>Napoleón íntimo


>Mémoires de Constant 1Mémoires intimes de Napoléon Ier, par Constant, son valet de chambre, Maurice Dernelle (pres; y notas), Paris, Mercure de France, 1967, 2 vol.

Muy cerca de París, a 70 kilómetros al sur, se encuentra Fontainebleau. En esta pequeña ciudad fue construido el castillo que vería la primera manifestación monumental del Renacimiento francésm bajo el reino de Enrique II en el siglo XVI y 300 años después sería el escenario de los momentos más importantes de la historia del primer imperio francés.

El deseo de escribir sobre Napoleón Bonaparte no me vino gratuitamente. Hace algunos meses, la Mouse & Cheese Co., tuvo la oportunidad de visitar el famoso castillo. Además de mostrar las bellezas artísticas propias del siglo XVI, el recuerdo de Napoleón atrae a la mayoría de los visitantes. No es para menos. Fue en este castillo donde Napoleón abdicaría por la primera vez.

Napoleón contaba con los servicios de dos valet de chambre o ayudas de cámara. Uno de ellos, de nombre Roustam, era apodado “el mameluco” debido a su origen georgiano y armenio, que entró al servicio de Napoleón durante la campaña de Egipto. El segundo, Constant, nació en una ciudad hoy en territorio belga. Ambos dejaron memorias. Hablaremos de las del segundo.

Constant tiene un lugar privilegiado para observar a Napoleón. Su educación, sin embargo, no le permite ir muy lejos en sus reflexiones o en sus juicios. El Napoleón que Constant ofrece es uno más íntimo, el de la alcoba, el que se baña, come sin respirar y tiene tics nerviosos. Una anécdota graciosa tiene lugar a propósito del baile de máscaras del 25 de febrero de 1810 en la casa del embajador de Italia, Relata Constant:

La mañana, el emperador me llamó y me dijo: “Constant, decidí bailar esta noche en la casa del embajador de Italia, traiga en el transcurso del día diez disfraces completos al departamento que han preparado para mí”. Obedecí y en la noche me dirigí con Su Majestad al domicilio del señor Marescalchi. Lo vestí lo mejor que pude como dominó negro, y me esforcé en volverlo irreconocible. Todo iba muy bien, salvo las numerosas observaciones de parte del emperador sobre lo absurdo de su disfraz, sobre la mala imagen que supone un dominó, etc.

Pero cuando intenté cambiarle los zapatos, se rehusó completamente, apesar de todo lo que pude decirle a este respecto. Por ello, fue reconocido desde el momento en que entró al salón. Se presenta muy decidido a un baile de máscaras con las manos por detrás de la espalda, como acostumbra; quiere empezar una intriga, y a la primera pregunta que hace le responden “Su Majestad”…

Domino del carnaval de VeneciaDecepcionado, se vuelve hacia mí bruscamente: “Tiene usted razón Constant, me reconocieron… Póngame botines y otro disfraz” Lo calcé con los botines, lo disfrazé de nuevo, recomendándole dejar los brazos colgando si no quería ser reconocido de inmediato. Su Majestad me prometió seguir al pie de la letra lo que él llamaba mis instrucciones. Pero apenas había entrado con el disfraz nuevo, fue abordado por una dama la que, viéndolo de nuevo con las manos cruzadas por detrás, le dijo: “Mi Señor, ha sido usted reconocido”,,, (Mémoires de Constant, t. 1, p. 469)

Y así hasta que se acabó sus diez disfraces.

Las memorias de Constant rebozan en elogios hacia Bonaparte. Si nos atenemos sólo a él, Bonaparte fue el más bondadoso de todos los soberanos franceses. Pero más allá de tanto elogio surge un retrato interesante: la actividad frenética que a diario llevaba a cabo, las decisiones rápidas y las maneras, a veces muy burguesas, con las que se relacionaba con los funcionarios a su alrededor.

El problema de esta edición está en el editor mismo: Maurice Dernelle se confunde con Constant, al grado que es difícil saber si el que está hablando es el valet de chambre o el autor francés, La lectura es interrumpida constantemente con notas frívolas, que discuten asuntos tan poco importantes si Napoleón se acostó o no con tal o cual mujer, si el número de invitados era mayor o menor, acusando a Constant de inexactitud en las fechas y un largo etcétera.

Sin embargo, no deja de disfrutarse el texto. VerdaMémoires de Constant 2dero anecdotario, que descubre una cara incierta de quien fuera el hombre más poderoso del mundo a principio del siglo XIX. Una visión ideal, romántica, pero como muy pocos, realmente muy pocos pudieron tenerla, en lo íntimo. Monsieur le Drôle, como Napoleón llamaba a Constant, fue testigo privilegiado de la gran caída del emperador, ese que arrastró toda Europa a una serie de guerras crueles y largas. ¿Cómo fueron sus últimos días en el trono, durante su última estancia en Fontainebleu? Constant nos los describe grises, tristes, largos y sumidos en la angustia:

… A lo largo de un día lo veía durante varias horas en la más profunda tristeza; luego, un instante después, caminando a grandes pasos en su habitación silbando o tarareando la Mónaco; después, recaía de golpe en una especie de marasmo, al punto de no prestar atención a nada a su alrededor, y a olvidar las órdenes que me había dado. Existe, además, otro detalle en el que yo no podría alargarme demasiado: es el inconcebible efecto que producía en el emperador la simple vista de las cartas que se le remitían desde París; desde que las percibía, su agitación era extrema, podría decirse que convulsiva, sin miedo a ser calificado de exageración. (Mémoires de Constant, t. 2, p. 476)

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