encantado de recibirlo

12 agosto, 2010 § Dejar un comentario


La plaza de la Prefectura de Policía del departamento de Seine-Saint-Denis. El diseño rígido y los colores fríos parecen haber sido escogidos ex profeso

Cada año, mi vida en Francia se detiene y la sensación de estar en mi hogar que crece el resto del año, desaparece. Un organismo llamado Service d’étrangères de la Préfecture de Police (Servicio de extranjeros de la Prefectura de Policía) se encarga de recordarme que soy eso, unextranjero, que no estoy en casa, por más que me sienta en ella, por más que mis pocos amigos franceses y europeos me reciban bien en sus casas. Al igual que miles de estudiantes y de migrantes, cada año (algunos con más frecuencia y una minúscula minoría de afortunados, con menos) estoy obligado a acudir ante la Prefectura de Policía del departamente donde resido (el departamento de Seine-Saint-Denis) para pedir que la República Francesa me conceda la renovación del permiso para residir dentro de sus fronteras. Para ello, debo lograr que el documento que comprueba la legalidad de mi estancia por más de tres meses, la codiciadísima Carte de séjour, que podríamos traducir más o menos por Credencial de residencia, me sea otorgada de nuevo.

Se trata de un procedimiento administrativo largo. En resumen, es más o menos así: tres meses antes de la expiración de mi Carte de séjour debo ponerme en contacto con el Servicio de extranjeros para pedir una cita. Dicha cita queda fijada para una fecha cercana (previa o posterior) a la expiración de la dichosa Carte de séjour. Para el día de la cita debo preparar un expediente consistente en una serie de documentos, en original y copia, meticulosamente organizados en el orden establecido en una lista. Si todos los documentos corresponden a los criterios exigidos por la Prefectura y satisfacen a los funcionarios que se ocupan de mi caso, recibo un documento llamado Récépissé o Recibo, que no es definitivo, y que tiene una duración máxima de tres meses. Este Récépissé es un sustituto de la Carte de séjour, mientras ésta última está siendo fabricada. Al mismo tiempo, junto al Récépissé recibo una nueva cita, programada dos meses después para recoger la Carte de séjour. En total, todo el trámite dura aproximadamente 5 meses.

El problema de este trámite no sólo es el tiempo que se invierte en él, sino las condiciones en las que la burocracia presta este servicio. El departamento en el que vivo es uno de los que más migración

La fila de espera en la Puerta 2, reservada a los extranjeros que ya obtuvieron cita dos o tres meses antes

extranjera recibe. Gente de prácticamente todo el mundo, pero principalmente de África, hace fila durante innumerables horas para realizar éste y otros trámites que nuestra condición de extranjeros nos impone. Senegaleses, cameruneses, centroafricanos, egipcios, mauritanos, colombianos, brasileños, chinos, indios, srilankeses, paquistanís, rusos y, por supuesto, mexicanos, tenemos que someternos a las decisiones del personal y soportar las inclemencias del tiempo. Impacientes, y puede percibirse, con desprecio, los agentes de la Prefectura van decidiendo quién se queda legalmente en Francia y quién no. Si el interesado no habla bien el francés las cosas ya empiezan mal: en alguna ocasión vi cómo un joven chino que hablaba mal el francés, y su padre anciano que lo hablaba peor, eran simplemente ignorados por la funcionaria que no quería esforzarse por entenderlos ni hacerse entender. ¿Estaba cansada? No lo creo: eran apenas las deiz de la mañana. Por el lugar que ocupaban en la fila, podía calcularse que padre e hijo habían llegado antes de las ocho. ¿Profesionalismo? Sí, pero una muy particular forma de entender esta idea. En otra ocasión (esta semana), una madre africana (supongo que senegalesa, por el típico tocado que llevaba en la cabeza) con sus cinco hijos, no logró hacer comprender a la funcionaria de la recepción, que la enfermedad de su sexto hijo, en ese momento en el hospital, no le había permitido ir a su cita del viernes anterior. Seguramente esa mujer será ilegal para estas horas, y dentro de algunas semanas, si no logra obtener una nueva cita, dejará de percibir toda ayuda que da el Estado francés (seguridad social, subvenciones para el alojamiento, el transporte, etc.).

