¡Quiero un papa pasado de moda!


El pasado 2 de marzo de 2013, Solange Bied-Charreton, publicó esta columna en el periódico Le Monde. Lo traducimos, y hacemos nuestras sus palabras:

Le pape Benoît XVI salue la foule lors de la dernière audience générale place Saint Pierre, au Vatican, le 27 février.

A pesar de la extravagancia de su vestimenta ha sido necesario rendirse ante la evidencia: el papa es un hombre como los demás. Pero debemos aceptar que la decisión tomada por Benedicto XVI de dejarnos el 28 de febrero dejó a todo el mundo K.O.

Unos cayeron en el lirismo de circunstancia, haciendo de él un santo, un mártir de la causa. Un incompredido victorioso, conomovedor y sensible. Miles de “gracias” aparecieron en las redes sociales como en la tumba de Elvis. Otros se alegraron que no se sintiera a la altura, pues este mundo va muy rápido y él no entiende ni un carajo.

El papa ya no está adaptado. Como un televisor sin pantalla de plasma, que nos insultara queriendo quedarse con nosotros, ahora debemos sacarlo a la calle y llamar a los barrenderos para que se lo lleven al basurero.

En la alegría o en la tristeza, todos lo enterraron ya para siempre. ¡Y sin embargo, Joseph Ratzinger todavía respira! Y puede que todavía continúe creyendo en Dios una vez pasada la fecha de su partida.

O peor, que todavía piense durante mucho tiempo todo lo que ha escrito. Me parece que sale un poco pronto del drama mundial; hubiera al menos esperado a morirse.

¿Qué será ahora de nosotros sin Benedicto XVI, esa referencia ideal para pensar de otra manera, ese monumento de vulgaridad? Ese papa era todo lo que nos quedaba, o casi, de intolerancia.

Aborto y eutanasia

Era todavía peor que el anterior (es verdad que en aquélla ocasión habían puesto la barra muy alta: así como Juan Pablo II parecía simpático, así Benedicto XVI no fue verdaderamente cool con nosotros).

No sólo no revisó las posiciones de la Iglesia católica en materia de aborto y eutanasia, sino que además quiso dialogar con los integristas.

En la treintena, vivo en París desde mi nacimiento. Hice estudios universitarios, viajé a los Estados Unidos y aprendí a tocar la guitarra. Me drogué, me acosté con hombres, visité museos de arte moderno. Supe confrontarme con obras de arte molestas, de inspiración tribal, de factura revolucionaria.

También escuché Rage Against the Machine en mi iPhone, esos agitadores del rap-metal que denuncian la injusticia y que dibujan monjes budistas inmolándose en las portadas de sus discos, en señal de solidaridad con los oprimidos.

Sueño con un mundo más libre, donde podamos hacer lo que queramos, en el respeto de las normas de seguridad y del respeto mutuo.

Me gustaría entonces aprovechar este momento de aplausos para decir “mierda” al papa, y Dios sabe que somos numerosos los que queremos hacerlo. O bien, para decir que el nuevo papa sea diferente de los demás.

Un papa a nuestra imagen

Quisiéramos un papa que sea como nosotros. Quisiéramos un papa al alcance de todos. Un papa, si es posible, menos anclado en el pasado. Un papa suficientemente abierto para discutir con nosotros, por mensajería instantánea. Un papa para resolver nuestros problemas de pareja. Un papa trendy, que deje un poco de lado la teología. Un papa que transforme las iglesias en espacios de oración y los confesionarios en espacios de descanso.

Un papa que enseñe el respeto en clase, que vigile las tareas en los salones, pero que sepa también volverse accesible. Un papa con una cruz pectoral de rapero gringo. Un papa que se doble la sotana hasta las rodillas cuando vaya a la playa. Un papa al que puedas hablar cuando te jodan o cuando no estés de humor. Un papa joven y fuerte. Un papa alto y guapo.

Es mejor una imagen positiva para comunicar un mensaje. Un papa que no se vista siempre igual. Un papa en cada chocolate Kinder y en cada Cajita Feliz (y entonces, en consecuencia, un buen día, un papa que reemplace a Ronald McDonald: un papa, en fin, que rompa los tabús).

Un papa que no pierda la cabeza. O mejor, un papa vintage, un papa en su jugo. Un papa personalizado, en vitrina. Un papa Amélie Pulain, un papa sonriente en un póster en mi cocina, con un sombrero rojo con bolitas y guantes de terciopelo.

Un papa que reinvente, un papa que redescubra, un papa revisite un poco el modelo papal. Un papa de tapiz, tipo venta de garage, que uno compra de segunda mano. Un papa con estilo para invitarlo a tomar el aperitivo, con sus palabras elegantes y sus señales de la cruz. Un papa decorativo. El papa es el mejor amigo del hombre.

Pero hay que reconocer que un papa así borraría nuestras referencias, ya de por sí tan maltratadas. Nacido en 1982, no tuve el placer de asistir a grandes cambios.

Un trago de mi propia medicina

No vi la sociedad evolucionar, tampoco contribuí para que evolucionara. Me hubiera encantado manifestar contra la ley laboral en 2006, pero en esa ocasión tenía que estudiar. Me dieron demasiada libertad.

