los monumentos de Roma


Valter Curzi Valter Curzi, Bene culturale e publlica utilità. Politiche di tutela a Roma tra Ancien Régime e Restaurazione, Andrea Emiliani (intro.), Bologna, Minerva Edizioni, 2004, 254 pp.

Después de mucho esperarlo, este libro cayó en mis manos hace un par de meses. Lo leí con especial atención, dos veces, por tratarse de un tema muy cercano a mi tesis y por ser una recomendación de varios profesores. Además, probablemente conoceré al autor la semana que entra, si es que me concede la cita necesaria para hacerlo. La traducción del título sería, aproximadamente, Bien cultural y utilidad pública. Política de tutela en Roma entre Ancien Régime y Restauración.

Aunque no lo hace deliberadamente, el autor dividió su obra en dos partes. La primera tiene que ver con la contribución de Carlo Fea a finales del siglo XVIII en la protección de bienes artísticos en los estados pontificios, y la segunda con la intervención francesa en Roma. Curzi examina la noción de utilidad pública en los bienes culturales. Es decir, de qué manera, en la Roma de finales del XVIII y principios del XIX, a una obra de arte o a un objeto artístico se le debe protección por parte del Estado. En palabras del mismo Curzi, se trata de indagar sobre “el papel asumido por el Estado para garantizar la tutela y la conservación de los bienes culturales” [il ruolo assunto dallo Stato nel garantire la tutela e la conservazione dei beni culturali, p. 11]. Giovan Battista Piranesi, Veduta di Campo Vaccino

La pregunta resulta aún más interesante si tenemos en cuenta que Curzi fija su atención en un lugar clave para este tema y en una  época decisiva para todo el mundo. En efecto, Roma es la sede de un patrimonio cultural inigualable, que se remonta a los orígenes de la civilización. Más de dos mil años han dejado huella en esa ciudad. Además, la época que investiga es una de las más apasionantes: las monarquías están cayendo para dejar espacio a los estados nación y toda una nueva manera de pensar el derecho, la legislación y la justicia ven la luz gracias a los ideales de la Revolución Francesa. La actitud del Estado frente al patrimonio cultural es sorprendente, pues al mismo tiempo la legislación afirma la propiedad privada como parte fundamental de la dignidad humana.

Roma y sus monumentos tras la caída del Imperio

La legislación papal tuvo distintas actitudes frente a los monumentos de Roma. La caída del imperio de Occidente en el siglo V había provocado que la ciudad quedara abandonada en gran parte, pues en ella sólo vivía la décima parte de la población. Esto provocó un nuevo uso de los templos y edificios públicos. Hacia la Edad Media, una de las actividad económicas más importantes de Roma era la fabricación de cal a partir de la calcinación de las esculturas que se encontraban casi por cualquier parte. La reutilización de materiales era común, como las planchas de bronze del templo de Venus utilizadas en la antigua basílica de san Pedro o la habilitación del Panteón como iglesia. Además, a partir del siglo VIII, los papas deben ceder a las familias patricias romanas el uso y disfrute de los principales monumentos romanos. Puede decirse que hacia el siglo XII el papado no tiene ningún control sobre los monumentos. Es hasta el regreso de la corte papal en 1309, asentada en Aviñón, que empieza a recuperar el control sobre la ciudad.

