Oportunidad perdida


precursores_del_ensayo_en_la_nueva_espana_alicia_flores_001543ec5460619a_300h.jpg(Une version en français de ce billet est disponible ici)

En 2002, Alicia Flores Ramos publicó el libro Precursores del ensayo en la Nueva España. Historia y antología (México, UNAM, 238 pp.). Como lo indica el título, se trata de una historia del ensayo como género literario antes de la independencia de México.

El tema es complejo. La autora debe hacer frente a la escasez de estudios sobre la literatura novohispana del siglo XVIII, pues la mayoría se conforma con reseñar los trabajos de los autores del siglo XVI y del XVII, para concentrarse inmediatamente en los autores del siglo XIX, cuando el ensayo adquirió características nacionales (p. 11).

A ello se añade el complejo contexto histórico: las particularidades de la Ilustración en el imperio español, la introducción tardía del ensayo en las colonias, la expulsión de los jesuitas y el desarrollo de la historiografía mexicana durante el siglo XIX, dan para escribir varios libros. Basta con pensar en la Ilustración española, cuyas características parecen más ambiguas que en el resto del continente europeo. Flores Ramos señala que “En la Ilustración española, la razón es más importante que la fe; pero lo ‘verdadero’ y lo ‘bueno’ están supeditados a la fe” (p. 37). La Ilustración en España y en América buscó el equilibrio entre el método escolástico y el método crítico y analítico. Por ello, los ilustrados españoles leyeron las autoridades escolásticas a través de las categorías de “prueba”, “experimentación”, “comprobación” y de “autoridad razonada” (p. 20).

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Crisóstomo Martínez, Atlas Anatómico, s.l., s.n., ca.1680-1694. Fuente

El primer capítulo del libro está consagrado a la historia y a la teoría del ensayo. Heredero del tratado (tractatus), el ensayo ensanchó su público gracias a que era publicado preferentemente en la lengua del autor (p. 21). Flores Ramos define el ensayo como

un  instrumento verbal que se hace cargo con brevedad y agudeza de asuntos que preocupan a una sociedad, ya sean sociales, artísticos o científicos, pero siempre con una posición analítica bien definida, un punto de vista, una toma de posición que sería equivalente al original ‘juicio’ de Montaigne (p. 25).

Aunque esta definición describe bien la forma del género literario – brevedad, agudeza y los temas tratados -, tiene algunos problemas: por un lado, lo define como un instrumento “verbal”, cuando en realidad no puede existir sin el texto. Los intelectuales de esta época prefieren y confían en las pruebas escritas o materiales. La metodología de la época es heredera de la crítica de textos desarrollada a partir de los trabajos de Lorenzo Valla en Italia. Estamos lejos de la literatura transmitida exclusivamente por vía oral y aún falta tiempo para ver llegar la metodología de la historia oral.

Por el otro, la definición afirma que los temas del ensayo “preocupan a una sociedad”. El término “sociedad” es usado aquí en sentido sociológico. Sin embargo, esa afirmación parece exagerada. Los temas abordados interesan en primer lugar a los autores, que forman un grupo bien definido de la sociedad: los intelectuales. Sus preocupaciones pueden ser perfectamente sociales, pero en general, puede decirse que la mayoría de la gente tenía otras preocupaciones más urgentes que discutir, por ejemplo, si los escritores de su país estaban a la misma altura que los europeos.

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Juan Bernabé Palomino (1692-1777), Retrato de Benito Xerónimo Feijóo. Fuente

La segunda parte del primer capítulo se concentra en la discusión sobre la teoría estética del siglo XVIII. Es acertado estudiar el lugar del ensayo en la teoría estética: efectivamente, una de las aportaciones filosóficas más importantes del siglo XVIII fue la discusión sobre lo bello. Las publicaciones sobre la historia del arte de la Antigüedad – a partir de los trabajos de Johann Winckelmann – y los avances científicos del siglo XVIII gracias a la evolución del coleccionismo, el desarrollo de la arqueología y la apertura de instituciones culturales públicas, subrayan la pertinencia de la reflexión estéticas. No basta con pensar en el impacto que tuvo la divulgación de los catálogos e inventarios de las colecciones privadas italianas – por no mencionar el resto de Europa -, sino también en el parteaguas que representaron los descubrimientos arqueológicos de Pompeya, Herculano y otros sitios romanos en el reino de Nápoles. Poco después, bajo el reinado de Carlos III de España – el mismo soberano pero en trono diferente – tuvo lugar el descubrimiento de la ciudad maya de Palenque, en el reino de Guatemala. Estos hechos establecieron los términos de la discusión en torno a la belleza clásica y dieron como resultado los cánones estéticos a seguir – o a transgredir.

Sin embargo, la exposición de Flores Ramos tiene algunas debilidades. Aunque analizada con cierto detalle, la noción de “buen gusto” sirve de pretexto para introducir algunos de los autores europeos y novohispanos que escribieron sobre el tema y llevar la lectura hacia la conclusión patriótica, repetida incansablemente en la historiografía mexicana. Ese análisis es relacionado en pocas ocasiones con los ejemplos invocados. Un ejemplo claro es el del escritor Ludovico Muratori (1672-1750), cura referencia es apropiada y casi obligada.

