Gayo Graco, tribuno de la plebe, presidiendo un Concilio de la Plebe

Roma, en breve


https://i0.wp.com/ecx.images-amazon.com/images/I/51fUklFEuiL._SX297_BO1,204,203,200_.jpgMary Beard and Michael Crawford. Rome and the Late Republic. Problems and Interpretations. Londres: Douckworth, 1985, 106 pp., reed. Bristol Classical Press, 2000

Este libro es uno de los mejores ejemplos de cómo hacer una síntesis historiográfica crítica de un tema complejo. Mary Beard y Michael Crawford se centran en uno de los temas más debatidos de la historiografía de Roma: las causas de la caída de la República Romana. Los especialistas se dividen entre los que estudian las causas en el conflicto político desatado por las reformas agrarias de Tiberio Graco y su posterior linchamiento en el 133 a.C., y aquéllos que las encuentran en el pacto establecido entre Pompeyo, César y Craso en el 60 a.C. (p. 02).

Beard y Crawford parten de un problema común a todos los campos de la investigación historiográfica: la periodización. La delimitación cronológica siempre es artificial, arbitrario y se justifica por razones pedagógicas. Para explicar una crisis, un evento o un fenómeno histórico puede recurrirse a la investigación del período anterior y proponer que los cambios ocurridos explican el objeto de estudio original. Sin embargo, ése cambio y ese período anterior también deben explicarse, a falta de lo cual se corre el riesgo de quedarse en un nivel superficial. En palabras de los autores: “Subrayar de esa manera la transformación [de Roma] es fácil. Es más difícil explicar o incluso describir el proceso por el cual esos cambios ocurrieron” (p. 3). Elaborar una descripción cronológica no es la mejor manera de responder al problema.

La tarea del historiador consiste entonces en estructurar de manera lógica la información. En lugar de proponerse como único y correcto, el marco teórico resultante debe permitir “comprender mejor las contradicciones entre la evidencia fragmentaria” simplemente porque no es posible encontrar una explicación universal (p. 3). Resulta más útil llevar a cabo un análisis crítico y demostrar la influencia entre los diferentes elementos que inciden en la crisis, el evento o el fenómeno histórico estudiado. Para Beard y Crawford, ésto quiere decir que “se busca demostrar cómo una red de factores están estrechamente relacionados [sic], cómo alteran el carácter del proceso político en conjunto y cómo ése carácter modificado añadió a su vez nuevos elementos a la red”. (p. 4)

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Para entender mejor el cambio que llevó a la caída de la República romana, Beard y Crawford comparan la sociedad romana del año 150 a.C. con la del 50 a.C. Los autores constatan un cambio radical, en particular en lo que respecta a la carrera política de los magistrados romanos o cursus honorum: si en 150, la carrera de cualquier político se limitaba a un cargo renovable o a dirigir una campaña militar, para el año 50 el éxito en la carrera política equivalía al éxito en la vida y los métodos políticos incluían la violencia e incluso la muerte de los competidores. A ello se agrega un cambio geopolítico del Estado romano: de ser una ciudad en la Península Itálica, Roma había pasado a ser una potencia del Mediterráneo (p. 2-3). La carrera política seguía un camino bien definido, estratificado por la edad y por el estatus, que empezaba desde los puestos más bajos (p. 53):

  1. Tras el servicio militar y con treinta años cumplidos, se podía acceder a uno de los veinte puestos de cuestor (quaestor)
  2. En seguida, con treinta años se podía optar por el cargo de tribuno o con 36 años al de edil. Había 10 tribunos y los ediles eran cuatro.
  3. El puesto de pretor estaba reservado a los ciudadanos de 39 años. Se elegían ocho.
  4. Finalmente, el puesto de consul estaba reservado a los ciudadanos de 42 años y se elegían dos

Tras haber expuesto el problema historiográfico general, Beard y Crawford proponen analizar los cambios políticos en la sociedad romana a través de cinco temas que han dado lugar a infinidad de interpretaciones: la aristocracia romana (“The Cultural Horizons of the Aristocracy”), la religión, las instituciones políticas (“Political Institutions”), la práctica política (“The Working of Politics”) y las relaciones de Roma con el resto del imperio (“Rome and the Outside World”).

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El foro romano. Fuente

El primer y el segundo capítulos, “The Cultural Horizons of the Aristocracy” (pp. 12-24) y “Religion” (pp. 25-39), parten de la constatación de la poca importancia que se le da al estudio de la cultura y de la religión por los historiadores de las instituciones políticas romanas. Los especialistas prefieren concentrarse en “elecciones, guerras, tratados” y, en cambio, dejan de lado el estudio “de la moral y de la filosofía política en la República tardía, que proporcionaba a las clases gobernantes nuevas maneras de entender y de justificar su propia conducta” (p. 12). Resulta muy interesante entender la relación entre el enriquecimiento de las élites gracias a la guerra, en particular de la conquista de Grecia y la aceleración de la helenización de Roma. La constitución de fortunas sin precedente entre la élite permitió la adquisición de obras de arte y contratar los servicios de artistas y filósofos griegos. Entre las habilidades más buscadas por los políticos se encontraba la retórica y la argumentación filosóficas griegas (p. 14). Como resultado, la competencia política se agudizó y no era raro que la juventud de la élite pasara algún tiempo en Grecia.

