de viajes largos y objetos imposibles


Baudolino Umberto Eco, Baudolino, Milano, Bompiani, 2000, 526 pp.

El ser humano es la creatura más extraña de todas cuantas pueblan la faz de la tierra. La razón le da la capacidad (es un lugar común decirlo), de crear las cosas más hermosas y las más espantosas. Pero también la de hacer realidad lo que no existe. Puede salir en busca de algo que nunca ha tenido lugar, recorrer miles de kilómetros, sufrir las peores condiciones de vida para llegar a un lugar donde se encuentra el objeto deseado. Y lo que es más sorprendente: ver, tocar, sentir ese objeto.

Aunque no lo parezca, esta puede ser la historia de la ciencia. Ya hemos hablado de los tesoros, objetos que confieren un poder social o político al propietario, o de las discusiones bizantinas que los teólogos medievales sostuvieron. De alguna manera, estas discusiones y la búsqueda de objetos imposibles fueron las empresas necesarias para explorar, investigar, viajar, descubrir el mundo. Los mitos, pues, pueden constituir el inicio de la búsqueda de la verdad científica. O bien los mitos y leyendas se sitúan en un momento de la historia de la ciencia en el que no se tiene la posibilidad de obtener otra explicación.

Pueblos monstruosos
Algunos de los pueblos fantásticos en la Schedel

Por un azar del destino, Baudolino, un joven campesino de una región del norte de Italia, la Fraschetta, conoce al emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Federico Barbarroja. Su capacidad no sólo para contar historias de santos y apariciones, sino para hacerlas creíbles, hacen que se gane el cariño del emperador y que sea admitido en la corte como hijo adoptivo. Poco después parte a París, para prepararse en teología. En sus años de estudiante universitario conocerá a sus mejores amigos, con quienes partirá, muchos años después, en busca del objeto máximo de la cristiandad, el objeto de objetos: el Santo Grial.

Umberto Eco escribió una novela policiaca situada a finales del siglo XI para contarnos la historia de Baudolino y, al mismo  tiempo, hacer una autobiografía. Es curioso notar que el relato es contado, a momentos, en primera persona y en otros momentos, en tercera. Además, la ciudad natal de Eco, Alejandria (en Italia, no en Egipto), juega un papel importante en el relato. Creo que la carrera académica de Eco está retratada, de manera muy disimulada, en el personaje de Baudolino. No que Eco cuente mentiras como lo hace Baudolino, sino que el esfuerzo invertido en sus investigaciones estuvo apoyado, seguramente en más de una ocasión, en ilusiones o intuiciones.

El libro está dividio claramente en dos partes: en la primera, Baudolino se prepara en la universidad. Podríamos decir que es la parte más “política” de la historia. Baudolino aprende las sutilezas de la ciencia, conoce a personajes importantes de la época y madura en la corte. En la segunda parte emprende el gran viaje de búsqueda del Santo Grial.

El ambiente de la novela pasa de Constantinopla (donde Baudolino conoce a Niceta, a quien le cuenta su historia), en ese momento invadida por la tercera cruzada desviada por los venecianos (1204), al Piemonte, París y Tierra Santa. El relato recurre a la picaresca, a la novela negra y a la policiaca para desarrollar la trama. Lo más agradable son las fuentes medievales usadas por Eco. Se pueden reconocer los relatos de la mitología medieval, especialmente la leyenda del Arcipreste Juan y la de los pueblos fantásticos: los esciápodos, blemios, pigmeos, cinocéfalos y animales maravillosos como el unicornio. Mitos como los Reyes Magos (los 12 reyes magos), el pueblo de Ipazia, el Santo Sudario y cientos de reliquias aparecen bajo los más variados pretextos.

Según yo, el tema central es el inicio de la ciencia moderna. ¿Cómo han surgido algunas de las teorías científicas más importantes? Esa es una respuesta que ciertamente puede encontrarse en los mitos. Baudolino no sólo cuenta mentiras. Crea mitos. En algún punto del relato, al hablar sobre las reliquias, Baudolino afirma que las reliquias tienen el poder que los creyentes quieran darles. Y en efecto, en el momento en que éstos se lo quiten, pierden todo interés. Los diferentes pueblos fabulosos no son más que la encarnación de los desacuerdos entre los pueblos cristianos y, si lo forzamos un poquito, entre los pueblos del Mediterráneo. Mantienen constantemente un diálogo de sordos. De la misma manera, las reliquias sólo tienen un poder ilimitado mientras exista un problema que puedan “solucionar” por intervención divina. No importa que haya dos cabezas de San Juan Bautista porque ambas son creíbles. Lo importante es que esas reliquias constituirán en el futuro una posibilidad para dudar.

En algunos momentos el relato se vuelve monótono, sobre todo en la primera parte, pero también tiene capítulos especialmente bellos, en los que Eco realiza descripciones que van más allá de lo visual. En especial, me gustó un pasaje donde el ambiente que describe Eco es de total oscuridad. Los héroes de la novela, Baudolino y sus amigos, tienen que atravesar el país de Abjasia. Los habitantes del país se mueven en la más completa oscuridad. “Una noche (¿era de noche?) mientras se calentaban alrededor del fuego, Abdul había tomado de la silla de su caballo su instrumento, y había comenzado a cantar:

Feliz y triste, al final de mi camino

espero ver mi lejano amor.

Si lo veré no lo sé, donde sea que vaya

estaré siempre lejano de mi amor.

Duro es el peso y áspero el camino,

y no sabré jamás mi camino.

Y que sea la voluntad del Señor.

Se dieron cuenta que los abjasios, que hasta entonces habían susurrado sin parar a su alrededor, se habían callado. Habían escuchado en silencio el canto de Abdul, después habían intentado responder: se escuchaban cientos de labios (¿eran labios?) que silbaban, tarareaban graciosamente, como pequeños merlos, repitiendo la melodía tocada por Abdul. Encontraron así un medio sin palabras con sus huéspedes, y en las noches siguientes se respondieron los unos cantando y los otros parecía que tocando flautas. En una ocasión el Poeta entonó groseramente una canción de taberna que en París hacía sonrojar hasta los sirvientes, y Baudolino lo hizo callar. Los abjasios no respondieron, sino que tras un largo silencio uno o dos de ellos intentaron imitar la canción de Abdul, como para decir que aquél era el canto agradable, y no el del Poeta. Por ello, observaba Abdul, manifestaban dulzura de sentimientos y capacidad para discernir la buena de la mala música.

Panotis
Un panoti

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