pacto (jurídico) con el Diablo


Maurice Tourneur (dir.), La Main du Diable (La mano del Diablo, esp.), Pierre Fresnay (Roland Brissot, el pintor mediocre), Josseline Gaél (Irène), Palau (el Diablo), Francia, Continental Films, 78 mins.

Tras algunos meses de abandono del blog, estoy de vuelta, cómo no, con otra película. Una disculpa a nuestros (escasísimos) lectores – los que al parecer van aumentado: hemos recibido tres o cuatro comentarios desde América Latina – y la excusa es que su servidor se encontraba muy apurado en una estancia de tres meses en Fráncfort del Meno, Alemania, ciudad de la que hablaré en su oportunidad (si no vuelvo a abandonar el bote).

La casualidad quiso que el domingo pasado pudiera asistir a la proyección de la película francesa La Main du diable (La mano del Diablo). Las matinés de las bellísimas salas Quai de Loire y Quai de Seine de la cadena MK2, al borde del Canal de Saint-Martin, se han revelado más que disfrutables. Ésta es una película rara y con bastante años encima. Rara por dos motivos: en primer lugar, es de las pocas películas francesas en las que el Diablo aparece como personaje y en segundo, porque es una producción de la compañía Continental, financiada con capital alemán durante la ocupación nazi. El rodaje se llevó a cabo en 1943.

La historia está basada en el poema La Main enchantée (La mano encantada) de Nerval, publicado originalmente en 1832. La película inicia en un albergue de montaña. Los viajeros discuten, conversan y cantan mientras esperan la cena. De pronto, un hombre manco de la mano izquierda, con una pequeña caja bajo el brazo como equipaje entra al albergue. Brusco en su hablar y en sus modales, pide una habitación. La tensión se instala de inmediato en la historia. Uno de los momentos más impresionantes se encuentra a pocos minutos del principio, cuando la luz del albergue se va y la caja del viajero desaparece. Interrogado por el resto de los turistas, el hombre cuenta su historia y la razón de su exaltación.

Roland Brissot (Pierre Fresnay), mediocre pintor que sueña con el éxito, compra un talismán que resulta ser una mano izquierda humana. Para lograr deshacerse de ella, el proprietario debe venderlo con pérdida, pero Brissot lo adquirió por la cantidad más pequeña del momento, un sol (sou, en francés, es equivalente a 5 centavos de franco de 1940), por lo que él no podrá venderla. Durante un año, el mediocre pintor conoce la fama, la gloria y el amor. Tiene éxito en todas sus exposiciones, todos sus cuadros (firmados involuntariamente bajo el nombre de Maximus Leo) se venden y la mujer a la que ama, Irène (Josseline Gaël), lo adora. Sin embargo, el Diablo (Palau) aparece para reclamar lo que le pertenece: su alma. Cuando compró la mano, su alma pasó a ser propiedad de Satanás.

Brissot e Irène descubren la firma de Maximus Leo

Encarnado en un amable viejesito, Satán ofrece un arreglo: dado que ya no es posible vender con pérdida la mano y que Brissot desea conservar su alma (cuya existencia no creía), basta con que le devuelva el talismán y el precio por el que la compró. La única condición consiste en pagar el doble cada día que pasa. Así, al día siguiente deberá pagar dos soles, al siguiente cuatro, enseguida ocho, luego dieciséis, y así sucesivamente. Tentado por la oportunidad de poder deshacerse de la mano con el acuerdo del Diablo, y disfrutar un poco más de los beneficios, Brissot se endeuda por millones, y le resulta imposible deshacerse de la mano. Para empeorar su situación, su amada gasta parte de su dinero en uno de sus caprichos, lo que le impide pagar la suma adeudada.

Gracias al consejo de un ayudante del antiguo dueño de la mano, Brissot busca deshacerse de la horripilante mano buscando a los antiguos proprietarios. Los encuentra en un antiguo hotel del sur de Francia: los fantasmas de cada uno de los desgraciados que fueron proprietarios del talismán le cuentan a Brissot su historia particular: un mosquetero, un cirquero, un cocinero y otros más alcnazaron fama y gloria para después perderlo todo. Pero el dueño original, un monje medieval de nombre Maximus Leo, relata cómo el Diablo le robó su mano izquierda. El Diablo, quien siempre había apelado al derecho para hacer valer la compraventa, se ve desposeído del derecho de enajenar la mano y, por lo tanto, la venta que realizó con Brissot es inexistente. Su alma le es devuelta, pero debe buscar la tumba de Maximus Leo para restituirle su mano. En tanto, el Diablo lo persigue para matarlo.

Las actuaciones son excelentes. Sobre todo en la primera parte, el nivel de tensión y de misterio es enorme. Las actuaciones de Pierre Fresnay, de Josseline Gaël y de Palau son impresionantes. El director, Maurice Tourneur, tiene un gran tino en instalar el horror de la historia en elementos que más bien no pueden verse: así cuando una adivinadora lee la mano del pintor y queda pasmada de horror por lo que ve, sugiriendo el infierno en el que estará condenado por la eternidad; o la presencia del Diablo bajo el personaje de un tierno viejesito, corto de estatura y sin mucha fuerza física, pero lapidario en cada una de sus frases y en su sonrisa con la que termina cada una de sus afirmaciones.

Y por supuesto, el tema de las manos. En un pequeño artículo, Frank Lafond, profesor de cine en la Universidad de Lille, llama la atención sobre el hecho que el talismán no provoca una transformación radical del personaje, como sucede en otras películas de horror (como en las historias de hombres lobo, en Doctor Jekyl o incluso más recientemente, diría yo, con Dumbledore en la sexta parte de Harry Potter). Brissot se transforma parcialmente, pues el monje Maximus Leo contaba con una mano izquierda cuyas dotes eran envidiadas hasta por el mism Satán.

Para ver un extracto de la pelicula, hacer clic aquí.

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