Personaje central de la República de las Letras en Italia durante la primera mitad del siglo XVIII, Muratori fue un autor ampliamente leído entonces e injustamente hecho a un lado en nuestros días. Flores Ramos afirma que su obra Reflexiones sobre el buen gusto en las ciencias y en las artes, tuvo gran influencia entre los intelectuales españoles. Muratori definió el buen gusto como “el discernimiento de lo mejor”, es decir, la indagación de lo bueno y de lo verdadero (Flores Ramos, p. 36). No es de extrañar que Muratori hubiera tenido buena recepción entre los autores ilustrados españoles: su definición del buen gusto echa mano de los valores fundamentales del pensamiento escolástico y al mismo tiempo pone en marcha un sistema filosófico sólido y erudito (p. 36).

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Retrato de Ludovico A. Muratori, publicado en Annali d’Italia, Vol. 1. Fuente

Con todo y la importancia de la obra de Muratori y su cercanía con el pensamiento ilustrado español, Flores Ramos no explica su recepción en España. La autora trabajó con la traducción de Juan Sempere y Guarinos, publicada en 1782 junto con su Ensayo de una biblioteca española. Sin embargo, Muratori publicó sus Reflexiones en 1708, es decir, ¡74 años antes y bajo el pseudónimo “Lamindo Pritanio”! Flores Ramos no dice nada sobre lo sucedido en ese lapso ni si el público español leía directamente en italiano o si existieron otras traducciones, cómo consiguieron el texto, o dado el caso, dónde aprendieron la lengua. Es difícil comprender cómo una traducción tan tardía pudo tener un impacto tan grande entre los autores contemporáneos del siglo. La respuesta a estas preguntas permitiría tener una idea más precisa sobre la circulación de ideas y cómo se comunicaban los escritores.

El ejemplo de José Márquez es el mejor logrado por Flores Ramos. Tras exponer brevemente la biografía de este jesuita, Márquez es presentado como uno de los exponentes más importantes del racionalismo ilustrado en el imperio español. Así, en su obra Sobre lo bello, se observa “el proceso del discernimiento de lo bello” como una “evolución de la autoridad prestigiosa hacia la autoridad razonada” (p. 44). Gracias a nociones como “verdad”, “bondad” y a acciones como “razón” y “voluntad”, Márquez sigue el camino trazado por Muratori y construye un sólido sistema que permite reunir armoniosamente el espíritu y la razón (p. 46).

Desgraciadamente para Flores Ramos, su exposición sobre la obra de Márquez tiene los mismos problemas que la de Muratori: ella misma señala que hay dos versiones de Sobre lo bello: una de 1801, en español, y otra de 1808, en italiano, sin contar que Márquez vuelve a México hasta 1816. Si la obra de Márquez, como la de tantos otros autores señalados por la autora, corresponde a los límites cronológicos de la Nueva España, no basta con constatar su existencia para dar una explicación histórica de los antecedentes del ensayo en México.

Las bibliothecas y la controversia americana

El segundo capítulo está consagrado a las Bibliothecas. Género literario bastante curioso, entre galería de hombres ilustres e inventario, se trata de un “testimonio de la historia literaria mediante estudios bibliográficos” (p. 49). Una bibliografía, vamos. Los autores novohispanos siguieron el modelo establecido por Antonio de León Pinelo (ca. 1595-1660), quien publicó en 1629 un Epítome de la biblioteca oriental y occidental, compendio de publicaciones en las Indias Orientales y Occidentales; o el de Nicolás Antonio (1617-1684), quien publicó su Biblioteca Hispana Nova, en 1672.

Esta “labor de recopilación y organización documental” se repitió en la Nueva España (p. 53). Flores Ramos menciona los ejemplos de Juan José de Eguiara y Eguren (1696-1763), el de la Biblioteca Turriana (1758) y el del Índice de todos los libros, de 1800.

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José Mariano Beristáin de Souza, Biblioteca Hispano Americana Septentrional. Fuente

Según un trabajo de Bernabé Navarro que Flores Ramos menciona pero no cita, estas bibliografías tenían la particularidad de ser “una consecuencia de la formación de la conciencia criolla” (p. 49). La mayoría de los historiadores está de acuerdo en  el hecho que las raíces del nacionalismo mexicano se encuentran en el siglo XVIII novohispano. Infinidad de historiadores de la Nueva España han construido un relato teleológico nacional a partir de esta afirmación. Edmundo O’Gorman y David Brading escribieron estudios muy importantes a ese respecto. Entre otros eventos, la discusión que Antonello Gerbi bautizó como “la controversia americana”, a propósito de la inferioridad natural de los indígenas e incluso de los españoles, permitió desarrollar un sentido nacional entre los mexicanos.

