Obra negra


Cuando ya no deberíamos estar cuestionándonos sobre la calidad de la elección, deberíamos tener total confianza en las instituciones y en los procedimientos electorales, ya no debiéramos preocuparnos por la intervención ilegal de agentes exteriores al proceso de elección presidencial, llegó el 2012.

Las dos elecciones presidenciales más recientes evidencian el poco desarrollo democrático en México: el PRI ha vuelto gracias a una serie de engaños. No es sólo la posibilidad, cada día más evidente, de un fraude. Se trata de todo un sistema político construido sobre el engaño y la ignorancia

John Ackerman señala que las elecciones no son sinónimo de democracia, y un claro ejemplo es México. Para que la democracia exista las elecciones son necesarias. Obvio. Pero ellas no vuelven por arte de magia en democrático a un régimen político. En México ha habido elecciones con regularidad desde la dictadura de Porfirio Díaz, excepto el interludio revolucionario (1910-1917). Y sin embargo, la gran mayoría no han sido democráticas. Para que las elecciones sean sinónimo de democracia deben ser equitativas.

Antonio Crespo afirmó en el programa Primer Plano del 2 de julio, que en sentido estricto no hubo alternancia. De haberla habido, en el sistema tripartidista mexicano sería el turno del PRD para gobernar. Este apunte no es anodino, pues se trata de una fracasada administración panista de doce años y de logar condiciones políticas equitativas. En lugar de ello, volvimos al 2000, con un PRI que no ha probado haber cambiado.

Las protestas

Algo que me ha sorprendido es el rechazo a la movilización y a la protesta callejera de una parte de la población. Mucha gente no ve nada bueno en las protestas. Argumentan que las manifestaciones no son eficaces: son una mera pérdida de tiempo y los que asisten a ellas “no van a resolver sus problemas” saliendo a gritar y a sudar como posesos. Al contrario, afirman que hay otras formas de expresar la inconformidad mejores y más eficaces. Frecuentemente ofrecen como opción “trabajar bien” o “hacer bien las cosas, ahora sí”. “Si todos nos ponemos a trabajar bien me decía uno de ellos por twitter, entonces sí, el país va a cambiar”.

Trato de imaginarme en concreto qué quiere decir “ponerse a trabajar” y “hacer bien las cosas, ahora sí”. Pero no puedo. Supongo etonces que hay un juico moral ahí, porque “hacer bien las cosas, ahora sí”, suena tan indefinido como la fecha en la que terminaré mi tesis de doctorado.

Y el juicio consiste en descalificar esas manifestaciones porque son una pérdida de tiempo, probablemente sean pretexto para la violencia y a más de uno le incomodará la idea de ver a un grupo de gente, en su mayoría mal vestida y sudorosa – con toda seguridad izquierdosos no por sus convicciones, sino por su apariencia. Vamos: la gente responsable y democrática no pierde su tiempo en marchas y mejor se pone “a trabajar bien”, a “hacer bien las cosas”. No echa desmadre en la calle -porque esa es la verdad, sólo van a echar desmadre: la gente responsable es patriota, apechuga y a lo que sigue.

Las manifestaciones y protestan buscan la atención de la opinión pública causando molestias momentáneas. Eso se llama “sensibilización”. Idealmente funciona así: el afectado por la manifestación se quejará ante el gobierno para que resuelva las peticiones de los manifestantes y le permitan continuar su camino sin problemas. Probablemente se informará sobre la protesta. En una de esas, hasta se les une. Pero en el 99.9% de las ocasiones, no lo hará. Si todo sale bien y el afectado no apoya una represión violenta y el gobierno no la lleva a cabo, entonces todos ganan: el gobierno resuelve las peticiones, los manifestantes dejan la calle y el afectado puede continuar su camino. Tutti contenti.

Ya sabemos que no es así. Y sin embargo…

En toda democracia la protesta tiene un papel fundamental. Sirven, en primer lugar, para articular demandas de grupos más o menos numerosos pero poco visibles debido a su pobreza, ignorancia o su situación de minoría. Mediante ellas adquieren un lugar en el espacio  público.

En segundo lugar, son un medidor de los problemas que afectan a la sociedad o los que ésta considera como importantes. La percepción expresada por los manifestantes son un signo de lo que la gente espera de los gobiernos.

