…e l’ultima volta che vidi Firenze


La Plaza Santa Maria Novella, recién restaurada
La Plaza Santa Maria Novella, recién restaurada

El pasado 9 y 10 de octubre estuve otra vez en Florencia. Me obligaban a ir dos motivos: uno práctico (la cuenta bancaria en donde recibía mi beca debía ser cerrada) y otro académico (una Jornada de estudios en memoria de Yan Thomas). De la segunda me ocuparé otro día: volvamos a Florencia.

Volver fue una experiencia nostálgica. La ciudad que tanto detesté se mostró con una peculiar faz. Descubrí que la extrañaba, pero que al mismo tiempo, no estaría fácilmente dispuesto a vivir de nuevo en ella. Esa ciudad rehén del turismo, abandonada de sus habitantes que paradójicamente aún viven en ella, ese otro de los innumerables cadávares de Italia (Agamben dixit), como que quiso mostrarme el acuerdo al que nunca llegamos. Y me pareció lejanamente bella. Como una combinación entre el sentimiento amargo que despiertan en mí los recuerdos, la gente con alas en la espalda que se cruzó en mi camino y ese otro sentimiento (creo que lo llaman experiencia histórica) de tristeza y curiosidad sobre la grandeza que sabemos tuvo lugar en esa ciudad.

Calles, plazas, iglesias, puentes, palacios… Todo lo vi un poco más familiar y en una especie de cámara lenta. Los problemas agudizados, pero el ambiente más dulce que de costumbre. Hubo otras circunstancias que volvieron esta visita así de peculiar. La primera, tuvo lugar en Roma. Cuando tomé el tren en la estación Termini, tuve una impresión muy parecida a la primera vez que llegué ahí en diciembre de 2002: mucha gente, mucha mucha gente caminando sin sentido por todos lados; turistas perdidos, romanosapresurados, pedigüeños, policías y trabajadores se atropellaban y se cortaban el paso. Ahora que me iba por penúltima vez de Roma, de nuevo ese mar de gente, ese rumor ensordecedor de tantas personas hablando, gritando y cantando al mismo tiempo, como coro desafinado.

La segunda circunstancia consistió en reencontrarme con todos esos sitios que frecuenté en Florencia. Recordar que recordaba. Cuando en 2008 llegué con mis padres a la estación Santa María Novella, recordé mi primera visita a Florencia en 2002. En esta ocasión, cuando volví a salir de la estación, recordé que cuando en 2008 llegué con mis padres, recordé mi primera visita a Florencia en 2002. Como si estuviera ante un cuadro cuyo cristal protector me refleja, pero es la tercera vez que veo el cuadro, en un lapso de siete años. Y caminar por la derruida Florencia, por ese cadáver hermoso. Por esas calles que se abren cada día más y que azotan los automóviles cuando pasan sobre ellas. A través de los regimientos de japoneses y las hordas de gringos en la Plaza de la Señoría.

Una buena noticia sí hubo. Los arreglos enfrente de la iglesia de Santa María Novella, del otro lado de la estación, ya terminaron. Y, curiosamente, Spiegel im Spiegel, la vi como estaba la primera vez.

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