El fondo del Bósforo


Orhan Pamuk, Le livre noir [El libro negro]. traducido del turco al francés por Munevver Andac. París: Gallimard, 1995, 717 pp.

Cuando fui a Estambul en abril de este año, cuando finalmente estuve frente al Bósforo, tuve la sensación de estar frente a una parte olvidada de la historia. Miles de fantasmas desconocidos recorren esa ciudad. Y tenía el sentimiento que todos están ligados de alguna u otra manera a nuestra historia.

También me vino a la mente un episodio fantástico de El libro negro, de Orhan Pamuk. Cuenta la historia de cuando las aguas del Bósfor se retiran y dejan ver el fondo.

Quisiera hablar de los barrios nuevos que comenzarán a edificarse en el lodo de esa fosa que antes se llamaba el Bósforo, bajo los ojos de los inspectores municipales, corriendo de aquí a allá con sus multas en la mano. Quisiera hablar de los barrios miserables, de las barracas, los bares, los prostíbulos y otros lugares de ocio construidos con pedazos de todo y de nada, de las ferias con sus carruseles de caballos de madera, los casinos, las mezquitas, los conventos de derviches, los nidos de fracciones marxistas, las maquiladoras de vajillas de plástico o de ropa interior de nylon… En ese caos apocalíptico sobrevivirán las carcasas de los barcos, recostadas de lado, de la Compañía de Líneas Municipales, y campos de medusas y corcholatas de botellas de limonada. Descubriremos los trasatlánticos americanos, encallados el último día, cuando las aguas desaparecieron bruscamente, y entre columnas jónicas, verdes por el moho, esqueletos de celtas, licios, suplicantes, con la boca abierta, divinidades prehistóricas desconocidas.

Puedo imaginarme que la civilización que aparecerá en medio de los tesoros bizantinos tapizados de conchas, de cuchillos y tenedores de plata o de fierro blanco, de toneles de vino milenario, botellas de agua mineral y cuerpos de galeras de nariz puntiaguda, podrá procurarse la energía necesaria para iluminar sus hogares y sus lámparas antiguas, gracias a un viejo carguero rumano con la hélice atorada en el lodazal.

El Bósforo

El libro negro es la extraña historia de Galip, joven abogado, y de la desaparición de su esposa Ruya y de su primo y cuñado Celal, respetado periodista. Galip iniciará una búsqueda que se convertirá un juego de espejos y de mil historias.

El marco, como es costumbre en las novelas de Pamuk, es Estambul, sin duda una de las ciudades más hermosas del mundo. Miles de calles, plazas y jardines abrigan espacios ocultos o abiertos, secretos o públicos. Estambul es, en la obra de Pamuk, una gran Scheherezada muda, que cuenta sus historias cada día. Este planteamiento no es gratuito. Estambul goza de una ambigüedad única en el mundo: europea y asiática al mismo tiempo; fin y principio de dos civilizaciones grandiosas y aparentemente opuestas. La historia de Turquía aparece dividia entre oriente y occidente: dominadora y rechazada, Turquía es un elemento clave de la historia occidental y oriental y los turcos son reflejo de este conflicto.

Muerte y renacimiento constante, como las múltiples historias que se intercalan a todo lo largo del libro.

Por un lado, Galip, cansado de su vida, se compara implícitamente con su primo Celal. Probablemente esté celoso. Ruya es una mujer más bien misteriosa, indefinida. Pasa sus días leyendo novelas policiacas que Celal nunca leerá y rara vez habla en el relato. Y Celal, ausente por completo, pero dominándo la historia. Es el único personaje que nunca aparece en escena. Ninguna línea, ninguna palabra de las más de 700 páginas vienen de su boca.

Probablemente Ruya haya escapado con su ex esposo. O quizás con su medio hermano Celal. Igual que los personajes de los libros que lee, Ruya dejó pocas pistas. Galip decide seguirlas e intentar encontrarlos.