Lo que me parece más importante es que los hallazgos arqueológicos, la reflexión estética y el desarrollo del coleccionismo, introdujeron el objeto arqueológico y el monumento como fuente histórica. Creo que Flores Ramos repite la misma conclusión a la que han llegado decenas de otros historiadores. La trampa consiste en que todos los aspectos estudiados por la historiografía mexicana del siglo XVIII, forzosamente concluyen en la formulación de la identidad nacional a partir del debate americano. Y como tantos de esos historiadores, Flores Ramos deja pasar la oportunidad de explicar cómo los eruditos novohispanos, al participar en ese debate, también echan mano de la nueva concepción de la fuente histórica más allá del texto escrito. Arnaldo Momigliano lo explicó muy bien en su artículo “Ancient History and the Antiquarian” (Journal of the Warburg and Courtauld Institutes 13, núm. 1‑2 (enero 1950): 285‑315).

Más allá de la articulación de un discurso nacionalista – tema muy estudiado y debatido -, creo que la novedad de los escritores novohispanos se encuentra en su empleo de los vestigios prehispánicos en la elaboración de un discurso historiográfico, de la misma manera que sus colegas europeos lo estaban haciendo con los vestigios griegos, romanos y más recientemente, con los monumentos medievales.

El problema con el acercamiento de Flores Ramos es que, a pesar de la riqueza documental que pone en marcha, su relato es fragmentario. Las Bibliothecas españolas y novohispanas sólo son consideradas en su estudio gracias a los “ensayos” que las acompañan cuando fueron publicadas. Y surge la duda sobre la necesidad de movilizar todos esos autores para reforzar los estudios sobre el nacionalismo mexicano, en lugar de hacer la crítica puntual a los ensayos.

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Francisco Javier Clavijero. Fuente

En el tercer capítulo la autora insiste en la riqueza intelectual de la Nueva España. Sigue una revisión de un buen número de autores: Juan Benito Díaz de Gamarra, Diego José Abad, Francisco Javier Alegre, Francisco Javier Clavijero, Andrés Cavo, Manuel Fabri, Juan Luis Maneiro… hasta llegar a un extraño subcapítulo sobre el periodismo. Al parecer, el subcapítulo está justificado porque el incipiente periodismo mexicano, que vehiculó la identidad nacional, tomó una forma parecida al ensayo. En efecto, conforme se avanza en la lectura, da la impresión que, a no ser por la influencia de algunos autores italianos y por la “controversia americana”, el ensayo y las bibliothecas se desarrollaron en la Nueva España en plena autarquía a pesar del aislamiento total establecido por la corona española y sobre todo gracias al espíritu nacional mexicano. Los intercambios entre el medio intelectual novohispano y la República de las Letras quedan vagamente esbozados a pesar del hecho de que la mayoría de estos autores eran jesuitas y vivieron exiliados en Italia.

Al final del libro se encuentra una Antología de textos de Francisco Ignacio Cigala, Pedro José Márquez, Juan José de Eguiara y Eguren, Benito Díaz de Gamarra, Diego José Abad, Francisco Javier Alegre, Francisco Javier Clavijero, Andrés Cavo, Juan Luis Maneiro, José Ignacio Bartolache y José Antonio de Alzate. Sin tomar en cuenta la duda sobre la pertinencia de Cigala, cuya obra no es objeto del comentario que recibió el resto de los autores, queda la sensación que la selección queda desaprovechada o cumple solo un papel testimonial. Flores Ramos deja el análisis de los textos al lector, y añade poco o nada su comentario biográfico en los capítulos principales.

En conclusión, puede decirse que éste es un trabajo histórico sobre la estética del siglo XVIII. Se trata de una indagación sobre el “buen gusto”, concepto ampliamente discutido en la época, y su recepción en el medio intelectual del imperio español. Sin embargo, Flores Ramos prefiere concentrarse en la discusión clásica sobre el juicio de la belleza y de lo útil. Los autores revisados identifican belleza y utilidad y Flores Ramos intenta trazar una línea continua entre la discusión estética y la formación de las bibliothecas en la Nueva España. Quizás su intención era mostrar que los autores de las Bibliothecas, al publicar trabajos útiles también publicaban trabajos estéticos.

El hilo conductor del libro es la idea que el ensayo es un instrumento de los autores ilustrados hacia el ideal de la educación universal. Los ilustrados, en efecto, consideraban la instrucción universal como un medio para alcanzar la verdad y corregir los errores de la sociedad.

La propuesta de análisis de Flores Ramos es atractiva y plantea interrogantes interesantes sobre la relación entre la realidad novohispana y la metodología historiográfica ilustrada. Sin embargo, el resultado es fragmentario. La relación entre los diferentes capítulos y la antología parece superficial. El trabajo se sitúa en el tema muy conocido del nacionalismo novohispano que dio origen al movimiento de independencia mexicano. Creo que la autora pierde una oportunidad para mostrar el proceso intelectual de los eruditos novohispanos y se conforma con una explicación recurrente de la historiografía mexicana.

Los defectos de esta obra no impiden que sea una contribución importante. Las referencias y la cantidad de material contenido en este único volumen son prueba no sólo de la erudición de la autora sino de la habilidad para proponer una perspectiva novedosa y un plan ambicioso. El trabajo de la autora se enriquecería con un estudio más limitado y comparando fenómenos similares en otras épocas o países. A este respecto, el trabajo de Arnaldo Momigliano puede ser una buena introducción.

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