sincronización


Michel Hazavinicius, The Artist [El artista], Jean Dujardin (George Valentin), Bérénice Bejo (Peppy Miller), John Goodman (Al Zimmer), Francia, Canal +, 100 mins.

La belleza tiene que ser sencilla, simple. No recuerdo quién hizo esta afirmación, pero así lo creo yo. Si alguien sabe ésto o lo contrario, que me lo diga. No es que crea que las elaboraciones complicadas no puedan se también hermosas, pero la simpleza tiene alguna ventaja. Una historia simple, bien contada, se convierte en una gran historia. Una broma, bien contada, se convierte en una cascada de risas. Una tragedia, bien contada, se convierte en la razón de una profunda melancolía.

El director francés Michel Hazavinicius estrenó, el verano pasado, una de las películas más hermosas que he visto. El artista no es una película que conmueva hasta las lágrimas con una historia pretendida o logradamente profunda. Lo que cautiva son las actuaciones y sobre todo, la técnica de la fimlación. El artista es una película en blanco y negro, muda y fue producida en 2011.

Como dije, una historia simple que se desarrolla a finales de los años veinte del siglo XX: la gran estrella de cine mudo George Valentin (Jean Dujardin) y Peppy Miller (Bérénice Bejo), una simple admiradora que posteriormente se convertirá ella misma en artista, se conocen y se enamoran. No se declaran inmediatamente su amor, lo que implica que primero tienen que pasar una serie de pruebas para que triunfen. Pero la cuestión no está en la historia. La narración de la película es un elemento más, otra manera de homenajear a la primera época dorada del cine.

El punto, con toda humildad creo, está en las referencias que pomposamente llamaré “extra narrativas”. Me refiero a esos cuantos guiños que Hazavinicius introduce en el relato para conectar el público contemporáneo con el cine de hace un siglo. La escena que me interesa es la siguiente:

Tras negarse a participar en las cada vez más populares películas habladas, George Valentin regresa a su camerino. De pronto, ya no puede escuchar. Nosotros, el público, lo sabemos porque la música se detuvo y el sonido ambiente se introduce en la cinta. Ese no es el ruido al que está acostumbrado Valentin. Como si estuviera en una pesadilla, todos los objetos a su alrededor adquieren los sonidos que, para nosotros, normalmente tendrían. Valentin se da cuenta que su mundo está terminando, está a punto de desaparecer.

Pasado y presente se sincronizan. El entendimiento que surge entre el público y el personaje de Dujardin es uno de los puntos más dramáticos que un autor o un director haya logrado en un relato. Si la novela policiaca perfecta sería aquélla en la que el lector es el asesino, en este caso el protagonista se niega a entrar en el mundo del público.

Grande Hazavinicius. Grande Dujardin. Grande Bejo. No es de extrañar que la película ya esté sonando al Óscar. Así de simple.

Por supuesto, hay que mencionar la música, compuesta por Ludovic Bource, y que echa mano de compositores como Alberto Ginastera, Red Nichols o Duke Ellington.

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