cargando al Niño Jesús, y sus supuestas hijas María Cleofas y María Zebedeo, junto con el pequeño Juan Bautista y la Verónica), Cartier-Bresson ofrece en un istante un paralelo realista y lleno de pobreza de la familia mística cristiana.

Henri Cartier-Bresson, "Mexique",1934
© Henri Cartier-Bresson/Magnum. Collection Fondation Henri Cartier-Bresson

Vean por aquí el sitio de la exposición.

Un video informativo (en francés) por aquí:

http://www.dailymotion.com/embed/video/xp40cr
“Mexique 1932-1934″ Henri Cartier-Bresson et… par telerama
Y otras fotos exhibidas aquí abajo:

Henri Cartier-Bresson, "Mexique",1934
© Henri Cartier-Bresson/Magnum. Collection Fondation Henri Cartier-Bresson

Henri Cartier-Bresson, "Prostituta, Calle Cuauhtemoctzin", México 1934
© Henri Cartier-Bresson/Magnum. Collection Fondation Henri Cartier-Bresson

ritos y diferencias

15 abril, 2012 § Dejar un comentario


Andrew Haigh (dir.), Week-End [Fin de semana], Tom Cullen (Rusell), Chris New (Glen), Reino Unido, The Bureau, Glendale Picture Company, 97 mins.

En general, podríamos afirmar que los homosexuales tienen pocas representaciones cinematográficas similares a los dramas comunes y corrientes “heterosexuales”. Representaciones más realistas pueden encontrarse en películas como Philadelphia (1993) de Jonathan Demme y Broke Back Mountain (2005) de Ang Lee, las que quizás marcan un antes y un después en el cine comercial, por ser películas de temática gay muy comercializadas.

La forma de abordar el tema de la homosexualidad pasa por la lucha política, como en Harvey Milk (2008) de Gus Van Sant, biopic muy relevante sobre el influyente político californiano, o por la denuncia social, como en Boys Don’t Cry (1999) de Kimberly Peirce; por la psicología de los adolescentes, como en  la inglesa Beautiful Thing (1996) de Hettie MacDonald, la belga Ma Vie en rose (1997) de Alain Berliner, o la argentina XXY (2007) de Lucía Puenzo; o por medio de tragicomedias como I Love You Philipp Morris (2009) de Glenn Ficarra y John Requa, Beginners (2010) de Mike Mills y más recientemente la francesa Tomboy (2011) de Céline Sciamma.

Andrew Haigh, por su parte, ofrece una historia más intimista. La mayoría de las películas que mencionamos arriba tienen una fuerte carga de lo que me gustaría llamar “responsabilidad pública”. Es decir, en las historias el aspecto de la publicidad tiene un peso muy grande y definen en todo o en parte el desenlace: una agresión, una campaña política, un barrio o un entorno homofóbico, una malformación genética… . En Week End el aspecto público de la sexualidad se da por sentado. Haigh no se interesa por los padres, la familia o los amigos de los personajes gays que se salen del clóset. Se interesa, en primer lugar, por la importancia que tiene para sus personajes ese “rito de iniciación” que consiste en decir: “Mamá, papá, familia, amigo, soy gay. Me gustan los chicos, no las chicas”.

Chris New (izquierda) y Thom Cullen (derecha)

En un fin de semana, la vida de Rusell y Glen va a quedar profundamente marcada. Ambos son homosexuales y, cada uno  a su manera, busca su lugar en el mundo. Rusell de manera más bien discreta, sin darle mucha importancia a su homosexualidad. Glen con una militancia muy personal, sin caer en los estereotipos. Ambos son muy distintos: Rusell es deportista, vigilante en una piscina y muy detallista. Glen fuma, es artista y pragmático en la vida cotidiana.

Los dos se conocen durante una noche de copas, terminan haciendo el amor y la conversación del día siguiente – la que Glen quiere grabar en todos sus detalles para un “proyecto artístico” sin determinar” –  los llevará a una relación de tan sólo dos días, pero tan intensa como si fuera de años. Llega un momento sorpresivamente difícil para ambos, el de la separación, en el que tienen que reconocer sus sentimientos a riesgo de negar sus propias convicciones, por distintas que ellas sean.

