No sólo de arroz vive el hombre I/III


DOMINGO 30 DE DICIEMBRE DE 2007


Je suis un cyborg [Sai bo gu ji man gwen chan a] de Chan-wook Park, con Soo-jung Lim y Ji-hoon Jung. Wild Side Films. Corea del Sur, 2006.

Iniciemos, hipotéticos lectores, un viaje por el Extremo Oriente. Visitaremos China y las dos Coreas, todas desde París, y el inicio del viaje tiene lugar en Corea del Sur. Hace algunas semanas, la Mouse & Cheese, Co., asistió a la proyección de la nueva entrega del director de cine Chan-wook Park, que podríamos titular en español Soy un androide [Je suis un cyborg]. Debemos confesar que, como buenos principiantes del cine, es nuestra primera experiencia con Park, aunque sabemos que ya tiene una carrera bastante respetable como se lee aquí o aquí.

La historia es alucinante, onírica, divertidísima y con fuertes rasgos violentos. Young-goon Cha, ingresa a un manicomio, negándose a comer pues ha descubierto que es un androide. Inmediatamente llama la atención de otro de los pacientes, el cleptómano Il-soon Park, quien, según su humor esconde su cara detrás de máscaras de papel que él mismo fabrica. Young-goon comienza a resentir los estragos de la ausencia de comida robótica en el menú del sanatorio. Il-soon, el único en lograr entender la situación, encuentra el artilugio perfecto para lograr convertir la comida normal en comida de androide y así lograr salvarle la vida a Young-goon.

Toda la trama se basa en la no tan sencilla premisa de dos pacientes mentales que asumen el papel que su propia locura les impone. La ironía de la historia radica en que ninguno de los médicos o de las enfermeras, con todos sus diplomas y conocimientos, logran encontrar la manera para hacer comer a la androide Young-goon. Son los mismos pacientes los que la encuentran. Así, en una escena en el fondo violenta, Il-soon amaga con abrir la espalda de su compañera para instalarle el dispositivo que la salvaría de morir de hambre o, mejor dicho, de batería agotada.

En su delirio, Young-goon sueña con escapar del hospital asesinando a todos los doctores y enfermeras a balazos. Como buen androide de lejano oriente, su cuerpo guarda poderosísimas armas que ella aprovecharía para deshacerse de sus enemigos que no le permiten llegar hasta su abuela para devolverle su dentadura, único medio con el que cuenta para comunicarse con los demás aparatos que la rodean (bombillas, despachadoras de dulces, etc.). Por cierto, que la familia de Young-goon ya contaba con androides. La abuela había perdido todos sus dientes al alimentarse de sintonizadores de radio. Por ello la preocupación de nuestra heroína por la dentadura ancestral.

Los colores pastel dominan la escenografía. Los diálogos son una muestra de genialidad. Y el carácter onírico no solo se muestra en la ambientación, sino en todos los personajes, incluida la madre de Young-goon (Yong-nyeo Lee), esquizofrénica cocinera, o la doctora que se ocupa del tratamiento de la joven, que más bien parece salida de un grupo de superación personal.

Je suis un cyborg es una comedia inteligente, que encierra varias críticas: a la violencia gratuita, a los métodos decimonónicos de curación (durante la película asistimos a una sesión de electrochoques); pero sobre todo, es una muestra genial del humor coreano o por lo menos de Park, hasta entonces desconocido por nosotros.

Por último, queremos destacar otro de los personajes. Una de las pacientes, obesa comedora empedernida obsesionada por la tersura de su piel, cual Dorothy en el Mago de Oz, frota sus calcetines nada más y nada menos que para… volar.

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