Ex votos monumentales


Para Vicky

Frida Kahlo / Diego Rivera. L’art en fusion, exposición en el Museo de l’Orangerie, París. Octubre 2013-enero 2014

Cuando era niño, mis tías venían frecuentemente a la casa a cuidarnos a mi hermano y a mí. En algunas ocasiones nos llevaban a algún museo. Recuerdo en particular una exposición de Frida Kahlo (¿en el museo Dolores Olmedo?, ¿en el de Arte Moderno?). Recuerdo en particular Las dos Fridas, y por deformación del tiempo, lo recuerdo pequeñito, del tamaño de un ex voto, y a la altura de mis ojos. Entonces tendría unos diez años.

Frida Kahlo, Las dos Fridas, Museo de Arte Moderno, México

Desde entonces no volví a ver un cuadro de Kahlo. Por supuesto, viviendo en México, es difícil escapar a sus referencias, y sobre todo en los últimos diez o quince años, en los que ha habido una especie de fridamanía que la pusieron de moda. Le Monde hace bien en interrogarse si es todavía posible observar objetivamente la obra de Kahlo, tras su banalización que ha convertido sus autorretratos en verdadera publicidad. Este ayuno mío lo interrumpí hace algunas semanas y hoy también, con la exposición organizada en el Museo de l’Orangerie de París, que presenta una muestra de su obra junto a la de Diego Rivera. Soy incapaz de dar un comentario sobre la obra de los dos pintores mexicanos más famosos del siglo XX, simplemente estar frente a estos cuadros que quizás vi cuando era niño, me trajo recuerdos muy agradables.

Esta exposición tiene varias virtudes. Para empezar, es pequeña, punto importante cuando sabemos del gigantismo que sufren las exposiciones en París. Los grandes museos franceses usualmente presentan exposiciones que reúnen si no la totalidad, sí una parte significativa de la obra de un artista, período o tema. Son larguísimas, a las que hay que esperar durante horas para poder entrar y que no se pueden apreciar sin la resignación de sentir empujones o solo fragmentos lejanos de algunos cuadros.

En seguida, aunque la imagen del cartel de la exposición anuncia lo contrario, Frida no ocupa todo el espacio: lo comparte con Diego Rivera, de quien se presentan algunos cuadros muy interesantes y poco conocidos en Europa de su período cubista. Me sorprendieron muchísimo su Paisaje zapatista (1915), su Viaducto de Meudon y su Fuente de Toledo, todo en colecciones mexicanas (Museo de Arte Moderno y Museo Dolores Olmedo) y que yo no conocía, o incluso Macuixóchitl (1952). Sin embargo, el que más me sorprendió fue el Autorretrato con sombrero (1907), del Dolores Olmedo, que muestra un Rivera jovensísimo, fumando una pipa. Nada más lejano de la mole con ojos saltones a la que estoy acostumbrado ver en las fotografías.

Diego Rivera, Autorretrato con sombrero, 1907, óleo sobre tela, Museo Dolores Olmedo

La exposición está organizada en cinco secciones: “Diego Rivera en Europa”, “Frida y Diego pintores”, “Diego Rivera muralista”, “Frida Kahlo, pintora del sufrimiento” y “La Fridamanía”. La última sala, ni siquiera puede llamarse así, pues es un muro con algunos retratos de Frida “revisitados” por otros artistas o por la publicidad.

El resto de la exposición es un vaivén entre los dos artistas. De hecho, Rivera ocupa la mayoría del espacio por número de obras. La segunda sala es la más documental y, desde el punto de vista de la historia documental, la más interesante. Ahí se muestran videos y fotografías que permiten que el público se sitúe en el ambiente político y de trabajo de esa época. Por supuesto, no faltan León Trotsky, quien aparece en varias películas; pero agredecí muchísimo las referencias a Tina Modotti y a los diferentes viajes a los Estados Unidos.

Ese vaivén, que busca un equilibrio, está bien representado en la organización de la tercera y de la cuarta salas: justo en el centro donde se explica “Diego Rivera muralista”, se encuentra un cuarto que expone la sección “Frida Kahlo, pintora del sufrimiento”. Con ello los curadores buscan reforzar las diferencias entre los dos pintores: mientras Rivera se vuelca al arte para el pueblo, con obras de gran tamaño, Kahlo es intimista y onírica.

Los cuadros de Kahlo no pueden ser observados con tranquilidad. Tanto sufrimiento no puede dejar indiferente. Tampoco los de Rivera. Tantas utopías siguen moviendo. A un nivel más personal y fuera de todo chauvinismo, observarlos es el retorno a una cultura y a unas costumbres que continúan dando referencias a mi vida cotidiana: la ironía de la muerte (Unos cuantos piquetitos) combinada con la visión del sufrimiento (La columna rota), resultan ser los complementos lógicos de la historia de la primera mitad del siglo XX mexicano.

Son los ex votos monumentales de la pintura de Frida, que reflejan a nivel individual, los monumentos pictóricos de Diego.

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