Este año, como todos los anteriores, tengo que pedir una cita para la renovación de mi Carte de séjour. Los años anteriores la cita podía pedirse por internet. Esta vez, sin explicación -ni lógica ni oficial-, el trámite debe hacerse en las oficinas de la Prefectura. Así que, habiendo preparado los papeles necesarios para el trámite, el lunes pasado me dirigí a la Prefectura. La fila en la puerta 1, la que corresponde para mi trámite, era larguísima: calculo que más de 500 personas esperaban ya cuando yo llegué hacia las nueve de la mañana. Hacia las 9 15, la fila comienza a avanzar, mis nervios ya excitados por una pelea de la que fui testigo en el tranvía se empiezan a calmar. 9 30, la fila deja de moverse. A las 9 45 mis vecinos en la fila comienzan a inquietarse y algunos deciden acercarse a la puerta para investigar. 10 00 y algunos regresan con cara de preocupación. 10 30, la historia la sabe ya todo el mundo: una persona al frente de la fila no quiso salirse de ella, el policía que le ordenaba dejar el paso se molesta, estalla una grezca entre el público, y los oficiales de policía deciden cerrar la puerta por el resto del día. Al diablo el resto de la gente. Y para hacer bien el trabajo, sin dar ninguna información.

Desconsolado, regreso a mi casa, y después de la comida decido intentar suerte de nuevo bajo el razonamiento que quizás el personal de la tarde esté mas tranquilo y dispuesto a cooperar. Al llegar, la puerta 1 sigue cerrada, así que decido entrar a la puerta 2 y probar suerte. La reacción de la funcionaria, cuando me escucha, es la esperada: gritos, hablándome como si fuera un idiota, regañándome como un niño (“ésta es la puerta número 2, nú-me-ro-dos, no la uno. Su trámite es en la puerta nú-me-ro-u-no, uuuuuuno”), ni siquiera escucha mis explicaciones. Salgo, paso de nuevo frente a la puerta número uno y veo que la salida está abierta: hay gente adentro. Sin hacer caso a los letreros ni escuchar al policía que no esperaba mi maniobra (“¡ya no hay fichas de turno señor!”), me dirijo derecho a la máquina despachadora de turnos y obtengo uno. El policía me olvida y regresa a su lugar en la puerta; cinco minutos después, desaparece. Yo me quedo esperando y, ¡oh milagro!, mi turno llega tras treinta minutos y obtengo mi cita.

Otro de los edificios de la Prefectura de Policía, y su arquitectura que recuerda a la de las dictaduras fascistas

De regreso a casa, me siento molesto porque el mismo día, cientos de personas perdieron todo el día sin obtener nada. Seguramente muchos de ellos tuvieron que enfrentarse a patrones molestos y poco tolerantes para obtener el permiso de faltar a sus trabajos, y tendrán que hacerlo de nuevo. Tengo la fortuna de no vivir una situación delicada, como es el caso de la mayoría de la gente que se presenta a pedir la renovación de su Carte de séjour. Cuento con la ventaja de hablar y leer bien el francés, a diferencia de muchas de esas personas. Por razones muy parecidas a la de los latinoamericanos y mexicanos que emigran a los Estados Unidos, miles de árabes, africanos y de otros continentes, llegan a Francia buscando mejores condiciones de vida, trabajo o refugio de la guerra y sabe nadie cuántos sufrimientos. Francia tiene la reputación de ser un país de recepción, reputación que está desmoronándose desde hace algunos años. Los funcionarios hacen su trabajo con desprecio, no puede decirse que informen y, sobre todo, no lo hacen con profesionalismo. Sus decisiones, muchas veces arbitrarias, ponen en riesgo no sólo a la persona directamente afectada, sino muchas veces a sus familias aquí en Francia o en otros países. Los estallidos de pánico, ansiedad y enojo no son raras en lugares como éste, e incluso han tenido que colocar páneles para evitar que el público que espera se percate de lo que sucede en las ventanillas.