Carlo Fea Carlo Fea

Un buen punto de partida es, precisamente, el trabajo del abad Carlo Fea (Pigna, 1753-Roma, 1836). Fea había estudiado derecho en la  Universidad de la Sapienza de Roma, y entre 1783 y 1784 había publicado la traducción de la célebre obra de Johann Winckelmann, la Geschichte der Kunst des Alterthums, es decir Historia de las artes y de la pintura entre los antiguos. Además de desarrollar una gran actividad arqueológica, su actividad científica lo impulsó a hacer una recopilación histórica de fuentes legislativas en torno a la protección de obras de arte, que sería publicada hasta finales del siglo XIX bajo el título de: Leggi, decreti, ordinanze e provvedimenti generali emanati dai cessati Goberni d’Italia per la conservazione dei Monumenti e la esportazione delle opere d’arte, ([Leyes, decretos, ordenanzas y procedimientos generales emanados de los pasados Gobiernos de Italia para la conservación de los Monumentos y la exportación de las obras de arte], Roma, Salviucci, 1881). Tras muchos años de estudio, a través del trabajo de Fea se inició una revalorización del patrimonio de la ciudad, en momentos en los que Roma comenzaba a dejar su lugar como principal centro del estudio del arte y de la Antigüedad.

Un trabajo como el de Fea no es comprensible si no se tiene en cuenta que, a todo lo largo del siglo XVIII, las discusiones sobre el valor estético de los objetos dieron a pie a profundas investigaciones. Al igual que durante el Renacimiento, el Siglo de las Luces había dejado un legado de crítica de las fuentes históricas y son precisamente los monumentos una de las herramientas necesarias para llevar a cabo esta crítica. La capacidad conmemorativa, pero sobre todo, la capacidad documentaria de los monumentos permite a los eruditos preguntarse sobre las posibles manipulaciones del pasado. Fea pertenece a una tradición iniciada en Francia, en la que autores como Voltaire, Diderot, d’Alembert y otros, cuestionan la jerarquía de las artes y su función social, idea esta última, que incidirá en la creación de la idea de patrimonio nacional.

Las leyes recopiladas por Fea van desde el Códice Teodosiano (439 d.C.), el Códice Justineaneo (534 d.C.), los testimonios históricos de Casiodoro (Historiae ecclesiasticae quam tripartitam o Historia en tres partes de la iglesia) o Procopio de Cesarea (De bello gothorum o Las guerras de los godos) hasta la reciente legislación papal.

¿Para qué sirvió el trabajo de Fea? Para lograr una protección eficaz del patrimonio, éste debe ser individualizado, y una perspectiva histórica permite hacerlo con mayor eficiencia.

La administración francesa en Roma. 1809-1814

Salvo las confiscaciones hechas en Roma por Napoleón, uno de los pocos puntos en los que franceses y papado pudieron ponerse de acuerdo, fue sobre la administración y protección del patrimonio cultural. La administración francesa inaugura, según Curzi, la voluntad por la protección del patrimonio como si fuera la propiedad de todas las naciones. Rica de una experiencia profunda durante la revolución, la administración francesa formula una serie de leyes que no se limitan a la conservación física de los objetos, sino también a definir su función social.

Melchiorre_Fontana_-_assalto_delle_truppe_francesi_a_Roma_nel_1849_-ca.1860 Además, el trabajo de Fea y de sus colaboradores permite poner bajo una nueva perspectiva monumentos y colecciones. Ya no es la época de las obras maestras del arte: una colección está formada por todos aquellos fragmentos, bellos o no, que permitan ilustrar la historia del arte. El acceso a todos estos objetos dejó de ser exclusivo a eruditos y cercanos a la corte, para dejar libre el acceso a todos los ciudadanos romanos.

La legislación francesa proveía una fuente única para la protección de los bienes culturales, frente a la masa emanada de la corte papal. La visión francesa veía en la utilidad pública del patrimonio cultural un “factor de crecimiento cultural y a la vez un instrumento de transformación social”. A través de distintos órganos se emprenden trabajos de gran envergadura que ayudaron a difundir una nueva idea de tutela del patrimonio cultural. Fue tan profundo el impacto que, a pesar de la retirada francesa de la ciudad y restaurado el poder papal en Roma, muchas de las instituciones recientemente implementadas fueron conservadas y los trabajos continuados.

