ritos y diferencias


Andrew Haigh (dir.), Week-End [Fin de semana], Tom Cullen (Rusell), Chris New (Glen), Reino Unido, The Bureau, Glendale Picture Company, 97 mins.

En general, podríamos afirmar que los homosexuales tienen pocas representaciones cinematográficas similares a los dramas comunes y corrientes “heterosexuales”. Representaciones más realistas pueden encontrarse en películas como Philadelphia (1993) de Jonathan Demme y Broke Back Mountain (2005) de Ang Lee, las que quizás marcan un antes y un después en el cine comercial, por ser películas de temática gay muy comercializadas.

La forma de abordar el tema de la homosexualidad pasa por la lucha política, como en Harvey Milk (2008) de Gus Van Sant, biopic muy relevante sobre el influyente político californiano, o por la denuncia social, como en Boys Don’t Cry (1999) de Kimberly Peirce; por la psicología de los adolescentes, como en  la inglesa Beautiful Thing (1996) de Hettie MacDonald, la belga Ma Vie en rose (1997) de Alain Berliner, o la argentina XXY (2007) de Lucía Puenzo; o por medio de tragicomedias como I Love You Philipp Morris (2009) de Glenn Ficarra y John Requa, Beginners (2010) de Mike Mills y más recientemente la francesa Tomboy (2011) de Céline Sciamma.

Andrew Haigh, por su parte, ofrece una historia más intimista. La mayoría de las películas que mencionamos arriba tienen una fuerte carga de lo que me gustaría llamar “responsabilidad pública”. Es decir, en las historias el aspecto de la publicidad tiene un peso muy grande y definen en todo o en parte el desenlace: una agresión, una campaña política, un barrio o un entorno homofóbico, una malformación genética… . En Week End el aspecto público de la sexualidad se da por sentado. Haigh no se interesa por los padres, la familia o los amigos de los personajes gays que se salen del clóset. Se interesa, en primer lugar, por la importancia que tiene para sus personajes ese “rito de iniciación” que consiste en decir: “Mamá, papá, familia, amigo, soy gay. Me gustan los chicos, no las chicas”.

Chris New (izquierda) y Thom Cullen (derecha)

En un fin de semana, la vida de Rusell y Glen va a quedar profundamente marcada. Ambos son homosexuales y, cada uno  a su manera, busca su lugar en el mundo. Rusell de manera más bien discreta, sin darle mucha importancia a su homosexualidad. Glen con una militancia muy personal, sin caer en los estereotipos. Ambos son muy distintos: Rusell es deportista, vigilante en una piscina y muy detallista. Glen fuma, es artista y pragmático en la vida cotidiana.

Los dos se conocen durante una noche de copas, terminan haciendo el amor y la conversación del día siguiente – la que Glen quiere grabar en todos sus detalles para un “proyecto artístico” sin determinar” –  los llevará a una relación de tan sólo dos días, pero tan intensa como si fuera de años. Llega un momento sorpresivamente difícil para ambos, el de la separación, en el que tienen que reconocer sus sentimientos a riesgo de negar sus propias convicciones, por distintas que ellas sean.

En palabras de Haigh, se trata de una historia simple, que busca encontrar una especie de inocencia entre dos personas que buscan el amor, de alguno u otra manera. Y lo encuentran precisamente en sus diferencias, como si el uno y el otro encontraran una parte que les hace falta en cada uno, precisamente en aquéllo que son diferentes. La primera mañana en la que despiertan juntos, Rusell le dice a Glen – quien está grabando su “entrevista” – : “Siento no haber estado a la altura de tus expectativas”. Es el momento en el que ambos hombres se dan cuenta de que sus expectativas están puestas en sí mismos, y no en el mundo exterior, aunque no lo admitan inmediatamente.

Y en mi opinión, una historia pequeñita, que dice tanto.

No olviden echarle un ojito al sitio oficial, que me parece muy, muy, muy, muy elegante, como la peli misma, que fue galardonada en hartos festivales. Y el trailer es por acá:

Postscriptum

Me quedé pensando toda la noche y todo el día de hoy en esta película. Platicando con Ratonet de algunos aspectos de la película, me di cuenta que me faltó hacer hincapié en la estabilidad. Me explico: los personajes, Glen y Rusell, buscan por vías distintas encontrar una relación estable. Quizás sea Glen el más recalcitrante a aceptarlo y Rusell parezca un romántico. Como sea, ambos buscan la estabilidad. Andrew Haigh no sólo lo pone en la boca de sus personajes, sino que también en la manera de filmar: la última escena donde Glen y Rusell hacen el amor, está filmada como cualquier otra escena de sexo heterosexual. En cualquier otra película sería “el camazo” de rigor, donde los protagonistas -heterosexuales- forzosamente tienen que tener relaciones sexuales. Pero en esta película, aunque a algunos les pueda parecer distinto por tratarse de una pareja homosexual, Haigh la presenta como si fuera una escena cualquiera entre las miles de escenas sexuales, más o menos explícitas, de las películas románticas de todo origen. En resumen: en su banalidad está su carácter excepcional, pues busca la estabilidad.

Por último, la psicología de los personajes es importante también. En ningún momento de la historia los personajes se dicen “Te amo”, aunque parece que estén a punto de hacerlo (lo siento por el spoiler). Ya dijimos que parecen complementarios, lo cuál sería muy sencillo para la historia. En cambio, la separación es un hecho fatal, en el sentido de que es inevitable y el hecho de haberse conocido es más bien doloroso, dado el momento en el que sus caminos se cruzaron. En dos días Glen debe partir para instalarse en los Estados Unidos, y no sabe si volverá a Inglaterra. Pero además, la situación de cada uno está definida por su pasado. Rusell no ha tenido el “rito de iniciación gay” que consiste en salirse del clóset frente a su familia, por la sencilla razón de que es huérfano. Su entorno laboral, profundamente machista, lo obliga a ser más o menos discreto. De ahí que no tenga un grupo de amigos gays y sus experiencias sexuales las plasme en un diario íntimo, que nadie más que él – y más tarde Glen – conoce.

Por el contrario, Glen, quien sí se salió del clóset, gozó de una educación más o menos privilegiada y sus conocimientos le permiten asumir una actitud cínica frente al ambiente gay. Para él, los gays no son distintos a los heterosexuales: son exactamente los mismos cretinos e hipócritas. La única diferencia es que bailan más. Su búsqueda de estabilidad, al contrario de las apariencias es más sentimental que la de Rusell, sólo que la enmascara en un halo de intelectualidad y actitud artística. De ahí su misterioso proyecto que consiste en entrevistar a sus compañeros sexuales la mañana siguiente. No sabe qué hará con estas entrevistas, pero el siente la importancia de recopilar sus experiencias.

La – un poco larga – discusión que mantienen a media película, los lleva a la misma conclusión por medios distintos. Rusell desea la normalidad de las relaciones homosexuales mediante la armonización de la sociedad, por la aceptación pacífica de unos y otros. Glen la desea mediante el militantismo y el reconocimiento del pecado machista de la sociedad en general, y de la superficialidad del mundo gay. Detrás de ambos discursos se encuentra, simplemente, la soledad empedernida de uno y las heridas pasadas de otro.

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