un cadáver bien parecido


Carlos Fuentes, Gringo Viejo, México, Alfaguara, 2007, 232 pp.

Ahora que estamos festejando un nuevo premio Nóbel de literatura latinoamericano (aunque dudo mucho que se pueda o deba reivindicar así: vamos, el tipo vive entre  Nueva York y París, además de la peruana, también tiene la nacionalidad española y gran parte de su obra la hizo en México), nos vamos a poner a hablar de otro escritor, que no es Nóbel, pero bien que se lo merece.

Una de las cosas que quizás impresionan más de México, y del continente americano en general, sea la inmensidad. Allá, la inmensidad se manifiesta de diversas maneras. Pero quizás una muy peculiar, sea aquélla a través de la naturaleza. Al contrario de lo que en general sucede en Europa, la naturaleza americana (mexicana, argentina, brasileña o gringa) se expresa con una potencia particular. Los espacios no son simplemente vastos, son inmensamente vastos. El sol es calcinante, el mar es más profundo… Y el desierto es el escenario, tan exótico como desmesurado, de las historias de amor, de vida y de muerte más íntimas y dramáticas, que no podrían tener lugar en otro escenario.

El otro personaje principal: la Revolución

El contexto en el que se desarrolla la historia del Gringo viejo, es la Revolución Mexicana. Sin embargo, yo no creo que la Revolución sea solo éso, el contexto. Me parece que es más bien otro de los personajes, que influye en las acciones del resto de los personajes, influye en sus decisiones, su cambio de humores. La violencia en la que los personajes se ven envueltos es una violencia contradictoria. Por un lado, Fuentes resalta la calidad social del movimiento. La violencia que se ejerce a partir del movimiento, la violencia de La Bola, tiene un alto contenido simbólico. Lejos de revindicar lugares comunes, tales como la destrucción de haciendas, los linchamientos de latifundistas y otras escenas bien conocidas, Fuentes elabora una escena en la que la tropa revolucionaria del general Arroyo toma conciencia de sí misma. Es un momento genial. Los hombres, mujeres y niños que andan peleando, entran al salón de baile de la hacienda de la familia Miranda, un “Versalles en miniatura”:

Los hombres y mujeres de la tropa de Arroyo se miraban a sí mismos. Paralizados por sus propias imágenes, por el reflejo corpóreo de su ser, por la integridad de sus cuerpos. Giraronlentamente, como para cerciorarse de que ésta no era una ilusión más. Fueron capturados por el laberinto de espejos. El viejo se dio cuenta de que la señorita Harriet y él ni siquiera se habían fijado en los espejos al entrar, ambos condicionados sin duda a los salones de baile, él en los grandes y modernos hoteles construidos en San Francisco después del terremoto, ella en algún baile militar en Washington, en alguna invitación elegante de su novio.

El hecho de que esos hombres y mujeres nunca hubieran visto sus reflejos, no sólo resulta conmovedor sino tan violento, que la reivindicación social proclamada en los diferentes planes políticos y las proclamas revolucionarias toman una forma y una expresión precisa. En otras palabras, quedan encarnadas en seres vivientes y semejantes a nosotros. Para el Gringo y la señorita Harriet, los espejos son tan cotidianos que ni siquiera reparan en ellos. La sorpresa es para la tropa, los soldados comunes y corrientes, cuando entran al salón. Entonces se reconocen: “- Mira, eres tú. – Soy yo. – Somo nosotros”. Es el momento exacto en la novela en el que la Revolución toma una identidad precisa y refleja un momento en los movimientos sociales que no es fácil de alcanzar: la conciencia de sí mismo. En efecto, muchos movimientos populares fracasan porque no hay una reflexión de sí mismo. Un movimiento que no reflexiona sobre sí mismo, a través de sus miembros, está condenado a la manipulación externa y a su extinción. La Revolución mexicana de 1910 tuvo la particularidad de la identidad. Y el episodio narrado por Fuentes es una manera poéticamente hermosa de representarlo.

Sexo, mucho sexo

Entre todas las acciones humanas, la más natural de todas, la más mágica y, paradójicamente, la más racional, quizás sea el sexo. Es la más natural, casi diríamos por obvias razones, porque sin el sexo no hay vida. La más mágica porque la intimidad sexual, la que sólo se logra entre dos cómplices compañeros del momento, es el único momento en el que una comunicación plena puede ser establecida entre los seres que lo practican. Y racional porque, a diferencia de los animales, los seres humanos son capaces de darle un significado al acto sexual y, en consecuencia, ejercerlo libremente; los seres humanos son los únicos capaces de llevarlo más allá de la procreación, razgo que compartimos con el resto de los seres vivos, y darle una dimensión erótica, que sólo nosotros poseemos.

