La mujer que debía existir


Este artículo se publicó originalmente en nuestro otro blog, El concierto de mi viejo
Qué extraño país es México. Tan macho y tan conservador. Pero capaz de idolatrar a una Chavela tan contraria a él: nacida en otro país, liberada, liberal, lesbiana. Todo lo contrario de una mujer mexicana. Chavela Vargas quizás fue la encarnación de los fantasmas nacionales.

Hace un mes se fue la Chamana por segunda vez. Esta vez definitivamente. Ya se había ido una vez, en 1979, cuando ya casi no había noticias suyas. Pero volvió. Volvió porque, en palabras del director de cine Werner Herzog, “esa mujer debe existir”.

Para mi generación, su descubrimiento fue necesariamente tardío. Su primera ausencia obligaba: nos tocó conocerla a través de relatos, de fiestas en las que no tardaba en salir alguno de sus discos. Era una artista mitad desconocida, mitad leyenda, que se aparecía por aquí y por allá, entre finales de noches de alcohol. “¡Canta una de Chavela!”, “Esa la cantaba Chavela”. Chavela se convertía rápidamente en una referencia obligada. Por lo menos había que saber quién era.

Y de habitar la voz de otros, en 1991 volvió a la suya. Siguió una fugaz aparición en una película de Werner Herzog (Grito de Piedra) y el bar El Hábito. Cierto, ya no era la de antes, pero seguía fuerte, recia, “rejega”. Con ese temblor en las frases de más sentimiento, justo donde había odio, dolor o amor. Todos los sentimientos temblaban en su garganta. Su forma de cantar y su gusto por las rancheras son interpretaciones que hechizan. Su voz invade la atmósfera y se vuelve la temperatura del lugar. Su voz puede ser aire viscoso del clima caliente mexicano. Está ahí: no puede hacerse nada. No se puede dejar de escucharla. No hay a dónde ir. La bruja, la chamana, la hechizera no permite huir.

Su pasado quedó sumergido en la oscuridad. “Nací en la costa de Guerrero”, afirmaba. Era cierto, sólo que su costa de Guerrero se extendía hasta la frontera con Colombia. Chavela Vargas había nacido en San Joaquín de Flores, Costa Rica.

Tuvo dos hermanos y una hermana. El mayor se suicidó y este episodio quizás marcó su música. “Admiro su suicido porque fue muy elegante”, le dijo a Luis Enrique Ramírez en 1991, en la primera entrevista que concedió tras su larga ausencia. “‘Quizás no te vuelva a ver’, le dijo a mi otro hermano, ‘Adiós'”. Y se pegó un tiro. Chavela dejó poco después Costa Rica. Y llegó a México.

Su carrera profesional empezó en Acapulco, a finales de los años cuarenta. Cantaba en un hotel cercano a La Quebrada, “descalza y sin maquillaje”. Siguió un breve paso por Nueva York y luego en la Ciudad de México en el bar El Quid. Desde ese momento sólo conoció el exceso.

Primero el exceso de música. Cantó todos los géneros. La música ranchera fue la que mejor le sentó. La expresión minimalista de la música es, sin duda, la ranchera. Basta una guitarra y una voz. ¿Hay una mejor manera de sufrir? No, canta Chavela: “Yo para tí soy lo peor de lo peor. Tú para mí… ¿ya pa qué te lo digo?” Y con cada canción se expían todos los pecados, uno a uno; frases de olvido, de dolor, de abandono…

Y de alcohol. Todo el que hubiera. Exceso de alcohol. “Cuando el alcohol te va tomando, dices: El amor me deja mucho dolor, por eso voy a tomar. Ahora soy muy desgraciada, voy a tomar”. Todo el tequila que le quedó a la mano – 45 mil litros en 35 años, según sus cálculos – se lo bebió. Años después, cuando ya era abstemia, el tequila seguía estando ligado a una particular idea de belleza: “el alcohol tiene una magia increíble; cuando ésta se conserva te adentras en una atmósfera muy bella…”.

También su lado destructivo. Sus primeros treinta y cinco años de carrera los vivió como en un sopor. Contaba que durante los conciertos, no veía a su público. Subía borracha al escenario por gusto, por miedo, por lo que fuera. Y borracha se forjó su leyenda.

Al paso de los años, su voz se fue engrosando. Adquirió una textura áspera, cavernosa. De mujer que lo ha visto todo y nada se le ha negado. Tan ronca, que su primer regreso ya no era canto: era oración. Grave, proveniente de alguien que vivió lo peor y lo mejor. Ése era su hechizo.

Exceso de amor… Sus interpretaciones iban más allá de la poesía. Cada uno de los versos llevaban un pedazo de su vida, un recuerdo y quién sabe cuántos deseos cumplidos e incumplidos. Algunos de ellos pasaron de ser secretos a confirmación. Desde que se puso pantalones, para escandalo de la sociedad, no había necesidad de decirlo: Chavela era pura, nunca había estado “con ningún señor”. Su música acompañó todos los romances. Claro, la Vargas fue estandarte del mundo homosexual, pero también podía acompañar a los amores más improbables.

Su figura, gustara o no, influyó enormemente. No es sólo que sus canciones se sigan cantando. Es que ella sigue siendo una referencia. Chavela se volvió la Llorona detrás de un piano.

Mi viejo tenía en su colección:

  • Chavela Vargas en Carnegie Hall, Wea, 2004, 79”
  • Voz y sentimiento, 2 CDs., Orfeon, 2003 (?), 97”

El artículo de Luis Enrique Ramírez, “Réquiem por la Chamana. Entrevista a Chavela Vargas“, nos inspiró la mayor parte de las ideas.

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