dinero


Molière, L’Avare ou l’école du mensonge [El avaro o la escuela de la mentira], Catherine Hiegel (dir.), Denis Podalydès (Harpagon), Benjamin Jungers (Cleanto), Suliane Brahim (Elisa), Marie-Sophie Ferdane (Mariana), Dominique Constanza (Frosina), Stéphane Varupenne (Valerio), Jérôme Pouly (Maître Jacques), Pierre-Louis Calixte (Flecha), Serge Bagdassarian (Anselme), París, Compañía de la Comédie Française, 2010

Llamamos a un autor “universal” cuando éste no sólo trasciende las fronteras de su país, sino las de su tiempo. El otro día decíamos que Carlos Fuentes es uno de ellos, no porque seamos expertos en literatura, sino por dos razones. En primer lugar, su impacto en todo el mundo es enorme, lo que se evidencia en la cantidad de traducciones de su obra que se pueden encontrar en internet, las referencias que los académicos y artistas de todo el mundo hacen de él, y en segundo lugar, porque Fuentes no sólo es capaz de proyectarse al futuro (cosa que, paradójicamente, no llegaremos a saber, pero estamos seguros que así será), sino que también lo hace hacia el pasado. La historia, para él y los demás autores de su tipo, no tiene un valor cronológico, sino que tiene un valor real, de vida y de muerte, de realidad que nutre su imaginación, de conocimiento y de curiosidad.

De la misma manera Molière. Se ha dicho en muchos lugares y en muchas formas que la obra de Jean-Baptiste Poquelin es una crítica de la naturaleza humana. Es lugar común decir que Molière logró entender exactamente los vicios del hombre  representarlos en sendas piezas teatrales. Es verdad. Y también sobra decir que el mensaje que deja es perfectamente lisible en nuestra época. Nutrida con su propia experiencia, El avaro es una fábula mitad trágica, mitad comedia (o si se quiere, una tragedia mitad fábula y comedia) sobre la codicia. El personaje principal, Harpagón, es capaz de dejar en la mendicidad a sus hijos, Cleante y Elisa, e incluso a sí mismo, con tal de amasar dinero. Harpagón, ama el dinero, habla con él, lo acaricia, es su única preocupación. Sus proyectos de matrimonio no tienen otro fin que el dinero: deshacerse de su hija, entregándosela a un noble rico, dispuesto a esposarla sin recibir dote, y casándose él mismo con, Mariana, de quien su hijo está enamorado. Para alejar a su hijo de sus planes de matrimonio con Mariana, está dispuesto a defraudarlo con un préstamo irrisorio lastrado de intereses descomunales.

Harpagón, cierto, es la encarnación de la codicia, la avaricia. Pero Molière no sólo critica en él la enfermiza necesidad de amasar una fortuna, sino lo que puede ser peor: amasarla para no tocarla. Porque hay causas nobles por las que puede amasarse una fortuna, como por ejemplo, para después distribuirla entre los más necesitados o para crear instituciones de ayuda. Un ejemplo es Muhamad Yunus, premio Nobel de la paz y creador de los microcréditos. Reunir una gran fortuna y no usarla, llegando al extremo de vivir en la miseria raya en la locura o en el crimen. El uso de los recursos con los que disponemos es una manera de devolver a la sociedad, gracias a la cual se pueden crear dichas fortunas. Se trata de generar una redistribución, de hacer circular la fortuna entre todos aquéllos que por diferentes causas no pueden hacerlo y así, contribuir a las necesidades comunes. Un avaro como Harpagón es como un tumor: mientras crece, su única contribución es la atrofia.

Miéroles pasado, tuvios la oportunidad de asistir a la representación de esta pieza en la Comédie Française, uno de los principales escenarios de París y de Europa. Esta producción ya lleva más de un año en escena. El papel de Harpagón lo tiene el reconocidísimo actor y director de cine Denis Podalydès, quien prácticamente reinventa este villano. Lejos del típico anciano decrépito, únicamente interesado en su tranquilidad y en odiar al mundo, Podalydès propone un avaro muy dinámico, con planes para el futuro (véase la crítica de Fabienne Pascaud, aparecida el 22 de diciembre de 2009 en Télérama n° 3128). Harpagón corre, salta, se asoma por las ventanas, trama y urde, encara a todos los habitantes de su casa, grita, ríe, llora con una energía que deja sin aliento. Es un avaro no sólo esclavizado por su dinero, sino que además le tributa toda su energía y toda su actividad.

 

Benjamin Jungers y Denis Podalydès en el papel de Cleonte y Harpagón.

La producción ha sido, en general, bien recibida, salvo a algunas críticas a la escenografía. Poco conocedores en la materia, tenemos que remitirnos a lo dicen que los que sí saben. Pero lo que es verdad es que da gusto ver una escenografía acorde  con la obra. No queremos decir que a una obra barroca corresponda única y exclusivamente una ambientación barroca (que por cierto, en este caso no lo es), pero hemos tenido el disgusto de ver horrores (recordamos un Orlando Furioso de Vivaldi, en Fráncfort, ambientado en un bar lésbico, que no convenció nada nadita), y nos gusta mucho concentrarnos en el escenario y no en discernir qué significa tal o cuál detalle.

La directora de esta puesta en escena, Catherine Hiegel, publicó en el programa de mano algunas citas sobre la avaricia. No todas son de Molière, lo que enriquece el programa de ese día, y aquí transcribimos algunas:

Le frère de Sarrau, le conseiller, qu’on appelait de Boinet, du nom de sa terre, séjourna au Caire au moment d’une épidémie de peste. Voyant le progrès de la maladie et la hausse des prix, il s’acheta un cercueil “avant qu’ils ne fussent trop chers”.

El hermano de Sarrau, el consejero, llamado de Boinet, como su país natal, visitó El Cairo durante una epidemia de peste. Viendo el progreso de la enfermedad y la alza de los precios, se compró un ataúd “antes de que suban de precio”.

Le Livre des bizarres, de Guy Bechtel y Jean-Claude Carrière, Robert Laffont, 1981

L’écriture ressemble à la prostitution. D’abord on écrit pour l’amour de la chose, puis pour quelques amis, et à la fin, pour de l’argent.

Escribir se parece a la prostitución. Primero escribimos por amor al arte, después para algunos amigos, y finalmente por el dinero.

Molière

Il n’y a pas que l’argent dans la vie, il y a aussi les fourrures et les bijoux.

En la vida no sólo hay dinero, también hay pieles y joyas.

Elizabeth Taylor

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