Esto viene a cuento porque algunos consideran a Carlos Fuentes un representante del realismo mágico. En este movimiento, suele haber representaciones de objetos y acciones cotidianas, pero desde un punto de vista diferente. El erotismo es un elemento común en sus novelas. Pero no es solo la descripción de un impulso, sino toda una representación del erotismo, de los sentimientos a partir del acto sexual. Como en el resto del relato, Fuentes integra una descripción meticulosa de un objeto común a un evento que trasciende la personalidad de sus personajes:

– Mírame -dijo Arroyo, desnudo frente a Harriet, arrodillado desnudo con su duro pecho moreno y su ombligo hondo y su sexo inquieto, nunca en reposo, elle lo averiguó, siempre a medio llenar, como la botella de mezcal que siempre dejaba abandonada en sus lugares, como si los largos y duros testículos, semejantes a un par de aguacates peludos, columpiándose pero duros como piedras entre sus esbeltas, lampiñas, lustrosas piernas indias, estuviesen ocupados incesantemente en la tarea de volver a llenar el pene negro, otra vez brilloso, palpitante, coronado por una aureola del vello más negro que ella había visto jamás …

Lo que nos atrae de este párrafo, es no sólo la descripción de la situación (el resto de la escena incluye a Harriet, la otra protagonista, desnuda, admirando a su amante mexicano). Fuentes no deja absolutamente nada a la imaginación y al mismo tiempo la hecha a volar. En lugar de utilizar adjetivos aislados, va construyendo un párrafo que se extiende a lo largo de dos páginas (¡dos páginas para un sólo párrafo!) en el que el pene de Arroyo ocupa el lugar principal. Y más bien, no es el pene de Arroyo, sino lo que Harriet veía en él.

Y el protagonista del título

El gringo viejo, el personaje del título, es el motivo y el centro del relato. El personaje es genial por muchos motivos. No nos damos cuenta sino hasta el final, pero todo el tiempo, desde el principio, Fuentes nos está contando el pasado del gringo. El personaje está basado en el reportero Ambrose Bierce, cuya muerte no se sabe con exactitud cuándo, dónde ni cómo ocurrió. Hay algunas teorías y bastante probabilidades de que haya sido fusilado en 1914 en Sierra Mojada, Coahuila, tras la batalla de Ojinaga entre tropas villistas y huertistas. Pero además, “ser un gringo en México, eso sí que es eutanasia”. Parece ser que Bierce, como el personaje de Fuentes, buscaba morir de una manara que a él le parecía digna. Quería ser “un cadáver bien parecido” y, en lugar de morir por un accidente propio de la vejez, a sus setenta años cruza la frontera con México y se pierde en el maremágnum de la guerra civil.

Gringo, viejo y suicida. En un país en guerra y que no tiene un especial aprecio por los estadounidenses. En el Gringo Viejo podrían resumirse muchos de los lugares comunes y de las relaciones entre mexicanos y estadounidenses. El Gringo de Fuentes tiene una actitud ambigua: por un lado, buscando la muerte, logra hacer explicar y encontrar los motivos de una lucha tan encarnizada. Por el otro, nunca se deja llevar por esa lucha: aunque la entiende y la justifica, no se involucra personalmente en ella. El está ahí porque quiere ser “un cadáver bien parecido”.

Nota curiosa: en la página 81 de nuestra edición se lee este diálogo entre Harriet y el Gringo Viejo:

– Nunca es demaisado tarde para leer a los clásicos -esta vez Harriet ofreció la copita y el gringo se la llenó antes de servirse su cuarta, quinta… – o a nuestros contemporáneos. Veo que también trae usted dos obras del mismo autor, un autor americano vivo…
– No las lea -dijo el viejo limpiándose el bigote del sabor pungente del tequila–. Son obras muy amargas, diccionarios del diablo…

Efectivamente, Bierce había escrito un Diccionario del diablo, que es quizás, su obra más conocida. Bajo la voz Revolución, en la mitad del párrafo, afirma que las revoluciones  “vienen generalmente acompañadas de una considerable efusión de sangre, pero se estiman que valen la pena, sobre todo para aquellos beneficiarios cuya sangre no corrió peligro de ser derramada”. Las referencias intertextuales (referencias dentro de la novela hacia otras partes de ella) son riquísimas. El diálogo entre Harriet y el Gringo Viejo que acabamos de transcribir, por ejemplo, es una referencia a uno de los primeros capítulos de la novela, cuando el Gringo está pasando la frontera y enseña sus libros.

Comentario sobre Mantegna

Algo que hace universal la escritura de Fuentes son sus referencias a la cultura universal. Y aquí, por “cultura universal” no nos referimos a las preguntas de concurso de televisión. Nos referimos a algo más profundo y más trascendente, a las creaciones que construyen toda una civilización. Fuentes se inserta pues, entre todos esos creadores a los que se hace referencia, que van desde los pensadores griegos hasta nuestros autores e inventores actuales, y que han dado una aportación para que nuestro mundo sea lo que es hoy. Sólo autores como él son capaces de encontrar el razgo en común entre situaciones u objetos tan distintos (¿son en verdad tan distintos?) como los cadáveres de los soldados muertos tras una batalla de la Revolución Mexicana y el extraordinario cuadro de Mantegna, Cristo muerto, que se encuentra en la Pinacoteca de Brera en Milán. Hacia el final de la novela, Harriet observa un campo de batalla lleno de muertos. Y la descripción de dicha escena es un verdadero comentario del cuadro de Mantegna. Si no nos creen, observen el cuadro a continuación y lean lo que escribió Fuentes:

(…) le recordaban al Cristo de Mantegna, tan solitario en su plancha fúnebre, sus pies, su cuerpo entero disparándose fuera de la tela, pateando al espectador como si deseara despertarlo violentamente al hecho de que la muerte no era noble sino baja, no serena sino convulsiva, no prometedora sino irrevocable e irredenta: los ojos vidriosos a medio cerrar, la barba rala de dos semanas, los pies ulcerados, las bocas sin aliento y medio abiertas, los hoyos nasales atascados, los costados sangrientos, las greñas empapadas de polvo y sudor, la sensación aterradora de la presencia de los nuevos muertos, de su jurar y su cargar y su andar y su detenerse erectos apenas horas antes (…)

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