Allez les bleus … mais où ?


La derrota de Francia ante México fue recibida por los franceses no sólo con enojo, sino con hartazgo, tras seis años de dirección bajo Domenech. Muy criticado, enfrentado con los medios de comunicación y tras una polémica calificación al Mundial ante Irlanda, este último partido no fue la gota que derramó el vaso: éste ya estaba, desde hace mucho, colmado y recolmado. El punto de no retorno quizás se cruzó tras la llegada de los Bleus a Sudáfrica: negándose a hablar con la prensa y con los aficionados, la ministra del deporte Rama Yade criticó las excesivas sumas que la selección francesa pagó con dinero público para hospedarse en un hotel de lujo.

La editorial de hoy del influyente periódico L’Équipe, firmada por Fabrice Jouhaud, es por su brevedad y virulencia, un ejemplo de rabia e indignación periodística, llegando incluso a insultar, aunque de manera bastante elegante. Curiosamente, algunos de los aspectos de Domenech recuerdan al trabajo de Hugo Sánchez con la selección mexicana: su egolatría, sus declaraciones excesivas sobre la calidad del equipo, sus problemas personales con los jugadores y sus prejuicios, han envuelto a Domenech en una confrontación abierta y sin ambajes con todos los medios de comunicación franceses y, por supuesto, han llevado al equipo al borde de la descalificación.

A continuación, la traducción que hemos hecho de dicha editorial – en la medida de lo posible, pues hay expresiones idiomáticas que no pueden traducirse porque no tienen equivalente en español – y el texto original en francés, tal como salió publicado en la edición de hoy del diario L’Équipe:

Trompetas

Esta mañana Francia contempla un campo en ruinas: su selección nacional. El corazón oprimido, algunas lágrimas sin duda. Los Bleus no se lo merecen. Ni tristeza, ni desolación, y sobre todo tampoco cólera. Sería dar mucho a esos hombres que no saben ofrecer nada.

Por supuesto, matemáticamente todavía tienen una ínfima esperanza de calificar con un concurso de circunstancias que debería incitar estas pocas líneas a la prudencia. Quién sabe si terminen campeones del mundo y no perdonen jamás a nuestro periódico… Francamente, nos vale madre. El mevalemadrismo es, por cierto, su estandarte, la única bandera bajo la cuál este equipo es capaz de reunirse. Vayamos entonces hasta el fondo: ridiculicemos a estos Bleus, aprovechemos estos instantes para educar a los niños en la relatividad de los asuntos deportivos.

Ridiculicemos a Raymond Domenech, ahogado en su ego, rebasado por el de sus jugadores. Burlémonos de la decisión del entrenador de pasar por alto a Thierry Henry, mejor goleador en la historia de la selección de Francia. Riamos de esos apoyos que, como Franck Ribéry, William Gallas o Nicolas Anelka, se estiman tan superiores. Divirtámonos con su arrogancia tan bien acoplada a su ignorancia. Desternillémonos con sus hinchazones tan mal situadas bajo su cuero cabelludo, más útiles justo debajo de su cintura.

Ciertamente, la burla es la más cruel de las reacciones que pueden acompañar el final de la trayectoria de los BLEUS en este grupo A. El desdén del que hacen alarde a lo largo del recorrido de su seleccionador tras más de dos años, confortado por una federación cuyo emblema debería ser desde ahora un pollo descabezado huyendo en lugar del gallo, llama a la indiferencia como castigo.

Después habrá tiempo para reflexionar sobre esa organización que nada organiza, sobre esos jugadores que deberían limitarse a limpiar pisos y a cerrar sus grandes bocas, sobre ese seguimiento maniatado por la Dirección Técnica Nacional, fagocitado por un pensamiento inicuo. Habrá tiempo para corregir tantas estupideces y desearle buena suerte a Laurent Blanc. Mientras esperamos, rindamos una parodia de homenaje a las únicas trompetas capaces de competir con las vuvuzelas desde el comienzo del Mundial.

Fabrice JOUHAUD

Trompettes

Ce matin, la France contemple un champ de ruines : son équipe nationale. Pincement au coeur, quelques larmes sans doute. Les bleus ne les méritent pas. Pas de tristesse, pas de désolation, surtout pas de colère. Ce serait trop donner à ces hommes qui ne savent rien offrir.

Certes, mathématiquement, ils ont encore un espoir infime de se qualifier sur un concours de circonstances qui devraient inciter ces quelques lignes à la prudence. Sait-on jamais qu’ils finissent champions du monde et qu’il ne pardonnent jamais à notre journal… Franchement, on s’en fout. Le je-m’en-foutisme est d’ailleurs leur étendard, la seule bannière sur laquelle cette équipe est capable de rassembler. Alors, allons jusqu’au but : moquons-nous de ces bleus, profitons de ces instants pour éduquer les enfants dans la relativité des choses du sport.

Moquons-nous de Raymond Domenech, étouffé par son égo, dépassé par celui de ses joueurs. Gaussons-nous du choix de l’entraîneur de se passer de Thierry Henry, meilleur buteur de l’histoire de l’équipe de France. Rions de ces cadres qui, comme Franck Ribéry, William Gallas ou Nicolas Anelka, s’estiment si supérieurs. Amusons-nous de leur arrogance si bien accouplée à leur ignorance. Gloussons devant leurs boursouflures si mal situées sous leur cuir chevelu quand elles seront plus utiles juste sous leur cinture.

La raillerie est certainement la plus cruelle des réactions qui puisse accompagner la fin du parcours de ces BLEUS en ce groupe A. Le dédain qu’ils affichent dans le sillage de leur sélectionneur depuis plus de deux ans, conforté par une fédération dont l’emblème devrait désormais être le poulet cavalant sans tête plutôt que le coq, appelle l’indifférence comme punition.

Après, il sera temps de réfléchir sur cette gouvernance qui ne gouverne rien, sur ces joueurs qui devraient se limiter à badigeonner de moutarde les poignées de porte et fermer leur grande bouche, sur cette encadrement ligoté par la Direction technique nationale, phagocyté par une pensée inique. Il sera temps de revenir sur tant de nullités et de souhaiter bonne chance à Laurent Blanc. En attendant, rendons un hommage goguenard aux seules trompettes capables de concurrencer les vuvuzelas depuis le début de la Coup du monde.

Fabrice JOUHAUD

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