Diplomatie


Bertrand Tavernier (dir.), Quai d’Orsay (algo así como Muelle de Orsay, pero suena horrible), basada en una historia de Christophe Blain y Abel Lanzac, Thierry Lhermitte (ministro Taillard de Vorms), Raphaël Personnaz (Arthur Vlaminck), Niels Arestrup (Claude Maupas), Francia, Pathé, 113 mins.

La diplomacia se encuentre entre los muchos temas de orgullo de Francia: literatura, monumentos, pintura, música, ciencia, historia militar, tecnología… Y la diplomacia. Durante mucho tiempo, el idioma de los diplomáticos era el francés. Las tratados internacionales, las declaraciones de guerra y los acuerdos de paz se hacían en francés. La precisión del idioma no deja lugar a dudas ni a ambigüedades. Actualmente, la diplomacia francesa es dirigida desde el Ministerio de Asuntos Extranjeros (o Ministère d’Affaires Etrangères) desde un palacio situado en el número 33 del Quai d’Orsay. Por metonimia, ese ministerio es llamado simplemente el “Quai d’Orsay”.

Christophe Blain y Abel Lanzac publicaron entre 2010 y 2011 el primer tomo de un cómic (o, como se dice en francés, “bedé”, abreviatura de “Bande Dessinée”) titulado Quai d’Orsay. Chroniques diplomatiques. En 2013, el segundo volumen ganó el premio  Estas crónicas diplomáticas narran la historia del joven Arthur Vlaminck, quien es contratado por el ministro Taillard de Vorms (caricatura del ex ministro Dominique de Villepin) para redactar sus discursos. Como aquí en Francia las bedés son una verdadera cultura, no debe extrañar que haya una para este tema — y por cierto, también podríamos agregarlas en la lista de los orgullos nacionales.

Y en la lista de los orgullos nacionales también está el cine. Y justamente esto se pone más chauvinista, porque una de las películas que más éxito están teniendo en los cines franceses este fin de año es Quai d’Orsay, dirigida por Bertrand Tavernier, y basada en la bedé de Blain y Lanzac. Así que, dos orgullos nacionales hechos uno.

El resultado es muy bueno. aunque a los críticos de Le Monde no les gustó mucho. Una comedia inteligente, con bromas de lenguaje no siempre sencillas, y que usan una buena dosis de ironía y autoderisión. Thierry Lhermitte y Raphael Personnaz interpretan a los dos personajes principales, el ministro Taillard de Vorms y el joven Vlaminck. Ambos lo hacen estupendamente. Lhermitte encarna a un ministro maniático, completamente enajenado por la lectura de su filósofo griego favorito, Heráclito, en cuyos fragmentos encuentra la respuesta para todo (incluso para una crisis con los pesqueros españoles de almejas). Personnaz a un joven novato cuya paciencia es puesta a prueba desde el primer día y que, poco a poco se empieza a dar cuenta que la inteligencia no lo ayudará a sobrevivir.

Hay que destacar la actuación de Niels Arestrup (Claude Maupas), quien encarna al jefe (creo) de gabinete. Una especie de mano derecha del ministro y única persona a la que realmente hace caso. Su intervención en crisis es particularmente efectiva y parece ser un hombre que sólo duerme algunos minutos en su oficina.

La película, además de hacer reír por las actuaciones, hace reír por los absurdos que refleja. Nos enteramos, por ejemplo, que el Quai d’Orsay no tiene internet. Está prohibido. Todas las comunicaciones pasan por codificadores (humanos). O que uno de los codificadores acompaña al ministro a todos sus viajes. Cosa que no ha sucedido desde hace más de veinte años. O que el gabinete del ministro cuenta con un director de gabinete, un jefe de gabinete y un administrador de gabinete.

Si tuviera que elegir alguna escena con cual quedarme — y hav muchas, algunas delirantes de gracia –, elegiría dos: antes de que el ministro llega a una oficina, los papeles salen volando porque, como lo explican los autores, “es el viento de la historia que lo precede” y el famoso discurso de Dominique de Villepin ante el Consejo de Seguridad de la ONU, cuando Francia se negó a apoyar a los EUA y al Reino Unido en su invasión a Irak. Es el único momento en el que la complejidad del lenguaje, de las instrucciones y de las críticas abstractas toma forma y podemos entender la finalidad del trabajo del joven Vlaminck.

 

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