Esto no es un asunto de soberanía. El problema no está, como muchos quieren verlo, en el supuesto incumplimiento de los inmigrantes de las leyes francesas. La gente, en la mayoría de los casos, tiene buenas razones para pedir la renovación de su estancia, y esta no los hará ni mejores ni peores que en sus países de origen, pero seguramente sí les permitirá sobrevivir. Yo creo que es un asunto cuyo fondo es racista, que refleja los miedos de las sociedades de primer mundo (y que en México una pequeña proporción también refleja) frente a los pobres, los extranjeros.

Mientras veía cómo dos mujeres, quizás chinas, esperaban su turno agarradas de la mano, viendo angustiadas la pantalla electrónica y una de ellas sosteniendo fuertemente un sobre marrón que contenía sus papeles, otra pantalla no dejaba de anunciar, irónicamente: “Le Service d’étrangers de la Préfecture de Police est hereux de vous accueillir”: “El Servicio de Extranjeros de la Prefectura de Policía está encantado de recibirlo”

idolitos

7 mayo, 2009 § Dejar un comentario


Adoration Atom Egoyan (dir. y libreto), Adoration, Robert Lantos, Jennifer Weiss, Simone Urdl (prods.), Rachel Blanchard (Rachel), Noam Jenkins (Sami), Scott Speedman (Tom), Devon Bostick (Simon), Arsinée Khanjan (Sabine), Kenneth Welsh (Morris), Mychael Danna (mús.), Canadá, Ego Films Arts, 2008, 100 mins.

Como parte de un ejercicio de traducción, la maestra de francés Sabine (Arsinée Khanjan) dicta una historia sobre terroristas a su grupo. En ella, un hombre envía una bomba en el equipaje de su novia embarazada. La historia impresiona mucho a Simon (Devon Bostick), quien se le adueña, la reinterpreta, y la presenta a sus compañeros de clase como si fuera su historia. La maestra de francés, que también es la maestra de teatro de la escuela, lo anima a hacerlo como parte de un ejercicio de dramatización.

Al mismo tiempo, Simon interroga su abuelo convalesciente sobre la muerte de sus padres. Su abuelo Morris (Kenneth Welsh) había acusado siempre al padre de Simon (Noam Jenkins) de haberse suicidado junto con su hija, la madre de Simon (Rachel Blanchard), en el accidente de tráfico en el que perdieron la vida. Su tío (Scott Speedman), quien se ocupó de él tras quedar huérfano, le cuenta una versión completamente distinta que tiene que ver con la intolerancia de Morris hacia el padre de Simon por su religión musulmana y con una enfermedad visual.49e60e36030ff

Mientras tanto, Simon difunde en internet la historia de la cuál se apropió en la que su padre aparece como un terorista musulmán.  Las reacciones que suscita son inesperadas. La simpatía y antipatía de decenas de personas se manifiesta en un sin fin de maneras: desde un skinhead nazi que considera al padre de Simon un héroe, hasta un hombre anónimo, padre de uno de los compañeros de clase de Simon, que sin haber estado en el presunto vuelo destinado a explotar, afirma haber renacido tras el incidente (inexistente).

Cuando se cree que todo tendrá una solución, un giro inesperado llega cuando la profesora Sabine revela su pasado…

Atom Egoyan es uno de los directores de cine canadienses más activos del momento. En su haber se encuentran más de 34 producciones de cine y tele. Su obra cuestiona nuestro mundo y la forma de vida actual. En esta ocasión aborda temas como la intolerancia y el miedo. El tema de la tecnología también es abordado con relación a la intimidad.

Cuando hablamos en este blog de la obra Nudità de Giorgio Agamben, mencionamos que uno de los temas que aborda el filósofo italiano es el de la identidad de las personas. Agamben señala que la identificación de las personas tiene que ver cada vez menos con lo que son capaces de realizar que con sus rasgos físicos. Para lograr identificaciones precisas y eficaces se recurre a la tecnología más sofisticada. Basta una huella dactilar o un banco de datos con la imagen del iris de las personas para lograr estas identificaciones.

adoration_haut2En el caso de Adoration, también se aborda este tema. La historia difundida por Simon alcanza los niveles de una histeria colectiva gracias a la eficacia del internet. Inmediatamente, la identificación del supuesto pasado de Simon es corroborado por la información obtenida en internet. La intolerancia es expuesta a través del personaje del tío de Simon, cuando es expuesto, sin previo aviso, a una mujer musulmana, exótica, completamente desconectada de la realidad en la que él vive.

