Normal


“Normal”, dice el día de hoy la primera plana del periódico de izquierda Libération. Ayer, a las ocho de la noche, la Comisión Electoral francesa hizo oficial lo que ya se sabía desde hace unos días: François Hollande era vencedor en las elecciones por la presidencia francesa.

On a gagné !

Queríamos formar parte del festejo, ser testigos de lo que seguramente ya es considerado un momento clave de la historia reciente de Francia. Desde las seis de la tarde del domingo 6 de mayo, los que escribimos en este blog, nos reunimos en la sede nacional del Partido Socialista, en la calle de Solferino n° 10. Ya a esa hora había mucha gente. Lo que nos llamó la atención fue una especie de alegre desorden que reinaba por todos lados y la numerosa presencia de extranjeros. Marroquís, caboverdianos, argelinos, flamencos, españoles, colombianos y nosotros. Todos estábamos ahí celebrando con los franceses que votaron por Hollande. Todos tenemos la esperanza de que, con este cambio en la dirección del país, nuestras oportunidades de quedarnos, terminar nuestros estudios y encontrar un trabajo en Francia será menos difícil.

La multitud continuó llegando durante las dos horas y media que estuvimos ahí, hasta el punto en que era casi imposible moverse. De pronto, la multitud comenzó a gritar una cuenta atrás: cinq !, quatre !, trois ! deux ! un !, y sonaron las ocho de la noche. La pantalla gigante instalada al fondo de la calle de Solférino transmitía el anuncio oficial de la victoria socialista. Todo mundo estalló en gritos, llantos, cantos y abrazos. Una mujer ofreció champaña en vasos de plástico a todos los que lo rodeaban. Un hombre bailaba milagrosamente entre la apretujada multitud con su hija sobre sus hombros. Los jóvenes que se colgaron de los semáforos y los postes de luz gritaban y mostraban un puño en señal de victoria.

En el ambiente se respiraba alivio y catarsis. A penas pasaron unos veinte minutos, cuando la multitud se puso en marcha rumbo a la Plaza de la Bastilla. Ahí, los representantes socialistas preparaban una gigantesca celebración, escenario incluido. En un santiamén, la plaza lucía pletórica, con miles de personas coreando “On a gagné, on a gagné” [¡Ganamos!], “Hollande, président ! Hollande, président !” o “Sarkozy, c’est fini ! Sarkozy, c’est fini !” [¡Sarkozy, se acabó!]. Y de nuevo, a las banderas francesas se mezclaban muchas otras, sobre todo africanas y asiáticas, pero de vez en cuando se distinguían algunas latinoamericans y europeas.

La multitud reunida en las cercanías del Partido Socialista

La ultra derecha en las elecciones

Se esperaba una victoria estrecha de Hollande. Atrás quedó una Francia profundamente dividida: 48.3% del electorado pensó que Sarkozy era mejor opción, contra 51.6% de Hollande. Apenas 4 puntos separan a ambos candidatos. Y ello tiene muchas explicaciones, pero a mí, la que me parece más reveladora y aterrante es la que se detiene en el ascenso de la derecha radical.

Europa ha visto renacer la extrema derecha desde hace algunos años. Xenófobas, racistas y nacionalistas, se trata de organizaciones políticas cuyo militantes están dispuestos a cometer delitos para demostrar sus “valores”. Holanda, Italia, Austria, Hungría, República Checa, Noruega, Inglaterra, Alemania, Grecia y ahora Francia, han visto crecer sus partidos extremistas. Durante la primera vuelta francesa, el Frente Nacional, partido racista y xenófobo, alcanzó su máximo histórico. De 36 millones y medio de votos, Marine Le Pen se llevó 6 y medio millones, el doble que su papá Jean-Maríe Le Pen, candidato cinco años antes.

Estos partidos buscan precarizar la situación de los inmigrantes, en especial la de los ilegales. Evocar las bondades de las fronteras es frecuente y, algunos, como hace unos días en Grecia, llegan al grado de proponer la instalación de minas anti personales. En Holanda, Geert Gilders no duda en comparar el Corán con Mein Kampf, de Hitler. Y para Marine Le Pen y compañía, gran parte de la solución de los problemas actuales de Francia consiste en expulsar a todos los ilegales y cerrar las fronteras. Y en el caso más triste de la historia moderna Europea, Anders Breivik asesinó a 77 personas en julio pasado, la mayoría de ellas en un campamento de verano del Partido Laborista noruego.

