Bellezza


Paolo Sorrentino (dir.), La grande bellezza [La gran belleza], Toni Servillo (Jep Gambardella), Carlo Verdone (Romano), Sabrina Ferilli (Ramona), Indigo Film, Pathé, Italia, Francia, 142 mins.

Una de las ciudades más hermosas, quizás la que más, es Roma. Esa Roma que se esconde de los turistas y que se escapa a millones de romanos. Esos espacios insospechados que, cuando sabemos de su existencia porque los visitamos o porque alguien nos los muestra, nos plantan la duda del tiempo: ¿cuántas historias ocurrieron aquí, cuántos personajes pasaron por acá? Y sobre todo, ¿qué valor tiene que yo esté aquí?

Fernando Pessoa habría dicho, aunque no me consta, que la vida la puede vivir cualquiera. Es lo que uno escribe sobre ella lo que determina la grandeza de cada quién. En una ciudad como Roma, donde la belleza se manifiesta en todas sus formas, la apreciación estética es, al mismo tiempo, fácil y asunto de expertos.

Tengo infinidad de conocidos que, al escuchar el nombre de Roma, exclaman como transportados “¡La Ciudad Eterna!”, y adoptan aires de conocedores – “en la calle tal o tal, al lado de la estación de metro tal” – o de romanticismo barato – “nada mejor que cenar acá, junto al Coliseo, o allá, en la Plaza Navona” -, y suspirando recuerdan los puntos más importantes en el mapa turístico.

Pero conozco muy pocos que al escuchar el nombre, guarden silencio y miren al vacío, atesorando alguna temporada vivida allá, algún secreto desvelado…

En esta película, Paolo Sorrentino muestra por qué Roma es lo que es. Esa gran belleza guardada, y que se ha transformado a lo largo de siglos. Una metáfora, no sin cierta comicidad, es el inicio: un turista japonés cae inconsciente ante la belleza de la ciudad que se extiende a sus pies.

La historia sigue a Jep Gambardella (Toni Servillo),  escritor y reportero cultural de 65 años. Desde joven, Jep decidió dedicarse a la mundanidad, lo que le costó no volver a escribir ninguna otra novela después de la primera, titulada L’Apparato Umano. Demasiada mundanidad.

La noticia de la muerte de su primer gran amor, esposa de un viejo amigo, abre las puertas a la duda, a la insatisfacción. Y rodeado de la gran belleza de la ciudad y de la mundanidad de sus amigos, de sus placeres, de su conocimiento, reinicia la búsqueda de la belleza. Jep, dionisiaco y ateo, la encuentra en donde menos la espera: en la comida de una religiosa anciana y decrépita.

Los planos en la ciudad son, por decir lo menos, cautivantes. Las tomas a los interiores de los edificios, a las colecciones, la vista desde el Tíber, la ciudad de noche… El estilo de Sorrentino es muy bello. Junto con la banda sonora – en la que suena Gorecki, Preisner, Martinov, Pärt, por no hablar de la música de discoteca -, logra una vista de Roma que será difícil de imitar y de superar. Un plano en particular es, a mi gusto, el más hermoso de todos: Jep y Ramona (Sabrina Ferilli) escapan de una fiesta con un amigo. Este amigo, cuyo nombre se me escapa, es “una persona en quien puede confiarse”, y por ello, amigo de príncipes y princesas a quienes guarda las llaves de sus palacios, los más hermosos de Roma. Los tres van abriendo puertas, como si se tratara de cajas de secretos, y van entrando a salas más hermosas las unas que las otras.

El asunto principal de la película es, sin duda, la decepción y el vacío. Tras llevar un tren de vida decadente, desenfrenado, en el que nada estaba limitado, Jep se confronta a la muerte, que se acerca cada vez más aprisa. Es momento de repensarlo todo, y de reiniciar la búsqueda.


La banda sonora la pueden escuchar, con Spotify, por aquí:


 

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