Los hijos de las Luces


Me encontré con este hermoso texto de la filósofa Corine Pelluchon, a propósito de lo que viene después de los atentados en Charlie Hebdo. Es un llamado emocionado e inteligente:

Somos los hijos del Siglo de las Luces, orgullosos y audaces

FRANCE-ATTACKS-CHARLIE-HEBDO-DEMOTras el terremoto provocado el 7 de enero de 2015 por la masacre de Charlie Hebdo, y poco después por la toma de rehenes en Dammartin-en-Goële y en el supermercado kosher de la Puerta de Vincennes, incontables personas manifestaron su apego a los principios cardinales de la República, en particular al pluralismo político, que reposa sobre la afirmación de la igualdad moral de los individuos, cuya vida y valor personal son protegidos y que requiere tanto la aceptación de la diversidad como del debate pacífico.

No se trata simplemente de valores, es decir, de concepciones morales subjetivas que una comunidad restringida comparta o considere que tengan una dimensión universal. Expresarse de esta manera, confiando el edificio político a la moral, es demasiado frágil y algunos, al interior o fuera de los límites, no se cansan de denunciar el falso universalismo de los derechos del hombre o de relativizar la separación de la Iglesia y del Estado. Hablar de principios significa, por el contrario, elegir ciertas categorías éticas como fundamentos de una construcción política que no puede prescindir de ellos de la misma manera que una casa no puede prescindir de sus cimientos.

Tal acercamiento significa también que no puede darse nada por ganado y que no basta proclamar la libertad de expresión para garantizarla, ni aclamar la reunión en nuestro país de cerca de 4 millones de personas para instituir el bien común. Pensar la República es construirla, es decir, organizar las instituciones y los debates en función de un principio que pueda orientar el futuro de tal suerte que ese futuro sea mejor. Dicho de otro modo, si la libertad de expresión, el respeto a las diferencias y el amor a la diversidad se imponen como los pilares de este edificio que es la República, es porque antes, después y con nosotros, mujeres y hombres han reconocido que nadie, ningún tirano, ningún sabio, ningún dios, puede arrogarse el derecho de decir la verdad en nombre del resto de los seres humanos. La certeza de que no sabemos todo y que el poder debe compartise para evitar la dominación y la miseria es el corazón de la República.

Las limitaciones de nuestra razón y nuestro fracaso compartido por conocer lo absoluto explican, como decían Voltaire y Mill, que todas las religiones tengan su lugar propio, a condición que cada una renuncie a considerarse como la única expresión de la verdad divina. Así mismo, nuestra incapacidad para saber por adelantado lo que es justo y la imprevisibilidad de las cosas humanas, su complejidad, exigen que el escepticismo, a falta de ser coronado como una virtud privada, nos inicie a todo en lo que es el alma de la República, a saber, la deliberación.

Al preceder la decisión, la deliberación es la disposición para sopesar las razones a favor y en contra; para argumentar, apoyando el entendimiento personal sobre el de los demás, proveyendo los medios para descubrir el pensamiento propio, adueñarse de él y algunas veces cambiar de opinión. A falta de ese principio, es la guerra y el caos. Sin embargo, la fundación de la República es la conservación de sí mismo y la opción en favor de la paz. No es la creencia ilusoria en una bondad original de los hombres deseando la paz perpetua, sino la elección de la paz en razón del conocimiento penetrante y probado del mal; de la realidad de las guerras, grandes y pequeñas, tanto las guerras entre naciones como las de guerrillas; de la constante tendencia de los hombres a dividirse y a pensar su libertad contra la de los otros.

Un mundo común por instituir

Dicho de otro modo, a priori no hay un mundo común, ni comunidad política duradera derivada de un sentimiento previo de pertenencia. Todos los sentimientos de pertenencia son frágiles e invitan a la exclusión, o a designar los otros como enemigos. El mundo común es un a posteriori, está por instituirse. Ese es el sentido del contrato social y de todo lo que permite emprender una reconstrucción política.