En realidad, sólo me dieron dudas, lo único que me han dado han sido opciones infinitas, pero al menos me enseñaron bien a clasificar mi basura. Es un trago de mi propia medicina, el reverso quizás bueno.

“Me dieron un modelo liberal, democrático, me dieron un cierto asco, digamos desinterés por la religión”.

Arnaud Fleurent-Didier, ocho años mi mayor, también nación un poco tarde. Lo expresa muy bien en su canción France-Culture, esta ausencia de trascendencia que se nos pega a la piel, este desvanecimiento de lo fundamental, esta pérdida de sentido. Ese imperativo de la diversión que es nuestro único deber. Ese derecho al diálogo permanente que no nos satisface.

Nos hacen falta novelas para describir este después que odia el antes. Haría falta alimentar cada una de nuestras ficciones, ver cómo los personajes, los treintañeros de hoy, los bebés felices de la generación Miterrand, recrean sus fastidios y se hunden con ellas en sus contradicciones.

Parece crucial montrar ese mundo, de derecho a la diversión, tan terriblemente libre.

Es la victoria que veo, la alegría a la que asisto, el resultado del combate de mis predecesores. El papa permanece de pie, y no sabemos por qué, para retar al sentido de la Historia, para probarnos que ciertas tradiciones no han sido aún tragadas por el presente sin fin.

¡Dénnos un papa que no esté de acuerdo! Quiero un papa de fight, quiero un papa para hacer un clash. Un papa que diga “no gracias” cuando le ofrezcas un porro, que rehúse participar a un rave, que escupa nuestros jeans skinny y nuestros afeters deep house. Que maldiga mover su cuerpo cuando lo inviten a subir al escenario de los mejores DJs del planeta.

Un gran anillo imposible de pagar

Un papa insoportable, inpresentable, muy vulgar, que de vergüenza. Un papa que digas no conocer cuando lo veas en la calle, porque es alguien que conoce muy bien a tus abuelos y que nunca olvida llamarte en tu cumple.

Un papa de provincia. Un papa con los cabellos cortos, a lo militar, y que nunca use una playera. Que juegue boliche, que sepa bailar vals y que fume puros.

Un papa-autoridad para poder combatirlo. Un papa de la Edad Media; mejor un papa arcaico. Un papa al que pueda llamar fácilmente fascista cuando se pase de la raya.

Un papa con un escudo ridículo, lleno de símbolos estrafalarios y con un gran anillo imposible de pagar mientras defiende a los pobres, un papa todas las opciones, equipado con nefastos derrapes en el campo de las buenas costumbres, un papa errores de comunicación que revelen su verdadera naturaleza de papa.

Un triturador de sueños. Un impedimento para cambiar al mundo. Y viejo, por favor, lo más viejo posible. Un papa al que le tiemblen las manos, que no entienda nada de los jóvenes, del mundo moderno que evoluciona. Y que hable latín. Y que diga “señorita”.

Quiero tocarle los cojones al papa

Un papa old school, que le abra la puerta a las damas, que envíe flores, que no tenga todavía teléfono celular.

¿Cómo es posible ese Dios en 2013? Un papa de galantería, que hable de usted a todo mundo. Que escuche Johan Sebastian Bach y que reciba fax. Un papa que realmente no mire al futuro. Un papa atrasado.

Quiero un papa contra el cuál sublevarme. Quiero un papa al que todos podamos detestar con la misma energía. Exijo un papa para organizar manifestaciones en su contra. Un papa con un nombre que rime bien en los slogans.

Quiero tocarle los cojones al papa. ¿Cómo existiría yo si no puedo protestar contre el mundo antiguo, afirmarme sin poder destruir siglos y siglos de historia?

No quiero morir antes de haber escupido sobre todos los hombres del pasado, sus ideas cortas y sus prácticas obscuras, sus costumbres sin higiene, sus dialectos, sus bromas dudosas y sus juegos de palabras nacionalistas, su sexismo insostenible, su cruel salvajismo.

Quisiera existir tanto como pueda, y no me han enseñado a hacerlo de otra manera.

Por lo tanto, me gustaría que el enemigo sea identificable, gracias por adelantado.

5 comentarios en “¡Quiero un papa pasado de moda!

  1. De nuevo gracias ! Por cierto, en otro blog (abandonado) que tengo, estoy pensando escribir algo sobre el primer disco de los Swingle Singers, que se tituló Jazz Sebatian Bach, de 1963 (próximamente, en elconciertodemiviejo.blogspot.com)

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  2. Si, ya se a lo que se refiere el autor y estoy tan de acuerdo con él en muchas cosas! Pero Bach, es que de verdad me parece tan moderno!

    Aquí me quedo, a la espera y releyendo algunas de las entradas!

    Gracias!

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  3. Muchas gracias! Es verdad que escuchar Bach no es pasado de moda, pero hace parte de un cliché, que creo es la intención del autor.

    Estamos intentando ganarle tiempo al trabajo, a la escuela… Pronto estaremos de vuelta. Es verdad que tenemos descuidado el blog, pero volveremos, lo prometemos!

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