sólo yo tengo la razón


L'art d'avoir toujours raison Arthur Schopenhauer, L’art d’avoir toujours raison ou Dialectique éristique [El arte de tener siempre la razón o Dialéctica erística], Henri Plard (trad.), Franco Volpi, Carole Walter (trad.), Dijon, Éditions Circé, 1999, 121 pp., Poche, 25.

Por pura suerte me encontré este librito en un estante de una tienda de discos en París. Mi desconocimiento de la literatura alemana y el título tan atractivo me llamaraon la atención y decidí comprarlo. El arte de tener siempre la razón o Dialéctica erística es un simpático tratado, corto, redactado como si fuera una serie de recomendaciones para los amantes de la discusión.

Sin embargo, los problemas de traducción hacen que el libro sea de difícil lectura. Curiosamente, el ensayo de Franco Volpi, que se encuentra al final del libro, es más comprensible que el texto principal. Henri Plard, que hizo la traducción del texto de Schopenhauer, hizo un trabajo bastante mediocre y, aunque no conozco la lengua alemana, sospecho que cometió el peor de los pecados de los traductores: la traducción literal. Carole Walter, quien se encargó de la traducción al francés del texto en italiano de Volpi, lo hizo mucho mejor, aunque con algunos problemas.

El tema que eligió Schopenhauer es, por decir lo menos, curioso. Hay que decir que se trata de un texto redactado en Berlín entre 1830 y 1831, antes de partir rumbo a Francfort huyendo de la epidemia de cólera que le costara la vida a Hegel, y publicado en 1864 a título póstumo. A lo largo de 38 “estratagemas”, Schopenhauer va dando consejos sobre la manera de ganar una discusión. Éstas van desde los argumentos ligados al tema de disputa, hasta los insultos personales. Sí, leyeron bien, los insultos personales.

En la última estratagema, la 38, Schopenhauer aconseja: “Si nos apercebimos que el adversario es superior y que vamos a perder la discusión, debemos asumir un tono personal, ofensivo, grosero. (…) Esta regla es muy apreciada, pues cualquiera es capaz de aplicarla, y se emplea muy frecuentemente”. Un poco antes ya había recomendado abrumar al contendiente por medio de una “marea absurda de palabras” (Estratagema 36), hacer enojar al adversario cada vez más (Estratagemas 8 y 27) o gritar (Estratagema 14). En resumen, Schopenhauer no duda en recurrir a la fuerza física (advirtiendo que si se pierde el control, se puede llegar a límites no deseables) para ganar las discusiones. Al asunto de los insultos volveremos dentro de poco.

Para refutar los argumentos de los contrarios, además de las estratagemas precisas que ofrece a lo largo de su escrito, Schopenhauer distingue dos modos y dos métodos:

I Modos

  1. ad rem, o demostración que la proposición no está de acuerdo con la verdad objetiva

  2. ad hominem ou ex concessis, que no está de acuerdo con otras afirmaciones del contrincante

II Métodos

  1. refutación directa o refutar la tesis en su fundamento

    • nego majorem, nego minorem o negar lo mayor niega lo menor: demostración que el fundamento de la afirmación es falso

    • nego consequentiam, o admisión del postulado principal pero no de su conclusión

  2. refutación indirecta o refutar la tesis en sus consecuencias
  • apagogé, admisión de la verdad de la proposición pero de la falsedad de la conclusión al combinarla con otro argumento verdadero; por lo tanto, la proposición inicialmente aceptada es falsa porque no se puede obtener una conclusión falsa de una verdadera
  • instancia, demostración de la falsedad de la tesis principal por medio de ejemplos particularesArthur_Schopenhauer_Portrait_by_Ludwig_Sigismund_Ruhl_1815

En el fondo de este tratado se encuentra una discusión secular sobre la ciencia y el método para construir el conocimiento científico.  Schopenhauer se nutre de una tradición tan vieja como Aristóteles, Platón y Parménides, que pasa por Tomás de Aquino, Kant y el mismo Hegel, por citar algunos, aunque en muchos puntos no la comparte. En el centro de su pensamiento está la dialéctica erística que él define como la técnica para demostrar un argumento. No se trata aquí de demostrar la verdad objetiva, sino de ganar el debate. Esto explica en parte el uso de la fuerza (gritar, verborrea, insultar).

Schopenhauer parte de la constatación de que la mayor parte de los debates no se ocupan de la verdad objetiva, la verdad verdadera (como se dice en derecho), sino que se trata de competencias entre los mejores oradores. En estas discusiones son comunes las “pruebas de deslealtad” de uno y otro lado. Es una concepción pesimista de la naturaleza del hombre. La metáfora por la cual se hace del lenguaje un atributo divino y del conocimiento un atributo humano cabe perfectamente en el trabajo de este filósofo. Sería como decir que los seres humanos son capaces de acceder al conocimiento de la naturaleza y del mundo pero no pueden expresarlo; en cambio, los dioses pueden expresarse pero no necesariamente tienen el conocimiento.

Si la mayoría de las personas actúan sólo por vanidad, entonces se debe elegir con cuidado al contrincante. No se debe discutir con el primer llegado, afirma Schopenhauer. Idealmente, discutir tiene como finalidad la búsqueda de la verdad. Pero este es el último de los objetivos seguidos por los hombres. En las discusiones, lo último que se busca es el conocimiento verdadero pues desipere est juris gentium, es decir, es un derecho de todo ser humano ser un idiota. Este libro está pensado para ponernos en guardia contra aquellos que utilizan su derecho.

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