El título de la película sigue siendo un misterio para mí. Adoratión, en inglés y en francés, como no es difícil saberlo, quiere decir en  español ‘adoración’. En la trama hay una gran dosis de enamoramiento y fidelidad más allá de la muerte, pero también hay una denuncia de los fetiches de nuestra modernidad: los más claros son la tecnología y los lugares comunes. El abuso de  uno puede llevar a la violación de la vida privada; la recurrencia de los otros a la intolerancia.

La película, además, tiene pasajes de una gran plasticidad. Son de recordarse dos escenas: una en la que se ve a Rachel Blanchard tocando el violín en la orilla de un lago y otra con Devon Bostick quemando un Nacimiento.

las playas de Malta

31 marzo, 2009 § Dejar un comentario


rondeaud En la edición del 26 de marzo pasado de Le Monde, Daniel Rondeau, embajador de Francia en Malta, publica un testimonio sobre la inmigración ilegal hacia Europa a través de esa pequeña isla. El relato es conmovedor, lleno de gran lirismo, y no es para menos, pues Rondeau es un conocido escritor contemporáneo francés. Autor de más de veinte novelas, Rondeau ha centrado una buena parte de su trabajo en la descripción de ciudades del Mediterráneo como Tanger, Istanbul, Alejandría y Cartago.

En su artículo de Le Monde titulado “Boatpeople d’aujourd’hui [Mojados de hoy]“, Rondeau cuenta su llegada a Malta. No hay muchos africanos en Malta, y sin embargo, decenas de embarcaciones, muy frágiles, llegan todas las semanas. Malta sólo es un puerto de paso. De ahí partirán rumbo a Europa, en busca de lo que la mayoría de los inmigrantes en todos los rincones del mundo: esperanzas de mejorar su calidad de vida, trabajo, sustento, escapar del Sida.

En los periódicos y en los noticiarios malteses, Rondeau sigue las noticias de las lanchas interceptadas por las fuerzas maltesas. Además, una agencia europea, Frontex, coordina diferentes fuerzas navales civilies y militares para reunir información sobre los flujos de inmigrantes: puertos de salida, puertos de llegada, rutas, estimaciones cuantitativas, y Rondeau logra asistir a una misión de la unidad desplegada en Malta. Durante el vuelo, logran localizar en medio del mar una lancha de pesca, en dirección de Lampedusa, Malta, con unas cincuenta personas en la cubierta, y bien podría haber otras tantas bajo cubierta, todas de origen africano. Seguramente venían de Libia y ya llevaban unas treinta horas de viaje. Amontonados unos contra otros, algunas mujeres con sus niños en brazos, habían soportado las inclemencias del tiempo y el vaivén del mar a cielo abierto.

Las misiones de Frontex no tienen poderes para detener y remolcar esos barcos. El f13340752cba6dbcf7a9f8e5e42cda76m1procedimiento es simple: un aviso a las autoridades  que se encargan de remolcarlos al puerto más cercano, interrogarlos y alojarlos en un campo de refugiados, a la espera de una repatración incierta. Según Rondeau, el número de inmigrantes ilegales en Malta durante el 2008 fue de 2,522, apenas mil más que en 2007. Una cantidad muy pequeña en comparación al resto de la migración hacia Europa. Si bien se conoce el número de los que llegan a Malta, el dato terrible es el número de los que no llegan. Después de conocer a la tripulación francesa de la misión Frontex en Malta, Rondeau contacta con un sacerdote jesuita, Joseph Cassar, encargado de una organización internacional dé recepción a los migrantes. Cassar, preguntando a los supervivientes  o a los migrantes que llegan a su centro buscando a sus familiares, estima que entre 600 y 1200 personas mueren ahogadas en el Mediterráneo cada año, intentando llegar a algún puerto maltés. Es un número enorme y muy inestable, pero que refleja apenas la tragedia que se vive. Sin embargo, Cassar conserva algunas esperanzas, y relata cómo muchos barcos de diferentes nacionalidades, continuamente prestan sus auxilios a náufragos a la deriva.

