>1968: Navidad según las crónicas de Tlatelolco


>John Adams, El Niño, Orquesta Sinfónica de Berlín, Kent Nagano, director; Lorraine Hunt Lieberson, Dawn Upshaw, Willard White, Theatre of Voices, London Voices, la Maìtrise de Paris

Además de ser el texto sagrado de varias religiones, los Evangelios son la representación literaria de tradiciones milenarias y compartidas por varias culturas. En ellos se encuentran leyendas y relatos que tienen sus bases en otros relatos mucho más antiguos y de origen hoy desconocido. Sin tomar en cuenta las razones, válidas o no, que las distintas iglesias y creencias esgrimen para darle validez a un número cerrado de textos, históricamente hablando, la calificación de “canónicos” de algunos de ellos resulta tan inválida como azarosa respecto a los que no lo son. Dicho de otro modo, los Evangelios apócrifos resultan de igual validez que los canónicos como fuente de estas tradiciones.

El punto es que la tradición bíblica no sólo está reflejada en la Biblia, sino en un sinnúmero de textos más, cuya validez religiosa no demerita su calidad literaria. Una manera -hermosa- de poner esto en perspectiva es intentando contar la misma historia con otros textos que, en principio, no tienen nada que ver con la historia relatada. Imaginemos que fueron contados por medio de otros textos, de otros autores, y quizás en otra época. Precisamente esto es lo que sucede con el oratorio navideño de John Adams titulado “El Niño” del cual se pueden escuchar algunos fragmentos aquí.

Formando parte de la tradición musical de los oratorios, donde uno de los más grandes exponentes fue sin duda alguna Haendel, el compositor estadounidense John Adams recurre a textos completamente disímbolos para contar la historia del nacimiento de Cristo. Rosario Castellanos, sor Juana Inés de la Cruz, Gabriela Mistral, Rubén Darío, Vicente Huidobro, Hildegard von Bingen, Martín Lutero, así como los evangelios apócrifos conocidos como “El Evangelio de Santiago”, “El Evangelio Latino de la Infancia de Cristo”, “El Evangelio del pseudo-Mateo” así como algunos autores anónimos ingleses medievales.

El resultado es sobrecogedor. Sobre todo cuando, para describir la matanza de los santos inocentes, John Adams le pone música al poema “Memorial de Tlatelolco” de Rosario Castellanos. La inocencia degollada, la juventud aniquilada se identifican en las antípodas del mundo (Tierra Santa y México) y del tiempo (principios de la era cristiana y 1968). En seguida, un texto del libro bíblico de Isaías une definitivamente los dos eventos.

El todo se cierra con la esperanzadora llamada de la poesía, en voz de un coro de niños que cantam otra vez, un poema de Rosario Castellanos: “Una palmera”.

He aquí el texto del poema de Rosario Castellanos:

La oscuridad engendra la violencia
y la violencia pide oscuridad
para cuajar en crimen.

Por eso el dos de octubre aguardó hasta la noche
para que nadie viera la mano que empuñaba
el arma, sino sólo su efecto de relámpago.

Y a esa luz breve y lívida, ¿quién?
¿Quién es el que mata?
¿Quiénes los que agonizan, los que mueren?
¿Los que huyen sin zapatos?
¿Los que van a caer al pozo de una cárcel?
¿Los que se pudren en el hospital?
¿Los que se quedan mudos, para sieñpre,
de espanto?

¿Quién? ¿Quiénes? Nadie. Al día siguiente, nadie.

La plaza amaneció barrida; los periódicos
dieron como noticia principal
el estado del tiempo.
Y en la televisión, en la radio, en el cine
no hubo ningún cambio de programa,
ningún anuncio intercalado ni un
minuto de silencio en el banquete.
(Pues prosiguió el banquete.)

No busques lo que no hay: huellas, cadáveres,
que todo se le ha dado como ofrenda a una diosa:
a la Devoradora de Excrementos.

No hurgues en los archivos pues nada
consta en actas.

Ay, la violencia pide oscuridad
porque la oscuridad engendra el sueño
y podemos dormir soñando que soñamos.

Mas he aquí que toco una llaga: es mi memoria.
Duele, luego es verdad. Sangra con sangre.
Y si la llamo mía traiciono a todos.

Recuerdo, recordamos.

Esta es nuestra manera de ayudar que amanezca
sobre tantas conciencas mancilladas,
sobre un texto iracundo, sobre una reja abierta,
sobre el rostro amparado tras la máscara.

Recuerdo, recordemos…

El Niño fue estrenado en París, en el teatro del Chatelet el 15 de diciembre de 2000. Los artistas fueron:
Lorraine Hunt Lieberson, mezzosoprano
Dawn Upshaw, soprano
Willard White, barítono
The Theatre of Voices
Paul Hillier, director artístico
Daniel Bubeck (contratenor)
Brian Cummings (contratenor)
Steven Rickards (contratenor)
The London Voices
Terry Edwards, director
La Maîtrise de Paris
Patrick Marco, director
La Deutsches Symphonie-Orchester de Berlín
Kent Nagano, director

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