Napoleón Derrotado


Patrick Rambaud, Il neigeait. En la portada se reproduce Pasaje del Berezina, por Fournier-Sarloveze, 1812Patrick Rambaud, Il neigeait, Paris, Editions Grasset & Fasquelle, 374 pp.

En la segunda parte de su trilogía napoleónica, Patrick Rambaud relata la desastrosa campaña francesa en Rusia, a finales de 1812. De nuevo, lejos del círculo privado del primer emperador de Francia, Rambaud nos muestra el lado humano, crudo, extremo, terrible y a veces, solo a veces, hermoso. Pesimista sobre la naturaleza humana, Rambaud se coloca en las antípodas de los admiradores de Napoleón que, a su lado, parecen ingenuos románticos de los brillantes y limpios uniformes militares y de las batallas indoloras y llenas de estrategia.

El motivo de la novela se inspira en un poema de Víctor Hugo, cuyos primeros versos rezan: “Il neigeait. On était vaincu par sa conquête. / Pour la première fois l’aigle baissait la tête” (Algo así como “Nevaba. Derrotado por su conquista. / Por primera vez el águila bajaba la cabeza). La nieve, el frío, son omnipresentes a todo lo largo del relato y todo el viaje de la Grande Armée.

Moscú arde a la llegada de las hambrientas, agotadas y acosadas tropas francesas. Durante meses sólo han encontrado cosechas destruidas, graneros quemados. Llegados a la capital, el fuego (quizás ordenado por el gobernador de la ciudad, el conde Rostopshin (Rostopchine, en francés), los hunde en la derrota que hacía muchos kilómetros arrastraban, pero que Napoleón se negaba a aceptar. Cientos de miles de soldados de toda Europa, desde Portugal hasta Lituania, murieron congelados, primero dormidos por el agotamiento y luego cayendo a pedazos: una mano, una nariz, un dedo, convertidos en pedazos de hielo.

La historia es relatada en torno a tres personajes: el capitán d’Herbigny, su doméstico Paulin y el secretario de ejército Sebastien Roque. Otros personajes principales durante algunos capítulos van ilustrando la terrible experiencia de esos desafortunados: un grupo de actores franceses en Moscú, algunos comerciantes y otros militares. Todos sufren el mismo suplicio, con finales diversos y recompensas desequilibradas. Todos caminan sobre la nieve hasta el agotamiento total o fatal, tras haber perdido sus caballos, si tenían el privilegio, fileteados vivos por los otros miembros hambrientos del ejército.

El ejército de Napoleón, o lo que quedaba, deja su rastro a lo largo de su caminata. Imposible perderlo: “… il n’y avait qu’à remonter les centaines de corps nus; gelés; hommes et femmes couchés sur la glace; les voitures brûlées; les chevaux dépecés qui coloraient la neige en rose” (p. 158) (“… bastaba con seguir los cientos de cuerpos desnudos, congelados; hombres y mujeres tendidos sobr el hielo; los coches quemados; los caballos descuartizados que coloreaban la nieve de rosa”). Un momento especialmente angustiante es el paso por el río Berezina. Los endebles puentes construidos por los ingenieros militares franceses, soportan mal el peso de los aún miles de supervivientes. Uno se desploma y bajo los tiros de la caballería rusa, el pánico cunde. La única manera de pasar al otro lado es degollando al que se encuentra en frente…

¿Cómo sobrevivir a ese infierno de hielo? Hombres que se refugian en las entrañas tibias de los cadáveres de caballos, alimentándose de sus tripas; otros se refugian bajo la montaña de cadáveres que su batallón dejó, muertos durante el sueño por congelamiento; asesinar por dos pedazos de jamón. Tal fue la campaña de Napoléon. Sobrevivir al frío no bastaba. Había que pasar desapercibido para los mujiks. Alentados por una “guerra santa” predicada sus popes ortodoxos, los rezagados o perdidos eran sacrificados cruelmente.

Il neigeait es una novela más cruda aún que la anterior, La Bataille. Pesimista, deja poco lugar a la esperanza. Aunque está presente, la sangre y la violencia la diluyen. De alguna forma, sin embargo, estamos seguros que la realidad superó largamente los textos, incluso al poema de Victor Hugo:

Il neigeait. On était vaincu par sa conquête.

Pour la première fois l’aigle baissait la tête

Sombres jours ! L’empereur revenait lentement,

Laissant derrière lui brûler Moscou fumant.

Il neigeait. L’âpre hiver fondait en avalanche.

Après la plaine blanche; une autre plaine blanche.

On ne connaissait plus les chefs ni le drapeau.

Hier la grande armée, et maintenant troupeau.

On ne distinguait plus les ailes ni le centre :

Il neigeait. Les blessés s’abritaient dans le ventre

Des cheveaux morts : au seuil des bivouacs désolés

On voyait des clairons à leur poste gelés

Restés debout, en selle et muets; blancs de givre,

Collant leur bouche en pierre aux trompettes de cuivre.

Boulets, mitraille, obus, mêlés aux flocons blancs,

Pleuvaient ; les grenadiers surpris d’être tremblants,

Marchaient pensifs, la glace à leur moustache grise.

Il neigeait, il neigeait toujours ! la froide bise

Sifflait ; sur le verglas, dans des lieux inconnus,

On n’avait pas de pain et l’on allait pieds nus.

Ce n’étaient plus des coeurs vivants, des gens de guerre ;

C’était un rêve errant dans la brume, un mystère,

Une procession d’ombres sous le ciel noir.

La solitude vaste, épouvantable à voir,

Partout apparaissait, muette vengeresse.

Le ciel faisait sans bruit avec la neige épaisse

Pour cette immense armée un immense linceul.

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