violetas africanas


Querida abue:

Hace más de una semana que ya no estás, que toda tu existencia, tu presente y tu pasado, se convirtió en el futuro de todos nosotros; hace más de una semana que todo lo que eres se convirtió en la única certeza con la que contamos; que tu vida se cumplió, porque la vida no es perfecta hasta que cumple todo su ciclo, o al menos el que percibimos. Me enteré el jueves pasado, bajo un cielo gris, plomizo, como sólo se encuentran en París. Y aunque he crecido, y he madurado y me he hecho a la idea que es normal, que la vida sólo se perfecciona cuando cumple todo su ciclo, no pude evitar buscar un espejo, un cristal que no reflejara mi cara, y así saber que estaba soñando. Que estaba soñando muy mal. Hace más de una semana, abuelita, que me esperas de otra manera, de otra manera que no puedo entender, y tratando de imaginarte como siempre, no había encontrado ni modo, ni forma, ni manera de enviarte esta carta.

Era jueves cuando llegó la malesperada noticia. Y mientras las tristes palabras escritas por mi padre viajaban en un santiamén desde México hasta mí, el cielo de París no se decidía de qué humor estar. Amaneció frío y continuó así durante las siguientes horas. De pronto intentaba reponerse y cambiaba los colores oscuros por unos un poco más claros. En seguida se arrepentía y volvía a esos colores oscuros, típicos de París. “Gris París”, decimos los que vivimos acá, extranjeros aferrados al encanto de esta ciudad. Pasado el mediodía se decidió por fin: llovió y llovió, no muy fuerte, pero sí muy frío. Llovió hasta mojar todos los rincones al aire libre de las calles, parques y avenidas. El Sena se revolvió aún más y el frío nos clavó los pies al primer lugar seco que encontrábamos. Había en la atmósfera, si me lo permites, un color muy tuyo: el de tus violetas africanas que tantos años cultivaste en una mesita al lado del comedor. Era una luz violácea, como el de los pétalos de tus flores, que hacían más lentos los movimientos.

Yo, despierto a duras penas desde temprano, en mi mesa de trabajo en la biblioteca, tosiendo y con escalofríos. La luz “Gris París”  invadía la sala de lectura a través de los ventanales del techo, y sólo era interrumpida por las esferas de luz amarilla de las lámparas sobre las mesas. Cada una permite ver un par de manos, montones de documentos viejos, cuadernos, lápices y computadoras. No hay rostros que se distingan: sólo el ruido que hacen las hojas y folios de papel, los cuchicheos de los lectores y afuera, la lluvia que tan pronto cae, desaparece para volver a los pocos minutos. Fue un día extraño, abue. Mi camino habitual se llenó de madres con sus hijos, y uno que otro padre, corriendo a la escuela. A pie hasta la estación La Courneuve: línea 7 dirección Villejuif; cambio en la hermosa y siempre llena Gare de l’Est; autobús 38: dirección Puerta de Orleáns, hasta el Barrio del Reloj, justo al lado del histórico Marais; y de ahí, a pie por la estrecha calle de Michel Le Comte, rodeada de esos espectaculares palacios de la noblesa francesa del XVIII, saqueados durante la Revolución, restaurados bajo Napoleón, vueltos a vaciar y devueltos después, hasta llegar a la calle des Quatre-Fils, a los Archivos Nacionales, junto a mi café favorito.

Tres horas más tarde, en la parada del autobús 29, el que me lleva de regreso a casa, bajo una lluvia ligera pero insistente, ahí leí el correo que me anunciaba tu partida. De pronto, todos los detalles del día se fijaron, uno por uno, claramente. Todos esas pequeñas nimiedades tomaron un lugar claro. Desde que salí hasta que me encontré ahí, frente a la pantalla del celular, leyendo el correo que me envió mi padre y que no quería que nunca llegara.

Y me imaginé que alguna vez te mostré esta ciudad. Te recordé cuando eras más ágil, que te llevé del brazo y te señalé mis edificios favoritos, mis calles favoritas. Y tu alzabas tus cejas, con ese gesto que le heredaste a casi todos tus hijos, fijando tus ojitos pequeños en mí, esbozando una sonrisa de satisfacción. Te imaginé y te enseñé lo que no pude hacer, donde nunca estuviste y te gustó.

Hace poco menos de una semana, abue, que te fuiste, y ya te extraño de toda la vida.

Feliz viaje abue.

Tu nieto que te extraña.

Pablo.

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