En lo concerniente a la religión, existe un acercamiento historiográfico tradicional consistente en subrayar la decadencia religiosa de finales de la República. Beard y Crawford no están de acuerdo con este acercamiento. Por el contrario, afirman que la religión romana gozaba de buena salud. El carácter público de la religión permite observar mejor la sociedad romana, su implicación en la vida política y militar y su peso en las grandes decisiones públicas (p. 30-34). Hay que recordar que la actividad política romana siempre tenía lugar en un contexto religioso, en particular con el Senado.

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Gayo Graco, tribuno de la plebe, presidiendo un Concilio de la Plebe, en Silvestre David Mirys (1742-1810), Figures de l’histoire de la république romaine accompagnées d’un précis historique, Illus. 127. Fuente

En lo que respecta al capítulo 4, “Political Institutions” (pp. 40-60), los autores parten del concepto de status y de ciudadanía. Parecería que en una sociedad tan estratificada como la romana, la movilidad social sería nula. Nada más erróneo. Aunque cada persona tenía un estatuto distinto y, en consecuencia, derechos y obligaciones diferentes, existían canales para ascender socialmente en el ejército, el comercio o siguiendo la compleja legislación romana. En lo que respecta a la ciudadanía, ésta fue generosamente otorgada por el Estado romano para responder a los extranjeros que constantemente se establecían en territorio romano (p. 40-42). Ambas categorías definían el funcionamiento de las cuatro asambleas distintas donde todos los ciudadanos romanos podían votar. La permeabilidad social era, por lo tanto, más evidente de lo que consideran muchos historiadores.

En el capítulo 5, “The Working of Politics” (pp. 60-71), Beard y Crawford se centran en el funcionamiento de las institucions políticas romanas desde el punto de vista del ciudadano. Para alguien como yo, que no es especialista, es fácil pensar que las instituciones romanas funcionaban gracias a la diferencia de status entre ciudadanos. O dicho de otra manera, que las instituciones políticas romanas sólo concernían a la élite. Nada más equivocado. De hecho, lo que sorprende es precisamente saber que la cohesión de la sociedad romana – ciertamente más acentuada en la élite – y la variedad de motivaciones de los políticos permitieron el funcionamiento institucional y fue lo que retrasó el colapso de la República.

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Cónsul romano acompañado por dos lictores. Fuente

La cohesión de la sociedad romana se daba de diferentes maneras. Beard y Crawford mencionan tres posibilidades (p. 62-64): las relaciones entre patrones y clientes, es decir, las relaciones establecidas entre una persona de rango superior y otra de rango inferior. Debido al tamaño de Roma es imposible pensar que toda la élite romana estaba relacionada de manera vertical, es decir, que todos eran patrones. Las relaciones de este tipo debieron haber sido mucho más complejas y amplias. La segunda posibiilidad tiene lugar en las actividades compartidas, donde la más evidente era la guerra. Compartida entre la élite y las clases bajas, la guerra permitía a los jóvenes políticos entrar en contacto con el pueblo. Finalmente, la tercera posibilidad de cohesión tenía lugar gracias al sistema electoral, en el cual la influencia de las clases bajas para la elección de buena parte de los cargos públicos era muy grande.

En el último capítulo, “Rome and the Outside World” (pp. 72-84), se discute la rápida constitución del imperio romano en tan solo dos generaciones. La historiografía del siglo XX se divide, al menos, entre dos explicaciones: el Imperio romano se constituyó por accidente, o que los romanos tenían motivaciones muy claras para extender su imperio por todo el mundo conocido (p. 72). “La diferencia entre ambas explicaciones se encuentra en la motivación atribuída a los romanos. La primera postura retoma las explicaciones dadas por los mismos romanos; la segunda se basa en el deseo de conquista, gloria y provecho económico” (p. 74). Muchos autores han descartado la primera explicación. Sin embargo, Beard y Crawford no excluyen esa posibilidad, pues los romanos estaban sinceramente convencidos que muchas de las guerras como defensivas (p. 74). Una de las consecuencias más interesantes de la rápida extensión del Imperio romano fue que, paradójicamente, su gran diversidad social mantuvo su unidad: el sistema fiscal era homogéneo en todo el territorio, estableciendo una gran uniformidad social y ecónomica. El gran “mosaico de pueblos” permitía la movilidad social de la misma manera que ocurría entre ciudadanos romanos. Esto fue posible, al menos en parte, gracias a la gran apertura de las instituciones romanas hacia los extranjeros (p. 77-78).

A la discusión sintética y breve de Beard y Crawford se agrega una bibliografía increíblemente rica para la extensión del libro. Los autores basaron su investigación en tres tipos de fuentes documentales: obras de autores de tiempos de la República romana, entre los que se encuentran César, Cátulo, Cicerón, Plauto, Polibio y Terencio; obras antiguos no contemporáneas entre los que se encuentran Augusto, Diódoro de Sicilia, Gayo, Plutarco o Suetonio; y una extensísima lista de monografías y artículos científicos, tratando infinidad de temas sobre la República, desde aspectos sociales, hasta artísticos, jurídicos, militares, comerciales, etc.

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