El Monstruo


El miedo en el que viven los habitantes de Matehuala, como de tantas otras zonas del país, relativiza las balaceras, los asesinatos y la presencia militar. Una “chicha calma” reina en el lugar. Hace unas semanas, Édgar Morales Pérez, candidato vencedor en les elecciones municipales, fue asesinado junto a uno de sus asesores, Francisco Hernández Colunga. Este asesinato contribuye a la atmósfera de tensión. Se sabe y no se sabe lo que pasó. Se dice y no. El hecho es que “El Monstruo” – la guerra de Calderón -, mostró otra vez todos sus dientes, con el más puro estilo de la violencia desatada durante este sexenio.

Ayer “El Monstruo” me olfateó a mí y a mi familia. Vale decir que no estoy seguro de lo que pasó. Comparado con el horror que reina a todo lo largo y ancho del país, con todo el dolor que miles de familias están sufriendo, ésto no es más que una anécdota, un hecho banal, una historia sin consecuencias.

En la Villa de La Paz, pueblo cercano a Matehuala, se encuentra un buen restaurante al que nos gusta acudir. Cenamos ahí para celebrar nuestra reunión. Para volver, tomamos la carretera que cuenta con sólo dos carriles. Durante la noche es un camino muy oscuro.

La parroquia de la Villa de La Paz

En algún momento del trayecto, nos dimos cuenta que una camioneta sin luces nos estaba siguiendo a menos de diez metros. De pronto, nos lanzó las luces altas. El miedo y el sentido común nos plantearon dos opciones: acelerar y arriesgarnos a iniciar una persecusión, o detenernos y desear a que no tuviéramos que bajar.

Optamos por la segunda: pusimos las luces preventivas y nos detuvimos a un lado de la carretera. Esperamos dentro del coche durante cinco larguísimos minutos. El conductor de la camioneta esperaba que nosotros saliéramos. De pronto, sin encender sus luces, avanzó hasta quedar a nuestro costado. Bajó su ventana derecha y nos miró. Era un hombre de mi edad y con bigote. Nos vió y sonrió. Sólo nos dijo: “¡Ah! Disculpen… No hay problema.” Esperó a que continuáramos y él se quedó atrás, en la oscuridad.

¿Qué quiso decir? ¿Buscaba a alguien más y nos confundió con él? ¿Habría habido problema de haber sido quien buscaba? Nos quedamos mudos hasta llegar a la casa, rumiando lo que pudo haber sucedido y yo pensando si de verdad “El Monstruo” nos había olfateado.

No sé cómo me sentí después: ¿exagero?, ¿tuvimos suerte?, ¿no había nada qué temer? Como si un perro rabioso o simplemente un monstruo espumando del hocico, se me hubiera acercado a olfatearme, gruñendo imperceptiblemente, y se hubiera ido sin explicación alguna…

En mi infancia y en mi juventud, ese mismo camino lo recorríamos en familia. Ya no es posible.

Nos han robado nuestro país.

2 comentarios en “El Monstruo

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