En palabras de Haigh, se trata de una historia simple, que busca encontrar una especie de inocencia entre dos personas que buscan el amor, de alguno u otra manera. Y lo encuentran precisamente en sus diferencias, como si el uno y el otro encontraran una parte que les hace falta en cada uno, precisamente en aquéllo que son diferentes. La primera mañana en la que despiertan juntos, Rusell le dice a Glen – quien está grabando su “entrevista” – : “Siento no haber estado a la altura de tus expectativas”. Es el momento en el que ambos hombres se dan cuenta de que sus expectativas están puestas en sí mismos, y no en el mundo exterior, aunque no lo admitan inmediatamente.

Y en mi opinión, una historia pequeñita, que dice tanto.

No olviden echarle un ojito al sitio oficial, que me parece muy, muy, muy, muy elegante, como la peli misma, que fue galardonada en hartos festivales. Y el trailer es por acá:

Postscriptum

Me quedé pensando toda la noche y todo el día de hoy en esta película. Platicando con Ratonet de algunos aspectos de la película, me di cuenta que me faltó hacer hincapié en la estabilidad. Me explico: los personajes, Glen y Rusell, buscan por vías distintas encontrar una relación estable. Quizás sea Glen el más recalcitrante a aceptarlo y Rusell parezca un romántico. Como sea, ambos buscan la estabilidad. Andrew Haigh no sólo lo pone en la boca de sus personajes, sino que también en la manera de filmar: la última escena donde Glen y Rusell hacen el amor, está filmada como cualquier otra escena de sexo heterosexual. En cualquier otra película sería “el camazo” de rigor, donde los protagonistas -heterosexuales- forzosamente tienen que tener relaciones sexuales. Pero en esta película, aunque a algunos les pueda parecer distinto por tratarse de una pareja homosexual, Haigh la presenta como si fuera una escena cualquiera entre las miles de escenas sexuales, más o menos explícitas, de las películas románticas de todo origen. En resumen: en su banalidad está su carácter excepcional, pues busca la estabilidad.

Por último, la psicología de los personajes es importante también. En ningún momento de la historia los personajes se dicen “Te amo”, aunque parece que estén a punto de hacerlo (lo siento por el spoiler). Ya dijimos que parecen complementarios, lo cuál sería muy sencillo para la historia. En cambio, la separación es un hecho fatal, en el sentido de que es inevitable y el hecho de haberse conocido es más bien doloroso, dado el momento en el que sus caminos se cruzaron. En dos días Glen debe partir para instalarse en los Estados Unidos, y no sabe si volverá a Inglaterra. Pero además, la situación de cada uno está definida por su pasado. Rusell no ha tenido el “rito de iniciación gay” que consiste en salirse del clóset frente a su familia, por la sencilla razón de que es huérfano. Su entorno laboral, profundamente machista, lo obliga a ser más o menos discreto. De ahí que no tenga un grupo de amigos gays y sus experiencias sexuales las plasme en un diario íntimo, que nadie más que él – y más tarde Glen – conoce.

Por el contrario, Glen, quien sí se salió del clóset, gozó de una educación más o menos privilegiada y sus conocimientos le permiten asumir una actitud cínica frente al ambiente gay. Para él, los gays no son distintos a los heterosexuales: son exactamente los mismos cretinos e hipócritas. La única diferencia es que bailan más. Su búsqueda de estabilidad, al contrario de las apariencias es más sentimental que la de Rusell, sólo que la enmascara en un halo de intelectualidad y actitud artística. De ahí su misterioso proyecto que consiste en entrevistar a sus compañeros sexuales la mañana siguiente. No sabe qué hará con estas entrevistas, pero el siente la importancia de recopilar sus experiencias.

La – un poco larga – discusión que mantienen a media película, los lleva a la misma conclusión por medios distintos. Rusell desea la normalidad de las relaciones homosexuales mediante la armonización de la sociedad, por la aceptación pacífica de unos y otros. Glen la desea mediante el militantismo y el reconocimiento del pecado machista de la sociedad en general, y de la superficialidad del mundo gay. Detrás de ambos discursos se encuentra, simplemente, la soledad empedernida de uno y las heridas pasadas de otro.

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Actualmente estás viendo los archivos para Domingo, abril 15th, 2012 en Se destetó Teté.

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