postales y bicicletas


poste El servicio postal

Hace ya algún tiempo, cuando Teté se acaba de destetar, les hablamos del proyecto del gobierno francés para privatizar el servicio postal. En Europa no es nuevo que el servicio de correos sea garantizado en parte o totalmente por un concesionario privado. En Alemania, donde las cosas no marchan precisamente mal (comparando audaciosamente con México), ese servicio (la Deutsche Bundespost DBP) es privado desde 1996. Sin embargo, el servicio ha sido duramente criticado en Alemania pues (en otra comparación, esta no tan audaciosa, con Suecia) parece ser que los suecos, quienes decidieron no privatizar el servicio (Posten AB), mantienen un mejor nivel de servicio y precios. Lo curioso con los suecos es que eliminaron las oficinas de correos. Las cartas se reciben y envían al centro de envíos desde las abarroterías. Las pocas tiendas que mantiene el servicio postal sueco se dedican exclusivamente a operaciones bancarias.

El caso es que al gobierno de Sarkozy, que mira con desprecio pero quiere ser como el gobierno alemán, también ha iniciado la privatización del servicio. Los que han vivido en Francia saben la gran importancia y la calidad del servicio postal. Los envíos llegan prácticamente sin retrasos, no hay violación de la privacidad y los clientes de La Poste, como se llama la empresa paraestatal francesa, no son sólo empresas de publicidad o bancos: los usuarios de los servicios postales van desde el particular (la abuelita que envía saludos a sus nietecitos en sus cumpleaños), hasta los envíos masivos programados. La Poste compite contra gigantes como UPS o DHL en precio y calidad del servicio. Prácticamente en todas las comunas francesas (el equivalente a los municipios mexicanos) hay una sucursal de los correos.

Pero La Poste no es sólo eso: también ofrece servicios bancarios. Aperturas de cuentas de ahorro, de crédito, préstamos hipotecarios, financiamientos para proyectos empresariales, banca en internet, todo, todo lo que se les ocurra de una entidad financiera. Además, las comisiones que cobra el banco de La Poste son las más bajas (ya de por sí, en comparación muy audaciosa con México, las comisiones bancarias en Francia son menores en cantidad y conceptos), por lo que es el banco más recurrido por los migrantes y jóvenes. Eso significa dinero constante que se mueve, sobre todo, entre Francia y África, y las nada despreciables sumas de ahorros de los jóvenes que inician con sus proyectos de vida, porque hay que decir que el ahorro en Francia, es tan común y corriente como los embotellamientos de la Ciudad de México.1195734053_0

El caso mexicano es de los más tristes. Que yo recuerde, a la casa sólo llegaba publicidad y las cuentas bancarias. Pocas veces mis cartas personales llegaron a  su destino. Y la última vez que envié algo (desde Italia), mi envío tenía claras señales de haber sido violado. Mi ejemplo personal es común a millares de casos y, como siempre, está ligado a una serie de problemas que van desde la pobreza que se extiende por todo el país, hasta la corrupción de todo el servicio público. Hace poco se anunciaba la modernización del servicio. Se habían invertido mil millones de pesos y se buscaba garantizar la extensión del servicio a todos los municipios del país, así como una reducción en los tiempos de entrega y la dignificación de las condiciones de trabajo, sobre todo de los carteros, y que pasaba por la dotación de uniformes hasta la compra de nuevas unidades motrices de reparto. En cambio, se despidieron a los nuevos dos mil empleados y el nuevo director, Andrés Casco, parece que está ocupado en encontrar algún desfalco de su antecesora, Purificación Carpintero.

Bicicletas como transporte público

Otra de las cosas con las que uno se queda admirado de París, y en general de Europa (en mi experiencia), es la calidad del servicio de transporte. El gran número de posibilidades para trasladarse en una zona casi tan densa como la Ciudad de México, habitada por diez millones de personas, van desde el autobús, hasta el tren suburbano, pasando por el tranvía, el autobús fluvial y, por qué no, las bicicletas públicas. Copiando el modelo inventado por los holandeses, el gobierno de la ciudad de París instaló, hace poco más de dos años, un sistema de renta de estos velocípedos a todo lo largo y ancho de la ciudad.

velib El principio es simple: mediante una garantía pecuniaria, el usuario adquiere el derecho de utilizar por uno, siete o 365 días las bicicletas que se encuentran a su disposición en las estaciones “Velib'”. A cambio, el usuario debe pagar cada media hora un euro a partir de la primera hora de renta (es decir, la primera media hora es de a grapa) y debe hacerse responsable de la bicicleta que utiliza hasta que la devuelva a alguna estación.

Para lograr implementar Velib’ tuvieron que pasar muchos años, durante los cuales fueron creados 371 kilómetros de pistas ciclabLes, se educó a los conductores a convivir con los ciclistas y se aprovecharon los bajos niveles de contaminación atmosférica de la ciudad (aunque sigue siendo la ciudad más contaminada de Francia, y una de las más contaminadas del continente). Para muestra, un botón: los operadores de los autobuses públicos (que cuentan con carriles confinados que comparten con los ciclistas) son algo así como los guardaespaldas de los ciclistas. Rara vez los rebasan o les tocan el cláxon. Cuando se encuentran con uno en su camino, se ponen detrás de ellos; no tienen prisa y así evitan cualquier accidente.

Descrito así, pensando en “lo civilizados” que deben ser los franceses (no deben ser como aquí en México, diría mi tía Chonita), todo debe ser miel sobre hojuelas. Pues no. Resulta que a un año de implementado, el programa está funcionando con números rojos. Con un parque vehicular de 20,600 unidades repartidas en 1,451 estaciones(al momento de inaugurar el servicio, la alcaldía había dispuesto 10,648 biciletas repartidas en 750 estaciones), han sido robadas 7,800 y vandalizadas otras 11,600. El destino de las bicicletas vandalizadas varía desde el “simple” graffiti hasta ser arrojadas al río Sena. Además, a partir de este año el sistema Velib’ ha sido extendido a las comunidades limítrofes a París sin que éstas tengan que desembolsar un quinto: toda la instalación ha sido pagada por el contribuyente parisino.

Por supuesto, si pensamos que París tiene ingresos de 5,701 millones de euros, podemos entender de dónde sale el financiamiento de Velib’. Pero ¿qué pasaría si Velib’ fuera implementado en una ciudad en la que la recaudación de velib-vandalismeimpuestos no  es precisamente la principal fuente de ingresos, donde la educación vial es inexistente, la señalización insuficiente e inexacta, no hay pistas ciclables, la contaminación es altísima y tiene una fuerte tasa de desempleo?

Estoy de acuerdo que uno de los problemas más graves de la Ciudad de México sea el transporte público. Me parece genial que el gobierno de la Ciudad invierta para mejorarlo. Me fascina la idea de que desparezcan los temibles peseros. ¡Que haya más autobuses, más metrobuses, más metro, más líneas de tren suburbano, que pongan el tram! También que se fomente el uso de la bicicleta, pero en este punto creo que antes se debe empezar por construir la infraestructura necesaria (carriles confinados, pistas ciclables, estacionamientos para bicicletas y seguridad contra el robo de éstas) y todavía más necesario, exigir garantizar la seguridad y la vida de las personas (evitar que los choferes atropellen a los ciclistas).

El programa de bicicletas de la Ciudad de México equivale, en el punto en el que están las cosas y según mi muy despreciable opinión, a una pérdida de dinero y a una próxima cacería de patos de feria donde los que dispararán serán los choferes (especialmente los de peseros).

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