>Discusiones improbables


>Es la cuarta vez que vengo a Roma. Yan Thomas falleció en París víctima de su ya largo mal cardiaco. La noticia nos tomó a todos por sorpresa el jueves 11 por la mañana. Yan Thomas había expirado la noche anterior. De alguna manera lo presentimos desde que llegamos a la universidad Roma Tre. Extrañamente Emanuele Conte no estaba a tiempo en la sala de conferencias. Tampoco estaba ningún otro de los profesores (y más cercanos amigos): Paolo Napoli, Jacques Chiffoleau, Marie-Angèle Heremitte o Reiner Kiesow. Sólo encontramos en el salón a Wim Decock, nuestro colega belga. Algo en nuestro subconsciente nos alertó y media hora después la terrible noticia fue confirmada por Emanuele Conte a quien nunca hubiera imaginado que la voz se le quebraría.

Yan Thomas nos dejó. Nadie lo hubiera imaginado. Todos suponíamos que, como en las últimas cuatro operaciones en sólo tres meses, se repondría sorprendentemente rápido y se pondría a trabajar de inmediato. Más o menos esa fue la historia de sus operaciones. La primera reacción, lógica, fue de proponer abreviar el programa de la escuela de verano. Después, reflexionando mejor, todos estuvimos de acuerdo en pensar que el mejor homenaje a Yan Thomas sería el de continuar trabajando, pues su vida fue esa: trabajar.

Yan Thomas fue un gran escritor francés. Sus trabajos se conocieron no sólo en Francia, sino en todo el mundo. Su vida era la academia, el trabajo. Era una impresionante fuente de conocimiento y de energía. Incluso, en los momentos más delicados de salud, no podía contenerse y partía rumbo a su oficina, en el boulevard Raspail.

Hemos perdido a un hombre sabio, alegre y sobre todo, generoso. Un hombre que, en el esfuerzo, no conocía límites. No exigía de los demás esas vacías frivolidades que el medio académico tanto aprecia y en las que tanto tiempo desperdicia: sencillo, directo, ágil, Yan Thomas era un hombre renacentista. De todo era curioso y todo le interesaba.

Uno de sus últimos alumnos, Pierre Thévenin, escribió en memoria suya un texto breve que lo describe muy bien. Este texto se leyó en la ceremonia de su cremación en el cementerio del padre Lachaise, en París, hoy 15 de septiembre de 2008:

Esta mañana en Roma, cerca de la basílica de San Pablo, un funcionario del ejército, recientemente llegado desde Taiwán, presenta a un antropólogo escocés un estudio de la personalidad jurídica según el derecho francés. Un filólogo de Turingia escucha la explicación de un bailarín argentino sobre los mecanismos de la persecución husita en la Bohemia bajomedieval. Un soñador francés se esfuerza por convencer a un economista estonio de leer a Kant a través de las glosas boloñesas del derecho bizantino.

Esos jóvenes nunca hubieran sostenido tan improbables discusiones sin la obstinación barroca de su maestro Yan Thomas.

Éste encontraba gran placer sometiéndolos a todo el repertorio canónico de tortura. Incluso la intensificaba proclamando con la más desconcertante mala fe que tal era su deber como profesor. Pero para orquestar tales sesiones, había empleado todo su esfuerzo en el probablemente más descabellado proyecto de la administración europea. Forzando, con la ayuda de sus colaboradores, a un puñado de instituciones nacionales de investigación a construir un doctorado común, distribuyó raciones de migraña por la mitad de Europa. Quizás esperaba que, al fin, podría exhibir, a su leal saber y entender, esas técnicas jurídicas a las que había dedicado lo mejor de su vida y de su reflexión.

Debía soportar tales esfuerzos para que, en Roma, pudieran tener lugar las discusiones de esa mañana. Debía soportarlas para que encontraran cabida las tentativas exigentes de conflagración de erudición y de provocación recíproca de saberes, de países, de lenguas y de tiempos.

Yan Thomas sobresalia en abrr atmósferas de pensamiento singulares, proyectando en ellas a sus estudiantes que se resistían. Rodeaba a todo aquél que llamaba querido amigo con una atención tan completa y tan inusual que se le había terminado por llamar, a él, jurista de la filiación, papá Yan. Algunos quizás penaban por disculparle su feroz humor o sus llamados compulsivos a la excelencia. Pero pocos olvidarán su manera única y en el fondo tan generosa de compartir el placer y de inspirar la pasión de los descubrimientos del pensamiento.

Su repentina desaparición, en el momento mismo en el que comenzaba la segunda sesión de esos encuentros a los cuales les reconocía tanto valor, deja en nosotros un cruel vacío. Repentinamente, también hace evidente ante nuestros ojos hasta qué punto estaban inspirados por él. Libros, homenajes aparecerán de Buenos Aires a Taipei para rendirle tributo. Lo esencial ahora es que, esta mañana en Roma, continúe trabajando.

Los becarios Marie Curie del doctorado europeo son: Stefanie Günthner (Alemania), Sebastián Provvidente (Argentina), Wim Decock (Bélgica), Eliardo Teles (Brasil), Magda Schusterova (República Checa), Rodrigo Míguez (Chile), Hent Kalmo (Estonia), Jussi Saalila (Finlandia), Charles de Froment, Marianne Saracco, Pierre Thevenin (Francia), Silvia Falconieri, Francesca Ferrari, Stefania Gialdroni (Italia), Pablo Avilés Flores (México), Florian Schmidt-Gabain (Suiza), Tzung-Mou Wu (Taiwán).

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