Malta

Para ilustrarlo mejor, he traducido tres párrafos del relato de Daniel Rondeau. Creo que son los más dramáticos de todo el texto y que muestran bien la situación:

El barco se distinguía sobre el sombrío fondo azul del mar y avanzaba con crestas de espuma bajo un cielo límpido. El cielo tan claro y el mar sereno no eran para esta multitud de hombres golpeados por el sol de septiembre mas que una sucesión de abismos. Una tormenta, una avería, y su imposible barca, un viejo bote de pesca en el límite del hundimiento, podría convertirse en su tumba. En otras ocasiones, estos barcos eran reparados durante el invierno y dejados como nuevos. Hoy, restos mal apuntalados, susceptibles de múltiples averías, son vendidos a precio de oro y permiten a los traficantes jugosas ganancias. Más pasajeros que en los dinghys, más seguridad, facilidad para repararlos entre dos viajes, piezas de recambio abundantes en todo el Magreb. Dicho esto, ningún pescador jamás se embarcaría en tales bañeras. Damos vueltas a su alrededor a baja altitud, Marie-Odile toma fotos que envía inmediatamente con la posición del navío al Centro de Control y de Investigación en Roma. La mayoría de los pasajeros no nos miran. Somnolientos, abrumados por el calor, enfermos quizás. Y los que nos miran no expresan nada.
Hoy, la mayoría de los migrantes provienen de Somalia, de Eritrea, en menor medida de Mali, de Costa de Marfil, de Níger o de Nigeria. Todos están dispuestos a morir con tal de vivir en Europa. Cada época ha tenido sus viajes infernales. El siglo XX no inventó ni el odio ni la indiferencia, pero precipitó a decenas de millones de hombres y mujeres hacia la muerte y la deportación. Cada uno sabe cómo las políticas criminales que desolan África, mortalmente enferma de Sida, ahora lanzan poblaciones enteras al exilio. Este exilio sin embargo no es el único sufrimiento de estos hombres sin raíces, condenados a avanzar hacia el Mediterráneo por caminos sin ley.
La esperanza es un camino muy largo, que puede durar meses, quizás años. En su camino sólo encuentran el desprecio por el extranjero, Obligados a trabajar para pagar su viaje, siempre robados, frecuentemente engañados, a veces abandonados a una muerte segura en medio del Sahara, y sometidos en cada etapa a aberrantes derechos de paso, golpeados por todo mundo, policías, oficiales de aduana, comerciantes, transformados en esclavos o en prostitutas, extorsionados, secuestrados, sometidos a las peores humillaciones, hombres como mujeres, y los niños también; son hombres exsangües moralmente que llegan a las playas libias (Trípoli, Zuwarah o Al Khums, Misratá o Zlitán), de donde podrán, quizás, tras humillaciones ulteriores y haber pagado 1000 dólares, embarcarse al fin (frecuentemente ya han desembolsado entre 1000 y 1500 dólares por su viaje por tierra).

El artículo de Daniel Rondeau fue publicado en la edición de Le Monde del jueves 26 de marzo de 2009.

Para saber más de Rondeau, pueden visitarse los sitios: www.ambafrance-mt.org o el artículo dedicado a él en la Wikipedia (sólo en francés):
http://fr.wikipedia.org/wiki/Daniel_Rondeau

hijos de Mussolini

24 marzo, 2009 § 1 comentario


Hoy fui testigo de una de las situaciones más desagradables que jamás me haya tocado presenciar. Y lo que más coraje me da fue que no supe reaccionar más firmemente.

Todos los días tengo que tomar el autobús número 22 para ir o venir desde mi casa. Tengo la suerte que esa línea termina y empieza al lado de mi casa y al lado del Instituto donde estoy inscrito. Así que, normalmente, no tengo problemas para viajar sentado. Hoy, hacia las seis de la tarde, tomé el autobús desde el Instituto para regresar a mi casa. Detrás de mi estaban sentadas dos señoras filipinas, al parecer madre e hija. El autobús empezó su recorrido y en una parada muy cercana a la estación de ferrocarriles (Santa María Novela), como todos los días, se subió una gran cantidad de gente. Entre la multitud se subió un grupo de unos tres amigos, italianos, de no más de 20 años de edad. Uno de ellos, el más imbécil, al notar que las dos señoras que estaban sentadas al fondo eran asiáticas, las empezó a importunar con supuestos contratos para hacer llamadas baratas a su país. Tratándolas de chinas, las invitaba a bajar del autobús para firmar los papeles necesarios.

