firenze un’ultima volta


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Los frescos en el interior de San Donato in Polverosa. Les fresques à l'intérieur de San Donato in Polverosa

La primera vez que visité Florencia, en el que comienza a ser el lejano año de 2002, me llevé una impresión de una ciudad fría y señorial. Me gustaba compararla a una gran dama elegante y frívola. Nunca imaginé que viviría en ella, aunque sea una corta temporada. Seis años después regresé, con el ánimo en todo lo alto, dispuesto a pasar un año. Con la ayuda de mis padres, un departamente amplio en la bolsa y una hermosa ciudad alrededor, supuse que sería un año de recuerdos maravillosos.

E purtroppo no… Me voy de Italia con un amargo sabor de boca. Descubrir la Italia profunda, fuera de las visitas turísticas, es una experiencia agridulce. Ser testigo del racismo, del desorden, de la corrupción y de la indolencia que azotan a esta hermosa región de Europa me deja más dudas que nunca sobre los parámetros para medir un país de primer mundo y uno en vías de desarrollo. Tengo que conceder que mi impresión se debe a un malestar laboral, en primerísimo lugar, y en segundo lugar, como lo pude ir confirmando poco a poco, a un gobierno municipal descuidado. Salir de Florencia y visitar algunas de las ciudades vecinas confirma que la única actividad propia de la ciudad es el turismo. Que los florentinos viven bajo la bendición de la temporada alta mientras pavimento, edificios públicos, parques y basureros se caen a pedazos. Cuando la gente me envidiaba mi estancia florentina, dentro de mi cabeza confirmaba el poder y la influencia de la celebridad fotogénica de la ciudad.

Como suele suceder, el último día se valora más lo que se pierde. Mientras viajaba en el autobús rumbo a la estación Santa María Novella, para tomar el tren que me traería a París, observaba la calle y descubría pequeños negocios y rincones que no había visto. “¡Aquí había una farmacia”, “Qué lindo café se ve aquél”. O como la iglesia de San Donato in Polverosa, insignificante al lado del resto de las iglesias del centro, que nunca había visitado porque me parecía de poca importancia, pero que conserva frescos interesantísimos del siglo XIV, y nunca tiene turistas. Sólo para abundar un poco en las celebridades olvidadas de Florencia, una leyende quiere que el verdadero origen de la ciudad se encuentre en esta iglesia. Bajo ella estaría enterrada una cierta princesa pagana que trajera a los primeros religiosos cristianos a la diminuta ciudad de Florencia. Algunos cientos de años después, el 2 de febreo de 1188, el arzobispo de Ravena vestía con la cruz a la tercera expedición cruzada. El ejército recibió la bendición en esta iglesia, hoy rodeada de feos condominios.

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El parque delle Cascine-Le parc delle Cascine

Me quedo con la gente. Me quedo con Mario, por ejemplo, quien me vendió una bicicleta e inmediatamente se gravó mi nombre. Sólo nos hablamos en tres ocasiones (cuando me vendió la bicicleta, cuando volví para comprarle un candado y cuando volví por segunda vez para pedirle una pequeña reparación) y la última vez me despidió emocionado, deseándome un buen viaje. Me quedo con la patrona del café frente a mi edificio, que en la última semana prácticamente me adoptó y sólo de verme me tenía listo un caffé lungo, como me gusta: “ti mancherà questo baretto”, vas a extrañar este baresito, me sentenció con una sonrisota. Me queda con las patronas de la panadería bajo mi edificio, que sorprendidas de lo rápido que había pasado mi estancia, me preguntaron ci veddriamo un giorno ?, ¿nos veremos otra vez?

Me fui de Florencia, en fin, contento y triste al mismo tiempo. Enojado con las istituciones, por el tiempo que perdí y las bibliotecas que no visité (y que se arruinan cada día más). Enternecido por la espontaneidad de la gente y su capacidad para emocionarse.

Florencia es un cadáver perfumado. Si he de volver, espero no sea para vivir ahí. La Florencia que conocí en el 2002 nunca fue o ya no existe más.

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