l’ultima volta che vidi Roma


Giovanni Paolo Panini, Vedute di Roma Moderna
Giovanni Paolo Panini, Vedute di Roma Moderna

No sé si sea la última, pero tengo la impresión de que va a pasar algún tiempo antes de que vuelva. En el recuento de mi vida Roma, Florencia, y en general todo lo que signifique Italia, tendrán un sitio extraño, de sentimientos encontrados. Me siento muy afortunado de haber vivido en este país, de haberlo visitado tantas veces. Para bien y para mal. Nunca me sentí más extranjero que como me sentí en Florencia. No es un sentimiento que se parezca ni siquiera a lo que vivo cuando voy a Alemania, ni mucho menos de lo que comienza a ser, muy lentamente, mi casa en Francia.

Cuando llegué a Francia, el sentimiento que me invadía era de perplejidad. No entendía muy bien cómo funcionaban las instituciones, creía que hablaba lo suficientemente bien la lengua, no veía las costumbres de los parisinos y quería adaptar la ciudad a mi experiencia personal. Grave error que comencé a enmendar pronto. Sin embargo, a Italia llegué acompañado por mis padres, pronto llegaron dos colegas del doctorado, Charles y Stefanie y más tarde Tzung-Mou. El departamento que ocupé resultó espacioso e iluminado. No podía ser mejor.

Pero la realidad italiana se impuso más rápido que la francesa. La experiencia de comparar Francia con México me habia disuadido de intentar hacer lo mismo con Italia. Sin embargo fue inevitable, y lo que fue peor, a la comparación se agregó el parámetro francés. Los problemas italianos (racismo, ineficacia institucional, conservadurismo) me saltaron a la cara y no pude evitar pasar una época de franco odio hacia el país.

Después, poco a poco, otros detalles empezaron a salir a flote. Y, paradójicamente, desde mi regreso a Francia, Italia empezó a hacerme mucha falta. Era, en primer lugar, la gente. La señora del café de enfrente, mis amigos en Milán, el tipo del taller de bicicletas, los patrones de mi restaurante favorito, algunos profesores que conocí. Si Florencia es prisionera de su propia historia, la gente en Italia tiene un lado maternal que es irresistible. Prácticamente cualquiera con el que se pueda tener un contacto más o menos cotidiano puede tomarlo a uno bajo su ala y tratarlo como un miembro de su familia.

Y otro aspecto que me electriza de Italia: la comida. No por simple glotonería, aunque confieso que hay una fuerte dosis de ello. Sino por el respeto que se le tiene a la comida. En Francia, donde la gente goza de un buen nivel de vida, es imposible encontrar productos frescos y de la calidad que tienen los italianos en cualquier supermercado. Y los precios, ni se diga. En comparación, los bolsillos italianos gastan casi menos de la mitad que los franceses por mejor calidad.

Para muestra un botón: en México, cuando vamos en grupo a un restaurante, es tradición esperar que todo el mundo tenga su plato enfrente para comer. Si alguien recibe su comanda antes que los demás se considera de buena educación dejar enfriar el plato hasta que llegue el resto de los platillos. En Italia no. En cuanto llega el plato debe empezar a comer quien lo pidió. Se dice que es el respeto por la comida. Pero claro, en esta fórmula hay una tradición de respeto por quién la hace. En primer lugar, la mamma, la mamá italiana que cocina para la numerosa familia que hoy cada vez es más pequeña. En seguida, respeto por esa historia de pobreza de los obreros y los campesinos italianos. No es gratuito que Italia tenga una gran tradición de izquierda a pesar de la presencia de la iglesia católica. Cocinar en una gran parte de los hogares italianos significa un gran esfuerzo. Y en último lugar, respeto por esa manera tan italiana de vivir, la dolce vita tan ninguneada y vuelta cliché, esa manera que yo llamaría líquida, que se escapa y no entre las manos, que agarra y deja escapar la vida mientras el sol y la lluvia pasan por encima.

L’ultima volta che vidi Roma, Roma era bella, e l’Italia si vedeba comme sempre nelle tanti suoi spechi. Senza finire.

2 comentarios en “l’ultima volta che vidi Roma

  1. Si, si. Estoy de acuerdo contigo. Los tomates màs rojos, jugosos, frescos y ricos que jamàs probé, fueron en una bruschetta que comì en tu restaurante favorito de Florencia. Fue espectacular.
    El arte que se ve en las calles y el trato de la gente en los negocios… y lo mejor de todo, es ese tacto que tienen cuando los conoces un poco màs y quieren mostrarte su mundo en el menor tiempo posible.
    La fiesta en Milàn (de la que hablaste con tanta euforia), todos muy amables. El paseo con Marcella y Simone y lo simpàtica que es Silvia por ejemplo.
    Si es cierto que el paìs tiene algunas “cosas” que no son siempre agradables, a mì por lo menos me dejo con las ganas de repetir experiencias, “re-ver lo visto” y por supuesto, COMER y COMER quesitos, bruschettas y chocolatitos con capuccino !

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