El libro de Curzi tiene varias ventajas: es corto y está muy bien documentado. Al final ofrece un apéndice documental e iconográfico bastante interesante. Sin embargo, el estilo es difícil. Curzi ocupa frases larguísimas, en las que puede llegar a incluir hasta cinco afirmaciones. También se extraña una conclusión general. En el último capítulo, de dos páginas, desarrolla brevemente una idea que anuncia desde el principio: el papel del patrimonio romano en la propiedad universal. Es decir, que existe una idea generalmente aceptada de que la tutela de los restos romanos pertenecen a toda la humanidad y por lo tanto, todos deben velar por su conservación. Por ejemplo, el 24 de junio de 1849, el cuerpo diplomático reunido en Roma dirige una carta al general Oudinot, que se encuentra en las afueras de la ciudad:

Signor generale ! I sottoseritti agenti consolari rappresenttanti i loro rispettivi governi si prendono la libertà di esternarvi, signor generale, il loro profondo rammarico che la città eterna abbia subito un bombardamento di molti giorni e notti. La presente ha per oggetto, signor generale, di fare la più energiche rimostranze contro tal modo d’attacco che non solo pone in pericolo le vite e le propiretà degli abitanti neutrali e pacifici, ma altresi quella delle donne e dei fanciulli innocenti. Noi ci farem lecito, signor generale, di porre a vostra cognizione che questo bambardamento ha già costato la vita a molte persone innocenti ed ha portato la distruzione a capi d’opera di belle arti che non potranno mai essere riparati. Noi speriamo che voi, signor generale, in nome dell’umanità e delle nazioni incivillite, vorrete desistere da un ulteriore bombardamento per risparmiare la distruzione alla città monumentale,ch’è considerata sotto la protezione morale di tutti i paesi civilizzati del mondo.- L’agente consolare di S. M. britannica; il console di S. M. il re di Prussia; l’agente di S. M. il re dei Paesi Bassi; il console di S. M. il re di Dinamarca; il console della confederazione svizzerra; il console di S. M. il re di Vürtemberg; il segretario della Repubblica di S. Salvatore nell’America centrale; il console degli Stati Uniti d’America; il console degli Stati Uniti d’America per Ancona; il console generale di S. M. il re di Sardegna e provvisoriamente anche della Toscana. (Giovanni Cecchini, Fatti di Roma degli anni 1848-49, 1850, p. 130)

¡Señor general! Los infraescritos agentes consulares representantes de sus respectivos gobiernos se toman la libertad de externarle, señor general, su profunda preocupación pues la ciudad eterna ha sufrido un bombardeo de varios días y noches. La presente tiene por objeto, señor general, protestar lo más enérgicamente posible contra tal modo de atacar que no sólo pone en peligro la vida y la propiedad de los habitantes neutrales y pacíficos, sino también de la de las mujeres y niños inocentes. Con justicia, señor general, hacemos de su conocimiento que este bombardeo ya ha costado la vida a muchas personas inocentes y ha traído la destrucción a obras maestras de las bellas artes que no podrán jamás ser reparadas. Esperamos que usted, señor general, en nombre de la humanidad y de las naciones civilizadas, quiera desistir de un ulterior bombardeo para salvar de la destrucción la ciudad eterna, que es considerada bajo la protección moral de todos los países civilizados del mundo.- El agente consular de S. M. Británica; el cónsul de S. M. de Prusia; el agente de S. M. el rey de los Países Bajos; el cónsul de S. M. el rey de Dinamarca; el cónsul de la confederación suiza; el cónsul de S. M. el rey de Wutemberg; el secretario de la República de San Salvador, en la América Central; el cónsul de los Estados Unidos de América; el cónsul de los Estados Unidos de América en Ancona; el cónsul general de S. M. el rey de Cerdeña y provisionalmente de la Toscana. (Giovanni Cecchini, Fatti di Roma degli anni 1848-49 [Hechos de Roma durante los años 1848-49, 1850, p. 130)

Giovan Battista Piranesi, Veduta dal Coloseo

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