al carajo todo


L'arte di insultare Arthur Schopenhauer, L’arte di insultare [El arte de insultar], 16 ed., Franco Volpi, (ed., ensayo y ¿trad?), Milán, Adelphi Edizioni, 2009, 148 pp., Piccola Biblioteca, 437.

Ya habíamos hablado de Schopenhauer hace muchísimo tiempo aquí. En aquel momento, nos encontramos con una traducción del alemán al francés más bien mala. En esta ocasión, tenemos una traducción del alemán al italiano muy buena. Otra vez es Franco Volpi el que redacta el ensayo introductorio.

Si de por sí Schopenhauer había sido una gran sorpresa, en este libro no sólo nos sorprende, si no que nos hace reír mucho. No es una obra escrita por el propio filósofo alemán, sino que se trata de una recopilación, organizada alfabéticamente, de sentencias sarcásticas, irónicas e insultantes en contra de culquier cantidad de temas. Sin embargo, y esta es la crítica más grave que tengo que hacerle a la edición de Volpi, es que no nos dice el lugar exacto de donde sacó las citas. Nos dice las obras que utilizó para su propia edición, pero no nos dice la localización. Lástima.

Pero pasemos al contenido. Aristóteles mismo dice que indignarse es una virtud. Ya habíamos dicho que la visión que tiene Schopenhauer sobre la humanidad es pesimista. Si en sus consejos sobre cómo ganar las discusiones no duda en recomendar el uso de la fuerza por medio de gritos, largas peroratas sin sentido, y en última instancia los golpes, en los insultos tampoco se ahorra sutilezas. Es cierto que la vida de Schopenhauer permite pensar que se trataba de un tipo huraño, más bien antisocial; pero coincidimos con Volpi en creer que no se entregaría gratuitamente a una retahila de insultos. Precisamente, Schopenhauer critica la animalidad del hombre y toda violencia es una llamada al salvajismo que él mismo rechaza con toda convicción. Además, recordémoslo, el insulto y la violencia los recomienda ya sea como una última instancia, cuando el adversario ha adquirido un tono en el que no puede dialogarse más, o cuando nosotros mismos somos tan necios que no queremos reconocer nuestra derrota. En ambos casos, Schopenhauer reconoce la necedad de la discusión. Lo ideal sería encontrar a una persona lo suficientemente sabia y humilde que busque la verdad y reconozca la sabiduría de los otros durante las discusiones.Schopenhauer, Arthur

Esta colección de insultos puede ser leída como una crítica a su tiempo. Ya el siglo XIX se presentaba como un tiempo con demasiada velocidad, con demasiada ignorancia. La soberbia de la ciencia no tiene concesiones entre los insultos de este profesor. La fe ciega en el progreso le provoca náusea, los charlatanes que se hacen llamar profesores de filosofía en las universidades despiertan su ira, condena a voz en cuello el esclavismo y le parece una barbaridad la violencia contra los animales.

Pero también tiene sus contradicciones. Hombre tan culto y tan crítico del esclavismo y el maltrato animal, reduce a la mujer al papel de un ser no muy lejano al idiotismo. Le niega toda posibilidad de raciocinio permanente y necesariamente sometida a su esposo, amante o confesor. Los franceses no se salvan tampoco. Aunque su odio parece estar originado en la soberbia de algunos filósofos de esta nacionalidad, llega a puntos casi irracionales, casi se vuelve fobia. La religión católica, la protestante, Kant, Hegel, la Historia como ciencia, el matrimonio, Leibniz, los ingleses, los alemanes, la lectura, la lengua alemana, la enseñanza del griego y del latín, Schiller, los judíos, los enamorados, los instintos sexuales e incluso México, todo pasa por la severa criba de Schopenhauer, sin concesiones, sin posibilidad de salvación.

A continuación, he seleccionado algunas de las frases que más me gustaron:

Los amigos se dicen sinceros, pero en realidad sinceros son los enemigos

Existen ciertos individuos sobre cuyo rostro está impresa una tal ingenua vulgaridad y una tal bajeza en el modo de pensar, así como una limitación bestial del intelecto, que impresiona cómo sea posible que tales individuos tengan el valor de salir con una cara así y no prefieran usar una máscara

El coito es, principalmente, asunto de hombres; el embarazo, en cambio, sólo de mujeres

En la filosofía moderna, Dios es aquello que eran los últimos reyes francos entre los majores domus: un nombre vacío que se mantiene para poder vivir de manera más cómoda y sin críticas

La existencia es un episodio de la nada.

El resto del mundo tiene a los simios; Europa tiene a los franceses. La cosa se compensa.

…parece que el buen Dios creó el mundo para que el Diablo lo pillase…

Leer significa pensar con la cabeza de otros en lugar de pensar con la propia.

Casarse significa hacer todo lo posible por hartarse el uno al otro.

Las leyes matrimoniales europeas parten del principio que la mujer es igual al hombre; parten, por lo tanto, de un presupuesto equivocado.

¿Este mundo fue hecho por un dios? No, más bien por un demonio.

Ningún matrimonio está tan corrompido sexualmente como Europa a causa del antinatural matrimonio monogámico .

La intolerancia es intrínseca a la esencia del monoteismo: un dios único es, por propia naturaleza, un dios celoso que no tolera ningún otro dios a su lado.

Lo que procura tantos convertidos a la secta de los mormones es la eliminación de la monogamia, que es contraria a la naturaleza.

La única felicidad consiste en no nacer.

Es mi opinión -y lo digo rápidamente aquí- que el color blanco de la piel no es natural al hombre, el cual, por naturaleza, tiene la piel negra o oscura, como nuestros parientes, los hindús.

En la república de los sabios las cosas se desarrollan más o menos como en la República de México, donde todos piensan en su sólo provecho, buscando obtener honores y poder para sí mismo, sin preocuparse de la colectividad que, entre tanto, se arruina.

Estos demonios con apariencia humana, los patrones y traficantes de esclavos en los libres Estados Unidos de América del Norte (que deberían ser llamados “Estados de los Esclavos”), son normalmente seguidores ortodoxos y devotos de la Iglesia Anglicana: considerarían un grave pecado trabajar el domingo y, apoyándose en su observancia, en su frecuentación asidua de la iglesia y en otras cosas del mismo género, esperan en su propia salvación eterna.

Escriben [los turistas] su nombre en lugares que son el objetivo de los visitantes: es un modo de reaccionar, de dejar una marca en la localidad que no ha dejado ninguna en ellos.

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