hijos de Mussolini


Hoy fui testigo de una de las situaciones más desagradables que jamás me haya tocado presenciar. Y lo que más coraje me da fue que no supe reaccionar más firmemente.

Todos los días tengo que tomar el autobús número 22 para ir o venir desde mi casa. Tengo la suerte que esa línea termina y empieza al lado de mi casa y al lado del Instituto donde estoy inscrito. Así que, normalmente, no tengo problemas para viajar sentado. Hoy, hacia las seis de la tarde, tomé el autobús desde el Instituto para regresar a mi casa. Detrás de mi estaban sentadas dos señoras filipinas, al parecer madre e hija. El autobús empezó su recorrido y en una parada muy cercana a la estación de ferrocarriles (Santa María Novela), como todos los días, se subió una gran cantidad de gente. Entre la multitud se subió un grupo de unos tres amigos, italianos, de no más de 20 años de edad. Uno de ellos, el más imbécil, al notar que las dos señoras que estaban sentadas al fondo eran asiáticas, las empezó a importunar con supuestos contratos para hacer llamadas baratas a su país. Tratándolas de chinas, las invitaba a bajar del autobús para firmar los papeles necesarios.

Uno de los idiotas en cuestión le decía al lidersillo que no hicera tanto escándalo. Pero seguía haciendo preguntas estúpidas, como en qué parada bajaban. En un momento dado, las señoras tenían que bajar. Payaseando, el tipo no se dio cuenta que no dejaba pasar a otra pasajera, y las tres personas perdieron su parada. El imbécil empezó a echarles la culpa a las filipinas y cuando éstas intentaron contestarle algo, el tipo les dijo que necesitaban un consolador que se pareciera a Jacky Chang. Yo me quedé helado y con el coraje más grande del mundo.

El momento más difícil llegó cuando el estúpido se sentó frente a mí. Continuando con sus chistes, me extendió la mano y se presentó, pero no puse atención a su nombre. En cambio, lo miré fijamente a los ojos, me di cuenta que sufre de un fuerte estrabismo, tiene la piel muy maltratada y es rubio. Desde lo más profundo de mi ser, nunca había sentido tanto asco por una persona. Sólo pude articular tres palabras en italiano, mientras sentía que la cabeza se me ponía roja del coraje: “Lasciami in pace”, “Déjame en paz”. Las pronuncié con tanto odio y con una voz tan ronca, que hasta yo mismo me sorprendí. El tipo quitó su sonrisa y guardó su mano. Volteó hacia otro lado y le extendió la mano a una viejesita que estaba del otro lado del pasillo. Ella le contestó que no estaba para saludar extraños.

Haciendo un balance general, mi estancia en Florencia no ha sido buena. A la serie de problemas administrativos y escolares se suman los de una sociedad profundamente racista. En los últimos meses ha habido una campaña nacional en contra de los rumanos, por la que todos los crímenes sexuales les son achacados. Como si los italianos fueran asexuados, todas las violaciones o estupros, como se dice en italiano, resultan ser obra de europeos del Este, principalmente rumanos. Diariamente escucho comentarios en los que los males de Florencia se los achacan a los recién llegados: hindús, rumanos, búlgaros y africanos. He visto italianos cambiarse de lugar en el autobús para no estar junto a un africano, o empleados del aeropuerto de Pisa darle la preferencia a clientes blancos aún y cuando se encontraban en primer lugar clientes africanos. En el último vuelo que hice entre Pisa y París, los pasajeros italianos no podían creer que los sobrecargos varones de la aerolínea EasyJet sean en su mayoría negros.

Desgraciadamente para este país, está muy extendido un discurso hipócrita por el cual Italia es exhibida como uno de los destinos más apetitosos para todos los migrantes. La muestran como un país completamente industrializado y con un nivel de vida igual o superior a Francia o a Alemania. Eso, repito, en el discurso. Pero la realidad es completamente otra. Diariamente veo cómo el pavimento de las avenida Nóvoli se deteriora más y más y los autobuses amenazan con romper sus cristales ante tanto traqueteo. El servicio público es pésimo en los correos, que sólo abren entre ocho de la mañana y una de la tarde. La Biblioteca Nacional no tiene personal suficiente y por lo tanto no se distribuyen libros, no se hacen fotocopias y no se hacen préstamos más que en horarios caprichosos y restringidos. La cortesía de la gente en la calle es inexistente y la basura se acumula en cualquier esquina, junto con infinidad de autos que invaden las banquetas.

Los hijos de Mussolini están orgullosos de su basurero, y no quieren compartirlo. Lo más triste es que sólo unos cuantos entienden que debajo de tanta escoria, odio y racismo se encuentra un pasado maravilloso, construido gracias a la influencia de las culturas de casi todo el mundo: desde la europea hasta la oriental gracias a los viajes de Marco Polo, pasando por el mundo musulmán. Hoy le escupen en la cara a los descendientes de aquéllos que enriquecieron la cultura occidental y no se dan cuenta que se escupen a sí mismos.

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