mi papá, el más alto


Hace poco menos de dos meses que mi padre se fue. Se fue definitivamente. Su vida se transformó en otra cosa, que aún no sabemos exactamente qué; pero lo que sí sabemos es que ya no está aquí. Y nunca me sentí tan desorientado. Su presencia, al otro lado del océano, era un referente, una señal de lo que debía hacer o sentir. Pero tras su partida, me he quedado sin brújula y ha sido difícil acostumbrarse a su nuevo lugar, si es que ocupa alguno.

Si me observa, si me percibe, seguro se da cuenta el vacío que dejó. Poco a poco intentaré tomar como referencia lo que dejó. De objetos materiales, dejó pocos, aunque algunos muy hermosos: se trata, sobre todo, de esa hermosa biblioteca y de esa colección de música que junto a mi madre, fuimos construyendo los tres, poco a poco. Pero además de esos preciosos bienes, y algunos otros que me recuerdan fuertemente su presencia, hay otros, intangibles, que me son aún más preciosos.

Curioso como pocos, mi padre fue un físico matemático por pasión. Quizás este amor por las matemáticas y por la naturaleza lo acercaron con tanto fuerza a la música, amor que nos inculcó a mi hermano y a mí desde pequeños. En lo que a mí respecta, a él le debo lo que considero es un espíritu abierto hacia las artes. Precisamente, la última plática que tuve con él, fue sobre la colección de música que he logrado reunir en París. Ya no llegó a escucharla, pues falleció aún antes de que pudiera tomar un avión de camino a mi casa. Uno de sus rasgos que más me gustaba era este valor para acercarse a lo desconocido, por escuchar aquélla música que lo retaba, que lo embelezaba y que lo hacía volar en otras latitudes.

Mi padre celebró la vida. Aunque en muchos sentidos no estaba de acuerdo con ella, ni con la suya propia, cultivó y educó sus sentidos como autodidacta y luego en nosotros, sus hijos. Pero sobre todo, cultivó su mente. No contento con sus propios progresos en la escuela, buscó con los medios que tenía a su alcance, primero pocos y luego más abundantes, para retarse, exponerse a esos fenómenos del arte o de la ciencia que a pocos atraía.

Gracias a él, por mi casa desfilaron Escher, Mozart, Paz, Dostoievski, Beethoven, el Bosco, Madredeus, da Vinci, el Greco, los Rolling Stones, los Doors, Ray Manzarek, B.B. King, Ravel, Mussorgsky, Ponce, Bach, Jarre, Quino, Astrid Hadad, Susana Harp y tantos y tantos otros… Libros y música no faltaron jamás en casa, y eso me hace hoy, a mis treinta y tantos años, uno de los hombres más felices, porque mi infancia y mi tormentosa adolescencia están ligadas a muchísimos recuerdos hermosos que voluntariamente o no, mi padre ligó a estos personajes.

Seamos modestos: no que mi padre haya pertenecido a un reputado centro de investigaciones o que haya escrito libros que delucidaran los grandes misterios en la biografía de algún artista. El destino no lo quiso así y, en cambio, se dedicó a una prueba más dura: su familia.

Quisiera haberme despedido más tarde de mi padre… Cada vez que pienso en él, mi corazón se vuelve pesado y mis ojos parecen irse al fondo de mi cabeza. La muerte, que forma parte de la vida, puede tener un extraño efecto que borra los defectos de los seres queridos y sólo deja sus virtudes. Por ello, hoy puedo desafiar a quien se atreva a desafiarme, que sí, mi papá es más alto.

Y justo lo que me quedó de él se manifestó desde que llegué al aeropuerto. De él me quedaron mis amigos, pues si no hubiera sido por la educación que me dio, no los habría conocido: mis amigos de la infancia, algunos ya con sus esposas y sus hijos me esperaban con su pésame, su amistad y su ayuda para ayudarme a continuar los últimos 680 kilómetros que aún me quedaban por delante desde la Ciudad de México hasta Matehuala, en San Luis Potosí.

De él me quedó mi familia, que fue otro de los regalos más grandes que me dio: no sólo me recibió con sus lágrimas profundas, pues sintieron tanto como yo su partida, sino con sus risas, sus anécdotas, sus caricias y su consuelo.

De él me quedó mi pareja, a quien dio la bienvenida, quiso, aceptó e integró a su vida, como si de un hijo más se tratara, como quien ama porque su bien amado ama, porque él me enseñó a amar y así también él amó a quien yo elegí para pasar el resto de mi vida.

Y sobre todo, de él me quedó mi madre, mujer estoica, fuerte y que con todo su dolor, su tristeza y su consuelo, permaneció al lado de mi padre firme, ocupándose de él las 24 horas del día y dándole una vida normal hasta en sus últimos minutos y una partida más que digna cuando tuvo que irse. Y aún, incansable, nos consoló a todos y, trabajadora como pocas, continuó haciéndose cargo de sus proyectos.

Aunque me cueste tanto, papá, te digo adiós y te quiero.

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