En tercero, demuestran la aceptación o el rechazo de una medida o de una figura pública. Este aspecto es muy explotado por políticos populistas (de verdad) como Hugo Chávez. El PRI lo usó durante décadas. La cantidad de personas reunidas para mostrar su acuerdo debería ser indicador para los gobernantes. Por eso, una protesta espontánea es muy sintomática. Los políticos buscan votos y una manifestación en contra no se los dará.

Por cierto, en la elección local del DF, las candidatas propusieron controlar las manifestaciones o confinarlas a un manifestódromo. Nada más antidemocrático. Como afirma Antonio Martínez: la calle no debería ser exclusiva para la circulación de automóviles. En la calle también se protesta y se consiguen avances sociales.

AMLO

La oposición juega un papel vital para las instituciones. Sin embargo, en el caso de AMLO, la campaña sucia que inició en 2006 continúa generando un profundo rechazo. Los resultados han sido muy impresionantes: el rechazo contra AMLO tiene como base argumentos vagos. ¿Por qué López Obrador ha de ser antidemocrático al protestar o impugnar las elecciones? Que lo haya hecho antes no debería deslegitimarlo. La impugnación es legal y legítima. En su cuenta de Twitter, Sergio Aguayo lo dijo claramente: son ridículas las críticas contra la impugnación por la vía legal.

Hay que reconocer que las condiciones de las elecciones no fueron óptimas. La democracia mexicana no se consolida con una alianza entre poderes fácticos y políticos. Es verdad que la situación del país ha mejorado en muchos aspectos, pero al contrario de lo que afirma Enrique Krauze, aún estamos muy lejos de poder exhibir nuestro sistema como un modelo.
En nuestra precaria democracia aducir que López Obrador “no sabe aceptar su derrota” es superficial. Acudir a las vías jurídicas sólo puede mejorar el sistema electoral. Y no lo digo yo, lo dice Roberto Niembro O., en su blog El juego de la Suprema CorteCoincido plenamente con la última frase del artículo de Niembro: “lo que esta cerrazón [contra la impugnación] me hace sospechar es que lo que buscan es que nuestra democracia sea manejada por las élites, en este caso el IFE y el TEPJF”.

Un sector de la población se ha organizado para manifestarse contra el resultado de la elección. Supongo que en su mayoría son simpatizantes de AMLO. Pero por lo que puede verse, la idea central es el rechazo al PRI y a Peña Nieto. Ricardo Raphael no se equivoca cuando afirma que es un tremendo error identificar las protestas con López Obrador: quienes marchan en las calles están, en primer lugar, decepcionados por el regreso del PRI y sólo después, un buen número de entre ellos son simpatizantes de AMLO. Josefina Vázquez comete un error enorme al afirmarse democráta y al mismo tiempo no apoyar a los manifestantes anti Peña Nieto. Probablemente caerá en el olvido o en el rechazo.

Por su parte, Yo Soy 132 es un movimiento que promete mucho. Es el síntoma de una mayor participación de los jóvenes y puede ser el anuncio de un cambio durante el sexenio que sigue. Creo que es equivocado acusar al grupo de estar organizados en torno a un partido o de sugerir que es López Obrador el que los acarrea. El portavoz de Yo Soy 132, Antonio Attolini, explica muy bien cómo está organizado el movimiento. Pero más allá de su organización, propia de movimientos estudiantiles como los del 68, tiene grandes semejanzas con las organizaciones de las primaveras árabes y, sobre todo, coincide con el análisis teórico de Alain Badiou, en su último libro Le reveil de l’histoire  [El despertar de la historia]: al igual que los movimientos árabes, Yo Soy 132 “tienen como eje conductor un pensamiento y una acción revolucionaria”, que busca constatar una paradoja: la existencia de algo inexistente – la justicia, la equidad – y finalmente, que busca “despertar la historia”, es decir, tomar conciencia de lo que significa votar por el PRI.

No hace falta agregar que el hecho de que Yo Soy 132 se dirija en contra de un político y partido en particular, no lo hace menos democrático, como las revoluciones árabes también se dirigieron en contra de un político o partido en particular.

El PRI y el PAN

El malestar de buena parte de la población puede resumirse en una pregunta formulada por Sergio Aguayo en el programa Primer Plano del 2 de julio: ¿es democrática la elección de un partido antidemocrático? Todo parece indicar que Peña Nieto y el PRI no están dispuestos a llevar a cabo las reformas necesarias para lograr una verdadera democracia.

