Napoleón Hecatombe


La BataillePatrick Rambaud, La Bataille, Paris, Editions Grasset & Fasquelle, 1997, 284 pp.

Completamente agotado, un soldado de la Grand Armée busca un lugar para descansar su cabeza y dormir; al despertar se da cuenta, con cierta indiferencia y cierto asco, que un montón de brazos y piernas amputados le sirvieron de almohada. Ya ha visto demasiado como para conmoverse. Los horrores de la guerra no son nuevos, los relatos son innumerables, la mayoría de las víctimas anónimas. Desde esos civiles alcanzados por los proyectiles y cuyos cuerpos servirán para divertir a los soldados, hasta esos militares heridos convertidos en vegetales, encerrados en un mundo imaginario que remplace la sangre y los pedazos de cuerpos; muertes horrorosas y lentas, tiradores de élite abandonados, o envenenados por la ingesta cotidiana de ratas, tripas de caballo en descomposición o fricasée de gato.

Tal es el cuadro que describe Patrick Rambaud en La Bataille. El relato de la batalla de Essling, en los suburbios de Viena, donde Napoleón, al frente de un ejército compuesto de franceses, españoles, portugueses, sardos, bávaros, hamburgueses, polacos, napolitanos, wurtemburgueses, croatas, eslovenos, daneses y quién sabe cuántas nacionalidades más, se enfrentaron al ejército austriaco y húngaro, que había pasado a la ofensiva. La primera batalla que Napoleón perdió, el inicio del fin.

El Napoleón de Constant, ese del que habíamos hablado hace unas semanas, se diluye en la arrogancia y la locura; los deseos de todo un ejército de terminar por regresar lo más rápido posible a sus casas, mezclados con la fascinación por el hombre que no dudaba sacrificarlos de diez mil o de veinte mil a la vez por la gloria de Francia; el temor de la inacción, preludio para pensar, cuestionar y reflexionar la utilidad de la batalla; las esperanzas de volver al lado del padre anciano que labora aun la tierra; todo eso se mezcla en las trincheras de Essling.

El impresionante relato de Rambaud está basado en documentos históricos manejados con sutilidad y fuerza. El resultado, uno de los mejores con los que me haya topado hace mucho tiempo, le valió en 1997 el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa y el premio Goncourt. Es un homenaje a esos hombres, militares y civiles anónimos que, en medio de tanta sangre, sudor, fuego, cansancio y dolor, deciden perder la razón para lograr sobrevivir. En escenarios tan macabros como los de la guerra, conservar el mínimo de juicio puede llegar a ser el equivalente a perder la vida. Entregarse a la locura es la salida para dejar pasar el tiempo, soportar la enajenación de la violencia alrededor y de la impotencia por la muerte.

Pero también es un testimonio de la bárbara capacidad humana de infligir sufrimiento . Eliminadas todas las reglas, perdida casi toda posibilidad de fraternidad, cualquiera es capaz de los actos más horribles con tal de sobrevivir. La terrible situación en la que se encuentran los artilleros, tiradores, ingenieros, proveedores militares y civiles atrapados en el campo de batalla contrasta con esos títulos de opereta, esos reinos, principados, ducados y marquesados creados ex nihilo por Napoleón para su nueva nobleza, esas soberanías imaginarias, ese nuevo orden continental basado en la añoranza de un pasado heroico y caballeresco. Pero al final, el resultado es el msmo, pues todos son seres humanos, que buscarán a toda costa salir con vida del campo de batalla.

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