Galip decide que la mejor estrategia para encontrar a Ruya, es asumir la vida de Celal. Usar su ropa, vivir en su departamento, escribir sus columnas. En su oficina, Galip encuentra una serie de artículos sin terminar. Para ganar tiempo en su búsqueda, y evitar que sus colegas del periódico empiezen a sospechar sobre la desaparición de Celal, Galip los termina y los publica.

Así, la búsqueda de Galip y los reportajes escritos por Celal -que se alternan en el libro-  son en realidad mil y un vidas, todas distintas, pero al mismo tiempo idénticas. La búsqueda de Galip va perdiendo sentido o, si se quiere, cambia de sentido en la medida en la que descubre que buscar significa perder. Cuando camina por las calles de Estambul, Galip se da cuenta que la búsqueda es el mejor hallazgo.

Galip se encuentra en el centro del juego de espejos. Es cada uno de los personajes que van apareciendo en las historias de Celal: el artesano Béedi, fabricante de maniquís; el derviche Mevlana, amante de Shamz de Tabriz; el príncipe imperial Osman Djélalettine, que busca el conocimiento en todos los libros. Ya se trate de un amante, un maniquí o una biblioteca, todos esos personajes tienen en común su búsqueda constante.

Galip se da cuenta que su búsqueda es exactamente igual a la que debe emprender un derviche sufí para alcanzar la iluminación. Cada uno de los detalles que aparecen en el camino de Galip -la ciudad, los personajes- son otros tantos símbolos. La novela de Pamuk, más allá del misterio de la desaparición de Ruya y de Celal, se convierte en la reflexión sobre la existencia de Galip.

Leyó así páginas y páginas en el kanzi-i mahfi, el “tesoro secreto” de la naturaleza de Dios; todo el problema consistía en encontrar la vía que llevara a ese secreto, en comprender cómo se refleja en el universo; darse cuenta que el misterio se manifiesta por todos lados, en cada objeto, en cada cosa y en cada ser humano. El universo es un gran océano de señales, y cada gota de ese océano tiene el sabor a sal que podría llevar al secreto que se disimula en él. Galip estaba persuadido que podría adentrarse en los misterios de ese océano si continuaba devorando todas esas páginas con sus ojos enrojecidos por la fatiga.

Otras Estambul quedan al descubierto. Extraños lugares, hermosos y desconcertantes, a medida que Galip comienza a diluirse en sí mismo, en Celal y en el paisaje de la ciudad. Al final, el desaparecido Celal, la ausente Ruya y el desconcertante Galip, quizás no sean más que una misma persona.

3 comentarios en “El fondo del Bósforo

  1. La primera vez que Galip vio a Rüya, seis meses antes de enfermar de paperas, estaba sentado en un taburete que habían colocado sobre la mesa del comedor y el barbero le cortaba el pelo. En aquella época, Douglas, el alto y bigotudo barbero, venía cinco días por semana a casa y afeitaba al Abuelo. Eran los tiempos en que las colas del café se alargaban ante las tiendas de Arap y Aladino, en que los contrabandistas vendían medias de nailon, en que en Estambul se iban multiplicando los Chevrolet modelo del 56, en que Galip empezó la escuela primaria y en que leía con atención los artículos que Celâl escribía en la segunda página del diario Milliyet cinco veces por semana bajo el nombre de Selim Kacmaz, pero no cuando aprendió a leer y escribir porque la Abuela le había enseñado dos años antes.

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  2. n la habitación había una plomiza luz invernal filtrada por las cortinas azul marino. Galip, entontecido por el sueño, miró la cabeza de su mujer, que se extendía fuera del edredón azul: la barbilla de Rüya estaba hundida en la almohada de plumas. En la curva de su frente había algo sobrenatural que provocaba que uno se preguntara con temor por las cosas maravillosas que en ese momento pudieran estar ocurriendo en su mente. «La memoria —había escrito Celâl en una de sus columnas del periódico— es un jardín». «Los jardines de Rüya, los jardines de Rüya… —pensó Galip—, no pienses, no pienses, o sentirás celos». Pero Galip pensó mirando la frente de su esposa.

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