Uno de los signos más inquietantes es el creciente número de agresiones contra reporteros y la omisión a perseguir a los responsables, (aquí se puede consultar el reporte semestral de la organización Article19) mayoritariamente en estados gobernados por el PRI (y sin hablar de la responsabilidad del gobierno federal panista). Y Peña Nieto en particular, se desempeñó como un gobernante represivo y corrupto: basta ver esta comparación de datos que usaron los candidatos durnate el primer debate. A eso hay que añadir su ignorancia rampante ya célebre.

Calderón buscó la legitimidad que no tuvo mediante la guerra contra el narco. En lugar de aceptar el recuento de votos en 2006 exigido por AMLO, lo que lo hubiera dejado con un capital democrático incuestionable, prefirió adoptar una política de choque. E inició una guerra. El problema es que un gobierno en guerra buscará eliminar todo rastro de oposición a su política belicosa. Ésto es particularmente cierto en el caso de los EUA. Tristemente también lo es para el caso de México desde hace seis años.

Andrew J. Polsky afirma que el mayor temor de un presidente en guerra es la oposición que disminuya el apoyo que tiene. Así, mientras los críticos puedan ser aislados, podrán ser ignorados. Ahora mismo, mientras escribo estas líneas, escucho una entrevista a Javier Sicilia en el programa de Javier Solórzano. El caso de la Ley de Víctimas, impulsada por el Movimiento por la Paz y la Justicia con Dignidad, es un buen ejemplo de la retórica bélica de Calderón.  Tras ignorar a las víctimas, accedió recibirlas y pactó una serie de acuerdos. Sin embargo, todo parece indicar que sólo fue una estrategia para aislar a Javier Sicilia y al MPJD.

La historia enseña que si los presidentes Johnson, Nixon y Bush hubieran hecho caso de las protestas y de los críticos en las calles y en el Congreso, el ejército americano no hubiera sufrido tantas pérdidas en Corea, Camboya e Irak, respectivamente. Calderón sólo ha respondido con una continua soberbia e insensibilidad y ya hay más de 50 mil muertos.

Todo parece indicar que Peña Nieto no haría grandes cambios en la estrategia de Felipe Calderón. Javier Sicilia ya presiente las consecuencias en este artículo, aunque también critica a AMLO y JVM. Pero muchos otros analistas han subrayado algunos elementos de intolerancia en el discurso de Peña: está convencido que la democracia sólo se hace con consensos absolutos y no con los disensos o con una oposición crítica.

Finalmente

Lo que está sucediendo hoy es parte de la factura del 2006: un sistema viciado dio lugar a una presidencia viciada. Calderón buscó legitimarse por la vía incorrecta. La decisión de Calderón causó 50 mil muertos. Las opciones que se presentaron en el 2012 – si realmente eran opciones – se resumían a: la seguridad corrupta del PRI, la validación de los muertos con Josefina proponiendo a Calderón a la cabeza de la PGR o López Obrador, cuya imagen ha sido completamente desfigurada por la televisión.

Las protestas son más que necesarias. Como historiador el momento parece muy grave: nuestra historia será reinterpretada por la voluntad de otros. Si lo permitimos y no salimos a protestar

Citando a Epigmenio Ibarra en su artículo de hoy:

No debe ser la tv, no debe ser el dinero el que decida quién habrá de gobernarnos. Solo con los votos mayoritarios; libremente emitidos, escrupulosamente contados, puede alguien acceder al poder.

No podemos, so pena de perdernos, de hacernos cómplices de un crimen de lesa democracia, permitir la imposición sin pelear, dentro del marco legal y de forma pacífica, con denuedo y determinación.

Nos lo debemos. Se lo debemos a nuestros hijos. A este país ensangrentado y roto que debemos rescatar y cuya democracia debemos construir.

Que “debemos construir” dice Ibarra: porque aunque algunos quieran verla en construcción o terminada, no, la democracia mexicana ni siqueira está en obra negra, está en planeación, cuando mucho. Cuando López Obrador en 2006 mandó al diablo las instituciones, tenía razón: “¡Al diablo con sus instituciones!” La clave del mensaje estaba en el posesivo sus: eran sus instituciones, no las nuestras. Las que todavía tenemos que construir (esta reflexión la tomo, creo, de Antonio Martínez, aunque no estoy seguro dónde la leí).

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