Uno de los idiotas en cuestión le decía al lidersillo que no hicera tanto escándalo. Pero seguía haciendo preguntas estúpidas, como en qué parada bajaban. En un momento dado, las señoras tenían que bajar. Payaseando, el tipo no se dio cuenta que no dejaba pasar a otra pasajera, y las tres personas perdieron su parada. El imbécil empezó a echarles la culpa a las filipinas y cuando éstas intentaron contestarle algo, el tipo les dijo que necesitaban un consolador que se pareciera a Jacky Chang. Yo me quedé helado y con el coraje más grande del mundo.

El momento más difícil llegó cuando el estúpido se sentó frente a mí. Continuando con sus chistes, me extendió la mano y se presentó, pero no puse atención a su nombre. En cambio, lo miré fijamente a los ojos, me di cuenta que sufre de un fuerte estrabismo, tiene la piel muy maltratada y es rubio. Desde lo más profundo de mi ser, nunca había sentido tanto asco por una persona. Sólo pude articular tres palabras en italiano, mientras sentía que la cabeza se me ponía roja del coraje: “Lasciami in pace”, “Déjame en paz”. Las pronuncié con tanto odio y con una voz tan ronca, que hasta yo mismo me sorprendí. El tipo quitó su sonrisa y guardó su mano. Volteó hacia otro lado y le extendió la mano a una viejesita que estaba del otro lado del pasillo. Ella le contestó que no estaba para saludar extraños.

Haciendo un balance general, mi estancia en Florencia no ha sido buena. A la serie de problemas administrativos y escolares se suman los de una sociedad profundamente racista. En los últimos meses ha habido una campaña nacional en contra de los rumanos, por la que todos los crímenes sexuales les son achacados. Como si los italianos fueran asexuados, todas las violaciones o estupros, como se dice en italiano, resultan ser obra de europeos del Este, principalmente rumanos. Diariamente escucho comentarios en los que los males de Florencia se los achacan a los recién llegados: hindús, rumanos, búlgaros y africanos. He visto italianos cambiarse de lugar en el autobús para no estar junto a un africano, o empleados del aeropuerto de Pisa darle la preferencia a clientes blancos aún y cuando se encontraban en primer lugar clientes africanos. En el último vuelo que hice entre Pisa y París, los pasajeros italianos no podían creer que los sobrecargos varones de la aerolínea EasyJet sean en su mayoría negros.

Desgraciadamente para este país, está muy extendido un discurso hipócrita por el cual Italia es exhibida como uno de los destinos más apetitosos para todos los migrantes. La muestran como un país completamente industrializado y con un nivel de vida igual o superior a Francia o a Alemania. Eso, repito, en el discurso. Pero la realidad es completamente otra. Diariamente veo cómo el pavimento de las avenida Nóvoli se deteriora más y más y los autobuses amenazan con romper sus cristales ante tanto traqueteo. El servicio público es pésimo en los correos, que sólo abren entre ocho de la mañana y una de la tarde. La Biblioteca Nacional no tiene personal suficiente y por lo tanto no se distribuyen libros, no se hacen fotocopias y no se hacen préstamos más que en horarios caprichosos y restringidos. La cortesía de la gente en la calle es inexistente y la basura se acumula en cualquier esquina, junto con infinidad de autos que invaden las banquetas.

Los hijos de Mussolini están orgullosos de su basurero, y no quieren compartirlo. Lo más triste es que sólo unos cuantos entienden que debajo de tanta escoria, odio y racismo se encuentra un pasado maravilloso, construido gracias a la influencia de las culturas de casi todo el mundo: desde la europea hasta la oriental gracias a los viajes de Marco Polo, pasando por el mundo musulmán. Hoy le escupen en la cara a los descendientes de aquéllos que enriquecieron la cultura occidental y no se dan cuenta que se escupen a sí mismos.

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