El bien común también se instituye paso a paso, debate tras debate, exigiendo de aquéllos que acepten comprometerse en el espacio público que se dirijan a la inteligencia de los otros en lugar de usar una retórica plebiscitaria que transforme la palabra en arma de guerra y no mobilizar sólamente pasiones tristes, como el miedo, el resentimiento, la envidia, que el mercadeo político y el juego de promesas y recompensas no son suficientes ni siquiera para calmar.

Por otro lado, los desafíos globales a los que nos enfrentamos, ya sean el cambio climático o el terrorismo, pero también la posibilidad de intercambiar informaciones vía internet con personas del otro lado del mundo, invitan a los individos y a las naciones a cambiar de escala y a integrar también el punto de vista cosmopolítico. Éste último no hace referencia a un Estado mundial ni a una ideología común, sino que se trata de un cosmopolitismo metodológico: aceptamos integrar la escala mundial en el bien propio, es decir, en el bien individual y en el bien de la propia nación. La cosmopolitización, que es un hecho, afirmaba Ulrich Beck recientemente fallecido, nos invita a pensar varias escalas de responsabilidad y, por lo tanto, a cambiar de punto de vista, pues el cosmpolitismo es una cuestión de perspectiva y no una realidad.

Acompañar un proceso y orientarlo

Dirigirse a la inteligencia de cada uno; pedirle ser más grande que si mismo; exigir que no tenga sólo en cuenta su punto de vista, sino también el de los demás; que logre la separación entre ser y ser, que es el privilegio de la razón filosófica, una razón habitada por los grandes textos, por las humanidades y por
el deseo constante de comprender; tal es la ambición de la Ilustración. El texto de Kant, Respuesta la pregunta: ¿qué es la Ilustración? , redactado en 1784, no ha envejecido nada. Todavía es actual, todavía es joven, porque se dirige a nuestra autonomía, que es nuestra juventud, lo que mantiene nuestro deseo de vivir, de intercambiar, de ser sorprendido, lo que nos evita envejecer antes de edad, feos y cansados de ser superados, amargados, reaccionarios…

¡Aquéllos que afirman que ya no existe ni el arte, ni la cultura, ni las mujeres ni los hombres políticos, ni los intelectuales, deberían mirarse a sí mismos! ¡Que nos vean, a nosotros, los hijos del Siglo de las Luces, promotores orgullosos y audaces de nuevas Luces! Ya es tiempo de proponer las bases que permitan no sólo comprender este mundo, sino también orientarlo mientras dirigimos ciertos fenómenos que pueden ser vistos como los signos anunciadores del progreso deseado, es decir, del progreso cuya realización nos está confiada, sin importar los obstáculos que encontremos en nuestro camino. El deseo de muchas personas de vivir mejor, sin necesariamente consumir más; de comprometerse fuera de las grandes citas electorales; de ayudarse, porque tienen necesidad de sentir su existencia e inscribirla en las relaciones con el mundo común, ese que los recibe cuando nacen y les sobrevivirá; la creatividad de la sociedad civil en varios dominios son, para los filósofos de mi generación, “los todavía cuarentones”, los signos anunciadores de que esa renovación es posible, incluso esperada, incluso si no se parece en nada a lo que los ideólogos del siglo XX anunciaban. Ni comunismo ni capitalismo. Ni holismo ni cada uno para sí mismo. La autonomía no como egoísmo, sino como exigencia, la exigencia como inteligencia, la inteligencia como arte de recibir la pluralidad, la pluralidad como condición de la armonía y de la belleza, la belleza como diversiad y biodiversidad.

“En el corazón de nuestras tinieblas, no hay espacio para la Belleza. Todo el espacio es para la Belleza”.
René Char, Feuillets d’Hypnos

Publicado originalmente en el periódico Libération.

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