Berlín I


Berlín, Columna de la Victoria 3 Quizás sea legítimo decir que la historia del siglo XX se decidió en Berlín. Sede del Tercer Reich, escenario donde se materializaba la confrontación entre el bloque comunista y el bloque capitalista, la ciudad tiene una carga simbólica que es posible afrontar de dos maneras. Vayamos por partes.

En primer lugar, Berlín es una de las ciudades más extensas de Europa. Quizás en población no se encuentre las más grandes, pero el territorio que ocupa se extiende por varias decenas de kilómetros. Esto hace que la diversidad arquitectónica sea uno de los atractivos de la ciudad. A pesar de haber sido prácticamente borrada al final de la Segunda Guerra, los berlineses poseen una gran riqueza urbana, que también es producto de la división politica del país. Los poquísimos edificios anteriores a la derrota de los nazis que aun subsisten son conservados como verdaderos tesoros. También se encuentran los restos de la arquitectura nazi y comunista. Construcciones pesadas e imnponentes, que aún hoy cumplen con su tarea de intimidar al visitante.

En seguida, la conservación de ese patrimonio, pero sobre todo la manera de mostrarlo a los millones de turistas que desfilan por la ciudad, ha generado, en mi opinión, dos maneras completamente distintas de entrar en contacto con éste. Por un lado, ademas de los típicos recorridos guiados que se encuentran en toda ciudad importante, existen otros que proponen “descubrir” Berlín a través de los restos del nazismo y del comunismo. Jóvenes muy bien informados llevan al visitante los lugares donde se encontraban las oficinas de la SS, de Hitler, de Goebels ou de la Stasi. Detras del muro pueden contemplarse fotografías que ilustran la historia de la Wilhelmstrasse, aderezadas con otras fotografías del exterminio perpretado por los nazis. Está, por supuesto, el punto de control “Charly”, donde se controlaba el tráfico entre el sector americano y soviético de la ciudad. Por cinco euros un oficial amable, vestido en uniforme de la policía fronteriza soviética, puede sellar el pasaporte con una visa de la antigua República Democrática Alemana.

Por el otro lado, es posible conocer la historia de Berlín a través de una serie de monumentos. Hay que decir que la palabra “monumento” está ligada etimológicamente con “memoria”. El monumento es un objeto que guarda la memoria. Y en ese sentido, Berlín está llena de objetos que guardan la memoria. Para empezar, se pueden tomar como ejemplo la Puerte de Brandemburgo (Brandenburger Tor), el Parlamento Alemán (Deutscher Bundestag) o el celebérrimo Monumento al Holocausto (Holocaust Denkmal). Por supuesto, siempre es deseable poder permanecer alguna larga temporada para poder conocer más profundamente la manera en que los berlineses entran en contacto con su pasado. Un pasado difícil, que concierne también a todo el mundo.

Berlín, transepto de la Iglesia de la Memoria (Gedächtniskirche) Sin embargo, yo percibo una suerte de banalización del horror nazi y comunista. En algunos de estos lugares, la historia es escenificada, como si se tratara de un pasado que ya no existe, que sucedió en otro lugar y a otras personas. En una descripción del “tour” nazi por la ciudad, en el pie de foto que ilustra la publicidad (Hitler saliendo de sus oficinas) se puede leer la leyenda Fascinating ! (¡Fascinante!). Hitler sigue reuniendo masas.

Le he dado vueltas a estas impresiones que me llevé de Berlín y no logro llegar a una conclusión. No sé si está bien o está mal. Sé de otros ejemplos similares como el museo del comunismo en Budapest, donde se reunió una impresionante collección de estatuas y monumentos de la época comunista, o el museo de sitio del campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau. En principio, estos museos tienen la misión de educar a las nuevas generaciones para que no se olvide el terrible sufrimiento que generaron criminales como los nazis en Alemania o los comunistas en Europa del Este. Sin embargo, queda una línea muy delgada entre la memoria y la banalización. Me di cuenta en el museo al aire libre al lado de los restos del Muro de Berlín. Las fotografías de las masacres y de Hitler atraían a más personas. Y el personaje que vende visas de la RDA me dejó sin aliento.

Quizás sea el precio por la paz. Quizás algún día habrá un policía vestido de guardia israelita que venda, por cinco dólares, una visa israelita para recordar el sufrimiento que hoy siguen viviendo miles de palestinos. O quizás llegue a exister el Mojado Tour, con todo y chapuzón en el Río Bravo, para conmemorar el horrible viaje que deben llevar a cabo miles de mexicanos y latinoamericanos a través de la frontera con los Estados Unidos.

Berlin

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