Tras la primera vuelta, Sarkozy no dudó en acercarse a las tesis ultra derechistas. En un ahora tristemente célebre discurso en Toulouse, la frontera se convirtió en su leitmotiv. La frontera como noción de protección, como valor de la nación francesa. Y en una editorial ahora también célebreLe Monde señalaba la desviación de Sarkozy al abrazar la causa lepenista.

Pero más triste aún, durante el debate que enfrentó a los dos candidatos finalistas, Hollande también se acercó a ese discurso y justo en uno de los temas más sensibles. Cuando abordaron el tema de la migración, Hollande se comprometió a “detener la migración económica” hacia Francia. Como si la solución estuviera en el país de llegada y no en el país de origen.

La celebración de los simpatizantes de François Hollande

Chez nous…

Mientras los franceses celebraban o se lamentaban según su partido, en México tuvo lugar el primer debate de la elección presidencial. En Francia también hubo un debate, que comparado con lo que pasó en nuestro país, sí tuvo que ver con las propuestas de los candidatos. Y no hubo ningún intercambio cordial. Los dos candidatos se atacaron, se contradijeron, se llamaron mentirosos, intentaron sacar de sus casillos a su contrario. Hicieron pedazos el guión que se les pidió seguir al grado que los reporteros que debían coordinar el debate prácticamente desaparecieron de la escena.

Hay quienes piensan que la democracia mexicana está lo suficientemente desarrollada como para que el formato no sea una preocupación. Yo no lo creo. Esos analistas de pacotilla, profesores de universidades clasistas, proclaman orgullosos el “floreciente régimen democrático” que se instaló desde el año 2000. Al debate, en cambio, se le agregó un corsé impuesto por Televisa y por la indiferencia de TV Azteca. Todo ejecutado por dos ideas: proteger la imagen de Enrique Peña Nieto y reforzar la idea de que “López Obrador es un peligro para México”. Hoy, ante las tristes noticias que me llegan desde México, y al escuchar a mis amigos y colegas franceses, no pude evitar una mezcla de sentimientos que van desde la franca admiración hasta la tristeza, pasando por la envidia. El futuro inmediato para nuestro país me vuelve pesimista.

Me enoja ver cómo algunos de mis amigos mexicanos repiten como karma las mentiras y los lugares comunes de la campaña mexicana.

Me disculparán muchos de ellos, pero un debate sí es un evento importante. Y sí es importante la forma. Un debate no es una charla tersa y cordial. Según una de las acepciones recogidas por el diccionario de la DRAE, un debate es una “Contienda, lucha, combate”. Se debe mantener el respeto, cierto, pero no debe ser el suave -“civilizado”, dicen- intercambio de opiniones que sólo conviene a personalidades como las de Peña Nieto.

Un debate no debe tener un guión. Debe ser lo suficientemente flexible como para abordar cada tema según lo vaya requiriendo cada argumento. Por ello es difícil realizarlo entre más de dos personas. Difícilmente entre tres. Pero los debates multitudinarios a los que estamos acostumbrados en México son francamente ridículos. El nivel baja necesariamente, no se puede argumentar, no hay lucha ni combate, se vuelve una cacofonía. O una experiencia esquizoide, como bien lo describió El País.

También es importante que se transmita por cadena nacional, en radio y en tele. Los concesionarios de los medios de comunicación son éso, concesionarios. Son particulares a los que se les ha acordado la explotación de un bien público y por ello están obligados a poner el interés general por encima del particular. Una forma de hacerlo es transmitiendo un debate.

El debate mexicano fue, para terminar pronto, paupérrimo. Duele admitirlo y duele más compararlo por ejemplo, con lo que ocurrió en Francia. El futuro del país se vuelve cada vez más negro. Los problemas del país parecen ajenos a los candidatos.

Y por si esto no fuera poco, Televisa y TV Azteca hacen la ley del país.

 

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